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domingo, 21 de marzo de 2021

MAESTROS ESTRELLA Y MAESTROS ESTRELLADOS. La mala educación XXI.

 

Es evidente que en esta profesión —a la del magisterio me refiero—, como supongo ocurrirá en las demás profesiones, siempre han existido y existirán los buenos, los malos, los entusiastas, los desanimados, los vocacionales y, por supuesto, también los «pasados» o los «quemados».

Pero de un tiempo a esta parte, me encuentro con una nueva partición —hasta ahora desconocida por mí fuera de los corrillos de puerta de colegio—, que dudo sea extensible a las demás profesiones porque en ésta, y he aquí lo curioso, nace desde el mismo embrión de la escuela, es decir, desde los propios maestros. Y es que ahora tenemos, además, profesores estrella y, por el contrario, los estrellados, es decir, el resto. Y para constatar tal hecho y demostrar que no es consecuencia de mi iracundia, pásense por los muros de redes sociales de algunos de los «agraciados», pues verán que han aparecido concursos y quién sabe si vendrán también programas —tras exhaustivos estudios para preparar audiencias— de entretenimiento en vivo en los que participe la gleba con sus votos

Y esta aclamación —la de los agraciados—, que roza la glorificación, me pregunto si no es, en muchos casos, más que la aceptación o la adaptación de algunos o muchos de estos buenos maestros a los postulados de sus votantes o de las empresas que les aúpan, a los que, en un futuro, se deberán para no ser denostados o quemados en el patíbulo.

Pero si algo es más sorprendente en una profesión poco dada a las alegrías, es la promulgación de su nominación, incluyendo una buena ración de sabiduría que, lejos de ser lección, pretenden que sea dogma a seguir; como si los maestros necesitasen más gurús para realizar sus trabajos. Y no reprocho este hecho —el de airearlo en las redes sociales con laureles y pétalos de rosa si es necesario—, no, sino el desprecio que desprenden hacia la labor de otros profesionales que cumplen sus objetivos o que lo intentan; cuyos métodos se alejan notablemente de las «modas estrella», o no tanto, y cuyos resultados no difieren en absoluto —como nos pretenden hacer creer desde sus púlpitos con sus discursos triunfalistas y demoledores—, de los «maestros estrella».

Y si alguien ve en mí un prurito de envidia, que no faltará quién, a mis años, y ya retirado, fueron mis alumnos quienes me otorgaron el título del «Abuelo Maestro», y llevaron a sus hijos para que siguiera siendo su maestro. ¿Acaso hay mayor recompensa?

 

© El embegido dezidor. 

sábado, 23 de enero de 2021

HUMANIZAR LAS AULAS. La mala educación XX.

 

¿Qué ha unido a la pandemia, al temporal y a la educación? La digitalización. Y esto que, sin duda, debiera ser una buena noticia, y de hecho lo es, sin embargo, lo que se ha puesto de manifiesto es que esta extraña consustancialidad, es cuando menos, dificultosa. Es decir, que o se pone remedio de inmediato o el divorcio está a cascaporrillo.

Con anterioridad al 2020 y más concretamente en este fatídico año
del 2020, aprovechando las adversas circunstancias, la digitalización era el curalotodo de la educación y, por ende, el paso previo para la desaparición de la enseñanza presencial. La figura del maestro quedaba relegada a un segundo plano, simplemente como mero conductor de las diferentes enseñanzas. Noticia esta, muy atractiva para los administradores de lo ajeno que veían suculentos ingresos en sus cuentas de ahorro para destinarlos a otras partidas, algunas más sociales que otras, y también para algunos bolsillos particulares, porque en este país, digan lo que digan, la tendencia es muy importante.

Pero si algo ha dejado patente los días de confinamiento y el obligado recogimiento por el temporal, es que desdeñar la enseñanza presencial, sería cuando menos, conducir a una gran parte del alumnado a un suicidio colectivo ―entiéndase por suicidio una condena al alumnado que estaría dictada y nunca firmada―. Confinarse sin más pretexto que el aducir que todo lo tengo en casa, algo inexorablemente contra natura, es una entusiasta aspiración a la que nos están conduciendo con premeditación y, ante la cual, sucumbimos como borregos ―¿consecuencia de la tecnología?―. Pero la educación ha descubierto las quebraduras de estas aspiraciones, así como las insuficiencias de esta digitalización que no puede ser de cualquier manera y que, a edades tempranas, son más que evidente y si se quiere, transparentes.

Llegados a este punto, y después de lo sucedido, y si la experiencia sirve para mejorar lo aprendido, lo que toca es humanizar más las aulas, y eso, como todo lo relacionado con la educación será labor de profesores y maestros. Y a los responsables de la digitalización, les corresponde encontrar el equilibrio, la combinación más perfecta y beneficiosa donde la dualidad: maestro y tecnología, se den la mano.

 © j.c atienza. 

sábado, 16 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XIX. ESA VECINA QUE ME DIJO... III. (Ley Celaá)

 Desde mi despacho escuchaba cantar a mi vecina, y puedo decir que fue grata la sorpresa, que mi pluma rebosaba de felicidad, pues recorría el papel dejando trazos que mucho me temí que no fuera capaz de darles un final.

 Empezó con la Pantoja y ese famoso “Marinero de luces” que repetía una y otra vez, y les aseguro que, siendo solamente un aficionado a la música, aunque lamentablemente de habilidades precarias, a cada repetición mejoraba ostensiblemente su interpretación, así como su afinación que terminó siendo impecable. Y, después de la Pantoja, le llegó el turno a Nirvana. Ya no puedo decir el título pues no soy muy dado a retenerlos y mucho menos en un idioma que no domino y que me ha causado múltiples trastornos. Pero ella también canta en inglés, y es que descubrí que a mi vecina no solo le gusta parlotear e incluso vestirse de cruzada, sino que, además de sus bravuconadas, le gusta cantar y es políglota. Mucho me temo que tal disposición suponga para ella obligación por demostrar de manera continuada sus dotes en su oratoria.

 Pensé entonces que, tal vez, mi vecina, no había sido ungida por alguien del mundillo del arte y, por tanto, no había gozado de esa oportunidad que otros, posible y seguramente con menos mérito que ella, sí habían tenido.

 Quedé, de acuerdo conmigo mismo, que en cuanto la ocasión se presentara, le hablaría sobre el tema. Que la igualdad de oportunidades es, sin duda, un perfecto mostrador inexpugnable de que un país y una sociedad, evolucionan sana y favorablemente. Se trataría, pues, de un país en el que, en todas sus facetas, estarían los mejores, los más capacitados y los más preparados.

 Pero es por ello que aquí es tan necesario crear educaciones alternativas, porque no se trata de encontrar a los mejores, a los más capacitados, sino, siendo un negocio, encontrar, de entre los suyos y solo de entre los suyos y, por negación de los demás, a los más preparados, que no tienen por qué ser los más capacitados o los mejores. ¿Entendería que a una sociedad se la castigase con desplazarse en triciclo para que aquellos que tuvieran bicicleta fueran los más rápidos, pero, al mismo tiempo, se le negase a quien tiene un vehículo a motor la gasolina para hacerlo funcionar porque desmerecería a los demás?

 Tal vez, mi vecina reflexione sobre esto. Tal vez podamos llegar a entendernos. Albergo esa esperanza.

 © j.c. atienza. 

martes, 12 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XVIII. ESA VECINA QUE ME DIJO... II (Ley Celaá)

 

Me contaba mi vecina, en uno de esos días insulsos, en los que no hay mucho de qué hablar, en una de esas ocasiones en las que uno espera que la conversación termine cuanto antes para no ensombrecer más un tiempo indeseable que nunca debió suceder, la historia y el porqué de la matriculación de su hijo y de la elección de colegio. Y todo ello macerado, que no dulcificado, pues iban sus palabras cargadas de vinagre y picante, con una perorata envenenada que apuntaba una y otra vez a una escuela y, más concretamente, a una ley que sí, que me afecta directamente, pero que yo no he redactado. Si a alguna conclusión llegué, o más bien confirmé, es que mi vecina y yo no nos pondremos nunca de acuerdo. Pero, aun así, no cejando en mi empeño y, tal vez, por deformación profesional, le rogué que me escuchase, que mis palabras le aportarían una información extra que, sin ser nada extraordinaria ni secreta, podría serle de valor, y que no encontraría, muy posiblemente, en su televisión.

 
Esta afirmación pareció convencerla, al menos no hizo por marcharse, y sé que lo deseaba. Se quedó a la escucha, aunque solo fuera por demostrarse y demostrar después ante su prole, que ella tenía informaciones diferentes con las que enriquecer el debate.

 Le expuse que su cruzada ―de este modo quise halagarla―, sin poner en duda su legitimidad, estaba lejos de querer, o más bien de buscar, una educación concreta, específica y común para el país; que bajo esas banderas, ahora naranjas, el objetivo principal dista mucho de lo ya citado, y sí es alimento de muchos caraduras, de esos que mueven los hilos y que siempre encuentran el apoyo en una gleba reacia a la reflexión pausada. Izar bandeas puede ser un ejercicio muy saludable, y seguramente lo es, pero que tras la enseña está el objetivo, que no es otro que el de mantener, sostener y eternizar unos privilegios.

 Ella clamó al cielo, bueno más que al cielo a mí, y me dijo que “quién si no se iba a interesar por una educación determinada que ellos, que apelaban a la libertad y que parecía que solo ellos eran los interesados”. Interpreté que ese «ellos» se refería a la escuela concertada. Le incidí en mi argumentación: «El interés debería ser de todos, y cuando solo es parcial, usted me está dando la razón».

 Ella no contestó —no porque no tuviera contestación, que sé que la tenía—, y prefirió callar. Rara excepción, pues es del gusto de dar la bravuconada, que así lo practicó en sus años de aspiración política. Y yo aproveché que tal oportunidad me brindaba para seguir con mi discurso que ya se parecía a un soliloquio.

 Y en la selección radica la vehemencia de tanta protesta, continué, pues si esos privilegios, siempre de unos pocos, fueran de la mayoría, dejarían de ser privilegios. Afortunadamente no se trata todavía de una selección natural ―aunque no faltarán propuestas encaminadas a la consecución de dicho objetivo―, pero sí una selección económica.  Y aquí está el quid, se trata pues, de conseguir esos privilegios y apropiarse de ellos como algo natural, más por diferenciación o por apariencia que por convicción, que ya dice el dicho: «vístete como quieras que en la calle te desnudan».

 La cara de mi vecina era un conglomerado de gestos, que, desde luego, certificaban que no aprobaban mis palabras.

 

© j.c atienza.

domingo, 3 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XVII. ESA VECINA QUE ME DIJO... I (Ley Celaá).


ESA VECINA QUE ME DIJO... I 


Hace no mucho tiempo ya escribí sobre los conciertos escolares, y no me refiero a los conjuntos instrumentales para el disfrute del alumnado, sino a esos acuerdos entre gobierno, comunidades y empresas por mantener una educación apartada, exclusiva, que viene sucediendo y creciendo durante años, alimentada y cimentada bajo y sobre el sofisma de la libertad de elección y el miedo ante la posibilidad de que determinados privilegios desaparezcan.

Así, en plena lucha fratricida con el debate en retirada, la nueva ley de educación, gracias a la acción meticulosa de nuestros políticos, provoca, lamentablemente, conversaciones otrora amigables, que se convierten en armas para enfrentar e incluso dividir. Y eso fue lo que me ocurrió, que fui víctima paciente de las soflamas hábilmente instauradas y labradas en la cabeza de mi vecina para revivir lo ya vivido a través de los medios de comunicación.

Ella apareció, por una de esas casualidades, en el rellano de la escalera. ¡Cuánta coincidencia!, No hubo un buen saludo, uno de esos que inflama la mañana, sino más bien un discurso que debía ver la luz cuanto antes. Y ella, dispuesta, como un político más, adquiriendo magistralmente sus mismas herramientas para los mítines, más basados en las emociones que en las razones, se dispuso a poner en práctica sus habilidades personales para convencerme de la demoníaca finalidad de una ley de educación que adoctrina a los más pequeños y a los más vulnerables.

No voy a ocultar que alumbrar una respuesta tras la relatera fue tarea fácil. Primero sosegué mi cabeza, ejercicio cada vez más difícil de domesticar, pues me resulta cada vez más trabajoso asumir como verdades absolutas las filfas que se propagan para intoxicar. Entendí, entonces, que era ella una de esas personas vulnerables, y siendo paciente contesté a mi vecina.

Le dije que quien más debiera defender la escuela pública son, precisamente, las familias cuyos hijos están matriculados en la escuela concertada y que, en estos días, en vez de izar con voluptuosidad por las calles de Madrid y otras ciudades banderas naranjas emulando a las antiguas cruzadas, deberían hacerlo con banderas verdes, pues es la escuela pública quien mantiene y sostiene a la enseñanza concertada, que es -la escuela pública- quien despeja de sus aulas a los alumnos incómodos e incluso al alumnado que dejaría en mal lugar al colegio en las estadísticas de mejores colegios. Afirmación que no es gratuita, como se reconoce al aseverar, en muchas de sus páginas web, y como reclamo para nuevos alumnos, que una de las ventajas de sus escuelas es que el proceso de selección del alumnado es más exhaustivo.

Es por ello —aunque solo sea por este motivo—, que es la escuela pública la gran causante de la subsistencia de un colegio concertado y, por tanto, que las concentraciones debieran estar aferradas a mantener la idea de valorar la escuela pública porque solo así pueden sobrevivir sus privilegios.

            Mis palabras debieron resultarle hirientes, pues ella me dio la espalda y caminó sin despedirse.

© j.c atienza. 

domingo, 16 de febrero de 2020

LA MALA EDUCACIÓN XVI. Literatura sin visibilidad en los medios de comunicación.


Leía la noticia de una publicación que merece todos mis respetos, Moonmagazine.com, escrita por una pluma prestigiosa y mordaz en sus artículos, Santiago García-Clairac, cuyo titular ha suscitado mi interés, y su artículo, que camina entre la realidad, la preocupación, la crítica y la reflexión, ha provocado que me haga eco de su interrogación y esgrima una respuesta que pueda tener, ese es mi propósito, un mínimo interés.

¿Qué puede estar ocurriendo para que disciplinas como la literatura, y más concretamente la literatura infantil y juvenil, tengan tan poca presencia en los medios de comunicación y especialmente, en la televisión?

https://www.moonmagazine.info/literatura-infantil-y-juvenil-no-tiene-visibilidad-mediatica/?fbclid=IwAR0NUfkb0McQv0YPun9SZE8kl_heomF0oMUQoegEMdKVAJdE4fcCEw7698w


No hay duda que podemos resolver el misterio, y así lo apunta el autor del artículo: se trata de un problema de rentabilidad. Y, sin faltarle un ápice de razón, aunque como bien deja entrever, no es el único, la problemática no existiría en cuanto los niveles de audiencia incentivaran y justificaran la inversión realizada en ese espacio.

Pero ¿por qué la audiencia no respaldaría un programa cultural basado en la literatura infantil y juvenil? Principalmente, por la desconfianza de las cadenas de televisión. Y esta desconfianza se apoya en dos premisas: la primera asegura que los niños y adolescentes no leen. Premisa muy discutible, favorecida por estudios que afirman -y no sé si confirman- que en España se lee muy poco; y la segunda, por una realidad que hasta ahora desconocía y que me resulta curiosa y chocante, y es que familias preocupadas por la marcha y desarrollo de sus hijos en la escuela, se acercan a las tutorías a solicitar recomendaciones, no solo de libros, sino también de programas de televisión adecuados a la edad de sus hijos que puedan mejorar su comprensión e incentivar su curiosidad porque, y cito palabras textuales: “Ya no ven televisión”.

Si antes la televisión fue una fuente de entretenimiento y lugar de encuentro familiar donde liberar tensiones, abandonar el cansancio y estrechar lazos, hoy, para estos jóvenes, se ha convertido en un artículo anticuado, aburrido y, sobre todo, un instrumento que exige demasiada paciencia para unos tiempos en los que cada segundo es oro. Hoy, la televisión altera los sistemas nerviosos infantiles y juveniles porque sus mensajes no se producen con la celeridad que lo hacen los disparos o personajes encerrados en cualquier dispositivo electrónico.

Queda muy lejos pensar que, en estos tiempos, espacios como “La bola de cristal” puedan volver a existir. En primer lugar, por la mojigatería imperante y, en segundo lugar, por la dificultad de hacer un programa literario dinámico, interactivo y de mensajes cortos, concisos y directos que no superen los cien caracteres o los treinta segundos de duración.

© José Carlos Atienza. 

miércoles, 18 de diciembre de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XV. INFO OCIO, RECONVERTIDA EN HERRAMIENTA EDUCATIVA.


Debo confesar, aunque este hecho carezca de importancia más allá del escribidor, que, inmerso en mi íntimo vergel de senectud, donde el apergaminamiento ha dejado de ser un leve accidente provocado por la edad, he encontrado un beatífico entretenimiento que ha sido casual y que, afortunadamente, no ha supuesto ningún perjuicio para mi bolsillo.

Mi afortunada reinserción al estado de la alegría ha llegado a mi hogar de la mano angelical, y tal vez divina, de un sufrido repartidor que, esta vez sí, ha repartido felicidad o al menos ese bálsamo necesario para no olvidar mi capacidad de sonreír. Su celestial mano ha dejado en el buzón una nueva edición de la revista de información local «Info Ocio», convertida en una sorprendente e innovadora herramienta educativa.

El estupor, la incredulidad, la estupefacción y hasta la vergüenza se han conjuntado e incluso conjurado para hacer de esta tarde una tarde inolvidable e incluso entretenida buscando, con la ilusión de un niño el día de reyes, la deficiente ortografía propia o propicia de cursos de primaria con la que la revista, por dejadez o desconocimiento ―nunca por falta de visibilidad― nos ha brindado para el sobresalto de pupilas y jolgorio neuronal.

Una vez más, la educación, o más bien la formación, o si se quiere, la falta de formación, son evidencia vergonzosa en una publicación local dependiente, además, de un centro educativo no público ―que siempre hay muchas suspicacias y se culpa a los mismos―, y que no puede ni debe permitirse tal tolerancia y agresión tan manifiesta a una lengua que, lejos de formar, deforma. «¿Quién da más?» Es el nombre del nuevo juego gratuito que esta publicación nos ofrece dispuesto para el disfrute de grandes y pequeños. Pueden encontrar dos niveles: el más fácil, centrándose en los titulares, o el más dificultoso, adentrándose en el texto.

Y aquí dejo una muestra, que traslado a profesores y maestros con la seguridad de que será un ejercicio muy motivador y saludable de mimo a la buena ortografía y mejor escritura y que, sin lugar a dudas, mejorará la escritura de nuestros jóvenes e infantes.

¡Cuenten y cuenten, que buscando hallarán, y jueguen y apuesten ―sin dinero― que la diversión está garantizada!

© El embegido dezidor. 

domingo, 17 de noviembre de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XIV. Cuando la lectura se convierte en una cruzada.


Alzad la mirada, elevad vuestros sentidos y no os dejéis embaucar por estos tiempos endemoniados que pervierten el espíritu y arrullan la buena voluntad. Luchad contra esos espíritus tiranos que pervierten vuestras iniciativas y, como rebaños dirigidos por pastores invisibles, os conducen a pastar en los bardales más insidiosos e insignificantes.

No veáis los papeles como vuestros enemigos si éstos están escritos, y mucho menos las palabras que, si bien no quitan el hambre, satisfacen vuestra mente, ensalzan vuestro espíritu e incluso vuestro ego. Sé que esto no es material que se adquiera en Amazón, ni siquiera intercambiable en Wallapop, pero es precisamente por ello, que su valor sea tan apreciado en quienes lo atesoran.

Mirad cuanto os rodea y buscad cuál es el secreto que os dirija a encontrar dicha, gracia o asombro; y hallaréis, también en la escritura, el genio y la virtud, que es la erudición producto de la lectura a quien debemos la perpetuación de la especie humana. Escuchad a aquellos y reconocedlos, a quienes atesoran años y ahora los retienen, y a quienes hoy le son pesarosos y antes les fueron ligeros; y son ellos —sin distinción de sexo—, presuntuosos, gentiles, vanidosos o generosos los que legaron cuanto ahora poseemos.

Como todo genio, antes fue niño, que toda virtud nació de lo más pequeño, que no hubo talento sin descubrimiento ni descubrimiento sin curiosidad. Que no hubo genio que no fuera niño que quisiera estar vivo, sentirse vivo y así vivió; que nunca pretendió que quien lo observara, pensara que fue ociosa su actitud en simbiosis con la silla donde se sentó. ¿Qué habría si no fuera finalidad humana la creación?

Explorad siempre más allá de vuestras miradas, hoy limitadas, y escuchad más allá de vuestros oídos acotados. Profundizad en vuestros cuerpos, dos dedos más allá de vuestro sexo y una verdad inescrutable golpeará vuestras sienes. De lo contrario, amarga realidad que habrá que solapar porque será primordial engañar y engañarse, o cuando menos, disimular, pero tras el engaño no queda piedad y que, aunque la ceguera sea sin querer el mejor deporte a practicar, es peor quedar subyugado al ignorante que estar al lado de quienes no quieren ser popular.

© José Carlos Atienza.

jueves, 31 de octubre de 2019

La mala educación XIII. ESPÍRITUS LIBRES.



En estos días y en estos tiempos, víctimas de las modas y de las corrientes y, también, del conformismo que produce el hecho de que sean otros quienes nos cuenten qué es lo más adecuado para nuestros retoños, afloran por los colegios, como polen en primavera, niños y niñas que, desde sus primeros meses de vida, ya son catalogados por sus progenitores como «espíritus libres», o bien, ya encontramos tal condición en sus aspiraciones más inmediatas.

Espíritus libres que se hacen, que no nacen, y que son consecuencia, más que de la inexcusable excusa de que madurarán a su ritmo, de la dejadez de sus progenitores o de su impericia por establecer un orden y unas reglas para favorecer, sin duda, su madurez y su independencia futura.
Llegarán esos niños a primaria y su espíritu libre vagará y vagabundeará sin entender de normas porque ―en opinión de sus progenitores― nació para romperlas; del mismo modo que no entiende de sus obligaciones porque nunca las ha tenido. El muchacho o muchacha ―excusa de algunas familias― nació para ser especial y desenvolverse en un mundo que, excepto él, está aborregado, que es básicamente lo que está consiguiendo en la escuela y más, bajo la tutela de ese tutor o tutora que se esfuerza para que sus alumnos de seis o siete años, aprenda a leer, porque ahora sí es obligatorio.

Pero llegará el momento de finalizar la primaria y entonces, el niño o la niña, no leerá con fluidez porque sigue vagando libremente entre líneas y párrafos de cualquier libro que no entiende porque su ritmo, con once años, apenas ha variado de cuando era más pequeño. Y llegará a secundaria con la desidia propia del aburrimiento, que no es más que incomprensión, no por su incapacidad, que no la tiene, sino porque la sociedad, el instituto ―y cito textualmente algunas explicaciones reales de sus progenitores―, y más la educación en general, no se han plegado a su ritmo. Y entonces, una vez más, la culpa será de la escuela por no caminar a su ritmo, por no descubrir sus cualidades dormidas y no comprender sus diferencias y, para no frustrarlo, le daremos una palmadita en la espalda y le diremos: «Malditos y anticuados maestros que no supieron entender cuál era tu ritmo y no hicieron nada para que comenzara a latir. Esta sociedad no está hecha a tu medida».


© El embegido dezidor.

miércoles, 16 de octubre de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XII. Aprendizajes "A SU RITMO".



¡A su ritmo!

Cazcaleando por Internet, leo con estupor en algunos foros, la animosa y beligerante sugerencia a las familias para presentarse ante sus tutores ―me refiero al de sus hijos― y exigirles que lo esencial en el aprendizaje del pequeño es su propio ritmo. Y, sin faltar a la razón, porque así lo dicta la ley, se enfangan en un error por esa acritud enfermiza que los aleja de todo proceso reflexivo y objetivo al imponerse, con ritmo acelerado, su vehemencia negando otra explicación.

Hoy todo tiene que ser rápido. El papeleo, el supermercado, incluso el ocio, debe estar preparado para el rápido consumo y la no menos rápida autosatisfacción. Hoy, la rapidez es sinónimo de éxito y efectividad y, por estar en la mejor sintonía con la modernidad como vehículo para auparnos a la cresta de la ola, manipulamos hasta nuestra propia existencia para justificarnos.

Y un buen ejemplo de lo dicho sucede cuando hablamos de educación, y más en educación infantil. En la escuela, el tiempo debe detenerse o ralentizarse, y lo que en un principio era bueno ―y me refiero al ritmo acelerado―, se torna en malvado y pernicioso. Y si el aprendizaje, y más en esos primeros años, debe priorizar el propio ritmo de los alumnos, digo yo que un pequeño empujón no va a ser perjudicial para ese alumno que, más por dejadez que por dificultades, se estanca en una laguna de la que, muy posiblemente, y por comodidad, no querrá salir. No puede ser que la intención del maestro o maestra ―siempre la buena intención― por enseñarle una letra, sea interpretado como un síntoma de explotación escolar o incluso de acoso o maltrato psicológico.

La escuela no debe convertirse en una reunión de espíritus libres que vagan por las aulas a su ritmo, complaciente con aquellos a los que «ese ritmo» ni siquiera les late. Y sí, debe pelear junto con las familias para que el niño no deje de descubrir, aunque sea aquello que no le gusta.

© El embegido dezidor. 





domingo, 19 de mayo de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XI. ¡Qué malos son los maestros!



Y digo que siendo el maestro un ser indiferente, esquivo, despreocupado, que no muestra la menor condolencia ni compasión por sus pupilos a los que, poco más o menos que desprecia, ni comparte la alegría por sus éxitos y le asola la desgana…

Y digo que siendo el maestro, un ser perverso que la humanidad ha creado para ser el azote y la tortura de la infancia, de jóvenes y menos jóvenes, usurpando sus tiempos de ocio y de maduración para mancillar, aniquilar y borrar la ingenuidad de sus mentes…

Y digo que siendo el maestro el máximo responsable de corromper las mentes de los nuevos y crecientes pensantes con ideas trasnochadas, fuera de lugar, alejadas de los tiempos de este nuevo siglo como la igualdad, el valor del conocimiento, la necesidad del esfuerzo, la sabiduría del fracaso, la satisfacción del trabajo bien hecho…

Y digo que siendo el maestro el responsable de fracturar, despedazar y derrotar los nuevos e innovadores aprendizajes del «Porque soy así», o del «Yo lo quiero, ahora lo tengo», o para los más ilustrados tras un laborioso y dificultoso máster en el «Yo lo quiero, tú lo pagas y ya lo tengo» …

Y digo que siendo el maestro ese ser decrépito, muchas de las veces tristón y amargado, con una tendencia exacerbada para el enfado, muchas de las veces solitario que se cree el poseedor de la máxima autoridad y que la utiliza para enfrentar a padres e hijos con tretas para que moldear comportamientos, actitudes y ejemplos con castigos que a él le hubiese gustado ejecutar y que debe reprimir…

Y digo que siendo el maestro ese ser que está en el aula porque no sabe hacer otra cosa, porque no pudo ser médico, ni político, ni youtuber, ni futbolista, ni siquiera famoso, como tampoco pudo ser dependiente, ni peón de albañil, ni pastor, ni lavandero, ni obrero, ni simplemente empleado, que decidió ser maestro atendiendo únicamente a la satisfacción que le producían los largos periodos de asueto y además pagados…

Y digo que si el maestro es así, como dicen que es muchos de estos mancebos cicateros, licenciosos e incluso azotacalles, en muchos casos también cagatrébedes, desaplicados, ensoberbecidos, indeliberados y en alguna ocasión, como despiadado añadido, también algo bobalicones, que culpan al maestro de sus fracasos y de su impericia, así de cuantas vanidades refugiadas en la estulticia de sus neuronas, sería bueno y, hasta necesario, que estos efebos, sometidos a la liturgia más despótica conectada hoy en la nube, mirasen a quien les acerca a la escuela y por qué lo hacen. Tal vez entonces comprendiesen dónde se encuentra la raíz de la mayoría de los males que les asolan.

© José Carlos Atienza. 

lunes, 22 de abril de 2019

LA MALA EDUCACIÓN X. ¿La ingratitud de lo antiguo?

La gratitud y la ingratitud convergen en un mismo escenario y en continua tensión en donde no faltan ocasiones en las que la balanza se inclina ostentosamente hacia uno u otro lado no siempre haciendo justicia.

Y digo esto por las palabras de una niña, no mayor de nueve años que me preguntó, muy convencida ella de sus palabras, si no era demasiado mayor para hacer esto. «¿Para hacer qué?» le pregunté. «Pues esto» fue su respuesta que no fue muy clarificadora. Indagué un poco más y finalmente me confesó, con cierta timidez y prudencia, que se refería a enseñar, que si no era demasiado mayor para enseñar.

Y fue entonces cuando llegaron a mí aquellas imágenes, ya antiguas, de aquellos profesores, rondando los cincuenta, que consideraba mayores, y la celebración posterior cuando en el aula aparecía un profesor al que consideraba joven. Por aquellos entonces mi edad rondaba los catorce o quince años, pero no me imaginaba que una apreciación así, naciera a tan temprana edad.

En un primer momento, y no descarto que pueda estar convirtiéndome en un viejo prematuro o que sea realmente esta edad en que uno entra, sin pretenderlo, en la consideración de viejo, y tal vez como autodefensa, me pregunté si este mundo que premia más la juventud que la experiencia, y más la mediocridad que la ilustración, no estará ejerciendo su influencia en edades tan tempranas en las que la imagen, y si se quiere, también lo superfluo, están alcanzando cotas que paren, como conejos, mesías efímeros cuya muerte es eclipsada e ignorada por el devenir de lo nuevo. Es, en definitiva, una espiral diabólica que castiga sin piedad al pasado y aniquila sin compasión lo antiguo.

Pero también nació en mí una incómoda reflexión, o más bien dos, que muy probablemente debieron fluir hace tiempo y a las que no me he querido enfrentar. Es posible que sus palabras fueran una crítica hacia mi errónea labor o fuera simplemente la consecuencia de que no compartía mi manera de trabajo o mi manera de ser alejada, y cada vez más, de las inquietudes infantiles. Tampoco sé si a estas alturas empiezo o soy ya un ser acomodado y son necesarios nuevos aires. Si es así, pido entonces clemencia y amparo, y clamo, porque es la enseñanza a lo que me he dedicado durante veintiséis años, que se encarguen de mi retiro, que no pido mucho, el cariño de los míos y un lugar apartado de la vorágine urbana donde disfrutar de la tranquilidad con mayúscula y un poquito de soledad y, también, un pequeño fondo monetario para vivir con dignidad. Eso es todo.

© José Carlos Atienza. 

martes, 16 de octubre de 2018

LA MODA "INDECOROSA".



Hace días, y puede que más aún por mi falta de ritmo para asimilar tanta información como ahora nos inunda, leí una noticia que llamó mi atención. Era una cuestión de moda, o para mejor definirlo, sobre prendas adecuadas e inadecuadas para entrar en un instituto. Si no recuerdo mal, ese instituto se encuentra en Torrevieja donde al parecer, unos profesores no permitieron la entrada a unas alumnas por llevar prendas declaradas, según las normas del instituto, como indecorosas.
            
Algo tan sencillo, simple e inofensivo que nunca debió ser un problema, se convirtió en tal y a su alrededor se creó un revuelo que aún perdura, aunque alejado de los medios de comunicación; algo, por otro lado, muy típico en este país, expertos como somos en crear problemas donde no los hay y abrir debates por lo más insignificante.
            
La ropa está siendo un tema controvertido que está llegando a todas las aulas y por tanto a todos los centros educativos, pero no hay que olvidar que también es un modo más de libertad de expresión. Combatir el desasosiego que a veces produce una visión alejada de los cánones que, sin estar escritos, todos deberíamos cumplir y conocer para saber qué ponerse y de qué manera vestirse según horario y lugares con normas y prohibiciones, empieza a convertirse en una cruzada que no lleva a ninguna parte, si acaso, a acrecentar el problema.

Como solución, o una posible solución, me centraría, para batallar tanto desgarbo y desaliño, en revalorizar el papel de la elegancia, que también es rebelión, inconformismo y provocación. Enseñemos pues, qué es la elegancia, a distinguir lo elegante de lo mezquino, el estilo frente a la vulgaridad, porque es la elegancia la que viste y también la que nos distingue; y ésta no es una marca que se pueda comprar o adquirir por cualquier página de Internet. Elegancia es atractivo, pero sólo para quienes saben, y muy bien, que no es lo mismo vestir que cubrir el cuerpo con cualquier tela. Pero como sabemos, porque es un declive al que nos vemos abocados y estamos sufriendo, retroceder a lo más simple, igualarnos y aspirar a lo más mediocre es un camino fácil que no requiere ningún esfuerzo cerebral, basta con ver programas donde lo chabacano y la estulticia ascienden al Olimpo de lo alcanzable y deseable, se retuercen entre audiencias delirantes e hilarantes y se convierten en modelos a seguir. Lo otro, requiere conocerse a sí mismo, respetarse y esto, lamentablemente a veces, es demasiado esfuerzo.

© El embegido dezidor. 

viernes, 31 de agosto de 2018

La mala educación IX. ¡QUÉ BIEN VIVEN LOS MAESTROS!


¡QUÉ BIEN VIVEN LOS MAESTROS!

Si antes, y no hace tantos años, después de comer era costumbre la copa y el puro, en estos años actuales donde todo se ha dulcificado, sigo sin renunciar a la copa, pero el puro lo he sustituido en esta época estival por esa frase que lanzo como un exabrupto y que tanto ayuda a la digestión como reconforta el espíritu: ¡Qué bien viven los maestros!

Y lo digo cuando muchos vienen a llenar de nuevo el espacio vacío que dejaron con su marcha estival, cuando agosto anuncia su final en el calendario, y lo digo muy alto y en cualquier lugar que me encuentre y muy especialmente en terrazas veraniegas, restaurantes, así como en tertulias y reuniones familiares.

Tampoco voy a negar que, aunque ya jubilado, este tiempo de estío y ocio es un bien innegable para la salud en el que, además de lucir un moreno natural, justo en su punto de cocción, rejuvenece unos años y renueva las ilusiones. Por otro lado, son tantos y tantos los planes que se han llevado a cabo que todavía harían falta unos meses más para poder terminar los que se han quedado a medias o a punto de empezar.

Para nosotros, maestros y maestras, profesoras y profesores, son fechas en las que no hay horizontes, en las que el sol marca, como antiguamente, las horas. Los días de la semana, como me dijo un buen amigo profesor, pierden hasta su nombre. Nunca, como en estas fechas y por tanto tiempo, se consigue una igualdad de tal magnitud en el calendario. Durante unos meses, no hay distinción entre los días obreros de los días nobles. Sólo algunas fechas cobran importancia, especialmente la que marca el principio y el final de las vacaciones, el resto, vive en una soberana indiferencia de modo que, si las borrasen del calendario a nosotros, maestros y maestras, no nos importaría.

Y ahora, a las puertas de septiembre, cuando me preguntan con satisfacción en su rostro y ese aire de venganza y mala leche: «¿Ya os queda poco para empezar?» Yo, más me vanaglorio de mi profesión y les contesto: ―Aún me faltaría un mes. Y es que «¡Qué sana puede llegar a ser la envidia!»
¡Qué bien viven los maestros!

© El embegido dezidor.

martes, 27 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VIII. Catálogo feminista.



Movido por la curiosidad, y no voy a negar que también alentado por los medios de comunicación, llegué, alimentado por el morbo y la lascivia del enojo en las redes sociales, al catálogo feminista realizado por la federación de enseñanza de CC.OO, basado en el «Breve decálogo de ideas para una escuela feminista» de Melani Penna y Yera Moreno.

Su lectura me produjo una correntía de sentimientos que enarboló la bandera de alerta de mis neuronas que, en pleno proceso de marchitamiento, se pusieron a hilvanar ideas como si el tiempo no hubiera pasado por ellas.

El catálogo empieza con una declaración de intenciones muy prometedora sobre las que nadie podrá estar en desacuerdo. Nadie, desde su responsabilidad, y mucho menos desde la escuela, puede estar en contra de una escuela integral, libre de sexismo, machismo, clasismo, xenofobia… Pero desde mi punto de vista, y a medida que avanzaba la lectura, el catálogo se va tiñendo con pinceladas de soberbia, algún que otro trazo de desconocimiento y su finalidad queda muy diluida por la confusión producida entre sugerencias, obligaciones e imposiciones. El resultado final es una argamasa de catálogo con dosis elevadas de panfleto.

A poco que hubieran investigado, la escuela, ese embrión en el que se generan todos los males de esta sociedad nuestra, lleva luchando contra estas actitudes durante mucho tiempo, en muchos casos con obstinación, con mayor o menor éxito; y lejos de su reconocimiento, aparece en uno de sus puntos —punto 1 del catálogo—, la obligación de impartir cursos a los maestros y maestras —maestres me suena horrible— en feminismo, lo que a primera vista resulta doloso y lacera la capacidad intelectual y la preparación de dichos profesionales, insisto, mayoritariamente mujeres y, por si se duda, con capacidad para decidir por sí mismas.

Una vez más, la búsqueda de culpables acaba en la lapidación del más incauto y menos sedicioso: la escuela, precisamente uno de los pocos lugares en los que la presencia de mujeres profesionales es abrumadoramente mayoritaria.

El documento carece de profundidad, tal vez elaborado y guiado por el indiscutible éxito de unas reivindicaciones que nunca deberían existir en un país que se considera civilizado y a la cabeza de Europa. Manifestaciones que fueron multitudinarias en las calles. Parece más bien, este catálogo, indicado para exaltar conciencias, calmar voluptuosidades, recoger aplausos y alejado de comprender y respetar las diferencias.

http://www.fe.ccoo.es/5ed16c80ae5f10320b9abe204b939482000063.pdf

© El embegido dezidor.

jueves, 22 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VII. Interés.


¿Qué está ocurriendo para que nuestros profesores estén perdiendo capacidad de convocatoria?

Estoy seguro que son muchas las dificultades para conciliar el horario laboral con el escolar y que facilidades, hoy en día, no se dan. Comentar la sola asistencia a una reunión escolar o a una tutoría en el puesto de trabajo puede ser un motivo para convertirse inmediatamente en sospechoso de escaqueo o granjearse, y tal vez de por vida, el apelativo de «rarito».

Pero estoy seguro que también hay otras razones por las que su «poder» de convocatoria está cediendo a otros intereses.

Es muy probable, me atrevería a decir que seguro, que asistir a alguna de esas reuniones está muy alejado de ser un programa de entretenimiento de monólogos, demostraciones de voz y habilidades, o entrevistas a gentes del «famoseo»; y es que muchos de estos profesores, no me cabe la menor duda, no están lo más mínimo capacitados para el espectáculo. Son extraordinariamente aburridos, sin chispa ni gracia para comunicar y sus dotes interpretativas están en las antípodas del mundillo de la farándula. Algo a todas luces comprensible pues su dedicación está en la enseñanza, alejados de fruslerías y zarandajas.

Urge por tanto, un cambio, y esto requiere el difícil ejercicio de adaptarse a los nuevos tiempos que vienen con aires de superferolítica revolución y de arrasar con todo aquello que huela a viejo —tal vez, porque la experiencia es mejor ignorarla para que las nuevas ideas, buenas o malas, no puedan ser discutidas ni valoradas con criterios de objetividad—, y puede ser, que para motivar a las familias a participar en un intercambio de información sobre sus hijos, por darles al menos un motivo para que esa hora de sus vidas frente a su tutor o tutora  pase a ser algo más que una experiencia de marchitamiento de su alegría, se planteen, me refiero a los profesores, ofrecer algún ágape acompañado de algún caldito y/o zumos de cebada, o lo que es lo mismo, convertir las tutorías en un intercambio informativo informal con tapeo incluido sobre la evolución de los alumnos o si se tercia, pero sólo si se tercia y la ocasión lo incita, poner verde al profesor y ejercer, al menos por un día, si no se lo coge gustillo, la profesión de alabancioso – encizañador.

Algo debe estar ocurriendo, y no es precisamente bueno, cuando esto sucede en las aulas. Algo debe estar ocurriendo cuando son mayoritarias las familias que acuden a su tutor cuyos resultados en sus hijos son buenos o excelentes —tomen nota de este dato, ¿no habrá por casualidad una relación? —. Algo debe estar ocurriendo cuando cualquier acto festivo, convocado desde el colegio, tiene mucha más participación e implicación que cualquier acto educativo organizado o no desde el propio centro escolar.

Con estos síntomas, cualquier sistema educativo, venga de Finlandia o de la República Utópica de la Soberana Educación, está condenado al fracaso. ¿Y cuál es el problema? Que sobran quejas y falta interés.

© El embegido dezidor.

martes, 6 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VI. Mesa - coloquio.


De vez en cuando, a uno, en sus paseos matutinos lejos de la tierra de residencia, le llegan voces, como venidas del más allá, que parecen surgir en un instante para avisar de algún peligro o sugerencia. Esta vez llegaron para comunicarme un acontecimiento que surgió, seguramente tras un chispazo de espontaneidad, en la urbe de Navalcarnero.

Y así fue como me enteré de la constitución de una mesa – coloquio en el CAE de Navalcarnero. Asunto extraño, sin duda, que captó mi atención, no por su naturaleza en sí, sino por el tema del que se iba a hablar: la educación. Y se iba a hacer en abierto, para todo el público, y en un local cedido generosamente por el Ayuntamiento que, afortunadamente apuesta por la cultura y en este caso por la educación.

Fue un viernes, ya pasado, concretamente un dos de marzo, y fue una apuesta singular y sencilla, pero también algo avinagrada, y no precisamente por la cantidad de agua que arreciaba sobre la urbe, que estoy seguro que para más de uno fue la excusa perfecta para no regalar con su presencia el favor y el esfuerzo de organizadores y tertulianos.  

Se habló de educación, de familia, de escritores, de libros… y la participación interesante, y con ganas; y la representación fabulosa; y las preguntas la consecuencia lógica de una preocupación y un interés por la educación de sus hijos. Fueron pocos, pero no sobraba nadie.

¡Y había niños!

Ejemplos como este, promovido o dirigido, que ya me enteraré, por el colegio público José Jalón, vienen a poner de manifiesto que hay voluntad, y que cuando ésta se pone en funcionamiento puede remover cimientos y componer grandes obras.

© El embegido dezidor.

lunes, 19 de febrero de 2018

LA MALA EDUCACIÓN V. Educación por puntos.

Artículo que contribuye a este serial denominado "La mala educación" escrito por J.C Atienza.


Confieso que soy escribiente quejicoso, que aborrece de prosapias, y es singular esta singladura de buscar, en estos desabridos pareceres, tratándose de materia educativa, alguna enmienda que sea ledicia y satisfacción para las partes en litigio que, si bien no sea contento de alguno de los actores, sí que sea suficiente para sosegar bríos y abatir ofensas.

Y es que en educación no existe la concordia. ¡Qué hacer con tan gran contrariedad que no encuentran cura, y toda prosodia es cuna de prosaicas palabras! Se buscan para expurgar obligaciones, además de pecadores y culpables, a clérigos y hasta jueces, que todo bienestar radica en derramar el sermón, cuan germen fuera a la judería y deleitarse en la idiotez que ya es idolatría.

Pongamos por caso que, en la denostada y defenestrada búsqueda de reparaciones, al igual que conductores, tuvieran evaluación las familias. ¿Qué tal si ésta fuese un carnet por puntos y sean ellas, las propias familias, si dejadez de sus funciones existiese, quienes obtengan como premio pasar con sus huesos, unos cuantos días más uno, en una escuela para padres? Pues es seguro, que hay edades en las que la experiencia no rasura la ignorancia y para los vástagos, párvulos todavía, desorientados en un patológico ejemplo, es capital evitar su condena, que ya es grave descalabradura emular la conducta del ascendiente. Prófuga profesión le espera a la progenie inocente que sobreviene, perpetuadora del estigma y cómplice alevosa e iletrada del daño futuro.

© José Carlos Atienza.

sábado, 3 de febrero de 2018

LA MALA EDUCACIÓN IV. Causa y consecuencia.

No vamos a ignorar a estas alturas que como individuos somos consecuencia de, y al mismo tiempo casusa de.

Por ello, y sin que sirva de precedente, la escuela, tantas veces señalada y acusada de inmovilismo, no es responsable de la “mala educación” que, sin ser predominante, sí alcanza gran protagonismo. Un protagonismo que se adquiere, entre otras causas, gracias a la inestimable e inclasificable colaboración de medios de comunicación y a esa querencia, casi natural, por hacer de las desgracias ajenas un leitmotiv de nuestras vidas.

Queda, al menos esbozado, dónde radica el germen de esta «mala educación» en una sociedad que premia una mediocridad que, además de lo citado anteriormente, se va imponiendo con la ayuda, directa o indirecta, consciente o inconsciente, de las familias y demás personal cuya obligación debería ser dar ejemplo. Miremos quiénes ocupan las portadas de periódicos, a quiénes de les dedica más tiempo en los informativos y sobre todo en programas de sociedad, y obsérvese quiénes son argumento principal de las tertulias familiares. De este modo, entenderemos inmediatamente la clave del problema. Hoy, y en este país, parece que esta mediocridad es regla general e inexcusable para triunfar en esta sociedad que hemos creado.

Esta apuesta por la mediocridad, la pérdida de valores, la no valoración del esfuerzo y tanto otros males que nos acucian, no es una consecuencia inaugural de la escuela, muy al contrario, en ella se combate. Pero en muchas ocasiones, seguramente en demasiadas, es una lucha en solitario en la que unos pocos, de quienes tienen responsabilidad en dar ejemplo, la acompañan.

Buscar la solución en el dedo acusador es otra consecuencia de esta mediocridad. La inacción y discursos llenos de palabras y más palabras que se pierden en el maremágnum de datos y porcentajes, son el gran disimulo esputado a una sociedad, ansiosa por recibir respuestas sin hacerse preguntas y ansiosa por encontrar culpables sin aljofifar sus responsabilidades.

Al resto nos queda la resistencia desde la escuela, desde nuestras casas, desde nuestros trabajos... y también la esperanza. Si no cambiamos el mundo, al menos que nuestro esfuerzo sirva para no perder territorio o vender cara nuestra derrota.

¿Y en el aula? Los niños son la respuesta. Ellos son la causa de, y la consecuencia de. No son el problema.


© El embegido dezidor.

domingo, 21 de enero de 2018

LA MALA EDUCACIÓN. III

«Libros de texto culpables del déficit de comprensión lectora».

           
Es curioso que en estos días que ando enfrascado en cuestiones de educación, leo un comentario que culpa del fracaso escolar, con formas que extralimitan lo contundente, a lo embarullados que resultan los libros de texto. Libros difíciles de entender e incluso imposibles para los pequeños escolares, según palabras de la escribiente.
            
Confieso que es la primera vez que leo algo así, pero ya estaba faltando tiempo para que se acusara también a los libros del fracaso escolar. —Cuando veas las barbas del vecino cortar pon las tuyas a remojar— dirán los diccionarios. Visto lo visto, tratándose de educación, no hay salvación posible. Llegará el caso, en el que, conducidos por una delirante soberbia, tengamos que oír que los culpables de la deficiente letra de los más pequeños son los bolígrafos y lapiceros, que no se adaptan a las nuevos hábitos y costumbres y mucho menos a los nuevos tiempos.

Terminada de leer la corta arenga en la red, me asaltó una duda. Sus palabras no especificaban si se estaba refiriendo a los libros de texto de una editorial en concreto o a todos los libros de texto independientemente de la editorial. Tampoco señala si esta falta de comprensión se produce en todos los textos de las demás asignaturas. De ser así el problema adquiere un matiz muy personal.
            
Es posible que los libros no sean completamente inocentes, pero la falta de comprensión de los menores no es debido a la complejidad o no de los textos, sino de la falta de uso y entendimiento del vocabulario y de la lengua en general. Los textos están adaptados a un nivel «medio» de los alumnos y para facilitar esa comprensión está, por un lado, el maestro haciendo que el texto sea fácilmente asimilable y, por otro lado, la familia alimentando a sus hijos en sus momentos de ocio con buenas dosis de palabras, de buenas palabras, que podemos encontrar en cualquier biblioteca, incluida la de su aula, librería o gran superficie.       

Discursos como éste, desgraciadamente encuentran coro en las redes. Tal vez, como ocurre en muchas ocasiones, y como ya he escrito en alguna ocasión, sea sólo la rabieta que emana de la impotencia, y ampararse en el tumulto es una perfecta cortina para disimular responsabilidades o justificar irresponsabilidades.
            
Para aquellos que ya tenemos unos años en nuestras espaldas y hemos estudiado en la escuela, cuando de escuela era poco más que el nombre, y hemos visto sus progresos y también su involución, hemos comprobado cómo, desde aquella E.G.B, los libros de texto bajaron el nivel de conocimientos, cómo se han ido adaptando a unos intereses cada vez más diversos y dispersos y, sin embargo, se ha seguido y se sigue, si cabe aún con mayor intensidad, hablando de fracaso escolar.
            
Empecemos por tanto a actuar, y empecemos desde la familia.  Así sabremos con exactitud dónde se encuentra el fallo o el error sin escurrir responsabilidades.

Este puede ser un buen principio que sin ser norma general, guarda relación:
Abuso de juegos electrónicos, juegos y películas inadaptados, televisiones fuera de horario = sobreestimulación = déficit de atención = falta de concentración = falta de comprensión.
            
Y como soy persona llena de dudas, me pregunto, o le preguntaría a esa madre, si sus retoños han encontrado alguna dificultad para comprender todos esos juegos y aparatos electrónicos que manejan.


© El embegido dezidor.