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domingo, 21 de marzo de 2021

MAESTROS ESTRELLA Y MAESTROS ESTRELLADOS. La mala educación XXI.

 

Es evidente que en esta profesión —a la del magisterio me refiero—, como supongo ocurrirá en las demás profesiones, siempre han existido y existirán los buenos, los malos, los entusiastas, los desanimados, los vocacionales y, por supuesto, también los «pasados» o los «quemados».

Pero de un tiempo a esta parte, me encuentro con una nueva partición —hasta ahora desconocida por mí fuera de los corrillos de puerta de colegio—, que dudo sea extensible a las demás profesiones porque en ésta, y he aquí lo curioso, nace desde el mismo embrión de la escuela, es decir, desde los propios maestros. Y es que ahora tenemos, además, profesores estrella y, por el contrario, los estrellados, es decir, el resto. Y para constatar tal hecho y demostrar que no es consecuencia de mi iracundia, pásense por los muros de redes sociales de algunos de los «agraciados», pues verán que han aparecido concursos y quién sabe si vendrán también programas —tras exhaustivos estudios para preparar audiencias— de entretenimiento en vivo en los que participe la gleba con sus votos

Y esta aclamación —la de los agraciados—, que roza la glorificación, me pregunto si no es, en muchos casos, más que la aceptación o la adaptación de algunos o muchos de estos buenos maestros a los postulados de sus votantes o de las empresas que les aúpan, a los que, en un futuro, se deberán para no ser denostados o quemados en el patíbulo.

Pero si algo es más sorprendente en una profesión poco dada a las alegrías, es la promulgación de su nominación, incluyendo una buena ración de sabiduría que, lejos de ser lección, pretenden que sea dogma a seguir; como si los maestros necesitasen más gurús para realizar sus trabajos. Y no reprocho este hecho —el de airearlo en las redes sociales con laureles y pétalos de rosa si es necesario—, no, sino el desprecio que desprenden hacia la labor de otros profesionales que cumplen sus objetivos o que lo intentan; cuyos métodos se alejan notablemente de las «modas estrella», o no tanto, y cuyos resultados no difieren en absoluto —como nos pretenden hacer creer desde sus púlpitos con sus discursos triunfalistas y demoledores—, de los «maestros estrella».

Y si alguien ve en mí un prurito de envidia, que no faltará quién, a mis años, y ya retirado, fueron mis alumnos quienes me otorgaron el título del «Abuelo Maestro», y llevaron a sus hijos para que siguiera siendo su maestro. ¿Acaso hay mayor recompensa?

 

© El embegido dezidor. 

jueves, 22 de febrero de 2018

EXPOSICIÓN PLAYMOBIL. Un viaje por la historia.


He tenido la oportunidad de visitar la exposición de Playmobil de Rafael de Palacio, que tiene lugar en la Casa de la Cultura de Navalcarnero. Se trata, nada más y nada menos, que de un recorrido por la historia y las civilizaciones empezando por la prehistoria, continuando por Egipto, Roma y terminando en el medievo.

La exposición discurre a lo largo de dos salas que no son suficientes para el desarrollo de una temática que, si bien parece simple en un principio, cuando el visitante llega a su majestuoso final, además de impresionado, se siente huérfano. Y es así porque el cuerpo pide más. Se echan en falta tantas y tantas épocas de la historia que haría falta todo el edificio y posiblemente la ruina económica y algo más del creador de dicha exposición.

Pero esta exposición, que luce por sí sola maravillosamente gracias a un Rafael de Palacio que mima cada detalle, adquiere más relevancia aún porque tiene un doble valor. No se trata solo de un recorrido por una parte de la historia de la humanidad, sino que también es un recorrido por nuestra propia historia. Resulta curioso cómo uno puede emocionarse ante esos objetos inanimados que han formado parte de nuestra niñez o nuestra juventud. Resulta curioso también, cómo esos mismos objetos, que tantas veces hemos visto en los escaparates de cualquier comercio, en la televisión o que incluso los hemos regalado, despiertan esa nostalgia que falsamente nos acerca a instantes que no podemos siguiera acariciar, pero que nos hacen rejuvenecer y revivir, como si volviéramos a ver un capítulo de nuestra serie favorita, tiempos que ya parecían olvidados.

Ayer, rodeado de niños, pude marcharme a casa habiendo sido por unos minutos, mucho más joven e incluso niño.

© El embegido dezidor.

jueves, 2 de julio de 2015

ESCUELA PÚBLICA. Sobre deserciones y desertores. II parte. CONFIANZA.



La escuela pública se basa en dos pilares fundamentales: calidad y confianza. No hay duda que uno lleva al otro, pero la confianza es fundamental para su subsistencia. Es la confianza el único imán que tiene para atraer alumnos a sus aulas. Una confianza que tiene que emanar de los mismos profesores que son quienes, trabajando con sus alumnos día a día, se van ganando el favor de las familias al ver, sobre el terreno, y no en la imaginación de unas floreadas y engalanadas paredes e instalaciones, el progreso de sus hijos.
           
Pero desgraciadamente esto no sucede siempre así, y con más frecuencia de la deseada, ese profesor o profesora que será, o es, tutor de nuestros hijos, no confía e incluso desprecia la escuela para la que trabaja, llevando a sus hijos a escuelas del ámbito privado o pseudo-privado.
           
Es aquí donde empieza la pérdida de nuestra credibilidad, de la credibilidad de los maestros y maestras de la pública, y la perdemos por estas actitudes pérfidas, descaradas y dañinas.
           



¿Y qué ocurre con las familias?
 Para las familias es muy difícil entender, como para cualquiera, que una parte del profesorado se perjudique a sí mismo y a sus propios compañeros. No pueden entender esta actitud insolidaria en el seno de claustro de profesores que se encargará durante una década de educar a sus hijos. No pueden entender, como tampoco lo entendemos quienes trabajamos al lado de estas actitudes tan perniciosas, que desde el interior de sus aulas alimenten a las alimañas que se frotan felices las manos porque son los propios maestros, (afortunadamente no todos) precisamente de la pública, quienes les están haciendo el trabajo sucio y a su vez, empobreciendo la escuela en la que las familias han depositado su confianza, y ¡qué mayor confianza que tener a sus hijos en nuestras aulas!
           
Como padre espero de ese profesor o profesora, la seguridad del empeño en su trabajo. Necesito confiar en su dedicación, en su entrega a unos alumnos que podrán ser mejores o peores, más ricos o más pobres, de diversas nacionalidades, pero eso sí, con los mismos derechos que todos. Necesito de esa confianza para matricular a mi hijo en esa escuela que es de todos y para todos. Pero ¿pueden las familias confiar en un profesor de la escuela pública cuyo hijo está en la escuela privada? ¿Se puede confiar en un profesional, en el seno de la pública, que apuesta por una escuela que no fomenta la igualdad entre los iguales, que discrimina o selecciona sutilmente según interés, precisamente lo contrario que ese profesional debería fomentar? ¿Se puede confiar en quién ignora el ejemplo y la coherencia y tiene la indecencia, en algunos casos, de vestirse con la camiseta verde en defensa de la educación pública? ¿Es ese el modelo que las familias desean de profesor, de persona, para educar a sus hijos? ¿Es ese el espejo, el ejemplo, que un día será referencia para sus hijos?
           
Por aquí, la escuela pública se desangra.

J.C Atienza.



martes, 24 de junio de 2014

¿Debería ser la educación pública defendida por todos?

Decir a estas alturas que la defensa de la escuela pública debería ser un acto universal, una voz que uniera a todo un pueblo, no es decir algo insólito o extraño, aunque por ser estas, palabras tan manidas, suenen a utopía.

Todos y digo todos, profesores de la escuela privada – concertada y pública, así como empresarios experimentados o no, y todas las familias de este país con hijos o no en edad escolar, estén matriculados en escuelas públicas o privadas - concertadas, deberían estar en las calles en defensa de esa escuela pública, que tanto bien, y nadie podrá negarlo, nos ha hecho, nos hace y nos hará a todos.

Ignoraré todos los argumentos esgrimidos a lo largo de tantos años de lucha por conseguir una escuela pública lo más digna para todos y me centraré en aquellos que a todos nos unen independientemente de la procedencia, etnia, religión, sean pecheros, plebeyos, burgueses, nobles, estudien en colegios públicos o privados.

¿Por qué entonces la escuela pública debería ser defendida por todos?

-Porque mientras exista la escuela pública no faltará la publicación de rankings y otras fruslerías para entretener y ayudar a mantener a las escuelas privadas y concertadas con una publicidad gratuita sostenida por el Estado y comunidades autónomas.

-Porque gracias a que existe la escuela pública pueden desviarse fondos destinados a esta para saciar a las escuelas privadas-concertadas y subvencionar estudios con becas a aquellos que por su posición económica desahogada podrían pagarse los estudios de sus hijos sin dificultad.

-Porque mientras exista la escuela pública, las otras escuelas, privadas y concertadas, podrán seguir seleccionando a su alumnado, por ejemplo, según su rendimiento escolar o por su origen socio económico.

-Porque mientras haya escuela pública, las otras escuelas, privadas y concertadas podrán seguir experimentando y poniendo en práctica comportamientos tan poco pedagógicos y educativos como son la discriminación, la marginación, la exclusión, el aislamiento, el abandono..., e incluso investigar y profundizar en el desarrollo de teoremas y teorías de cómo invitar a las familias con niños con necesidades educativas o no, para que abandonen sus colegios y se matriculen en la pública porque, y son palabras textuales, los tratarán mejor.

-Porque mientras haya escuela pública un gran número de familias podrán ignorar sus orígenes y seguir soñando con el elitismo de sus hijos y el suyo propio, formando parte de ese grupo de selectos elegidos mientras sus monederos puedan seguir vomitando. «Tanto tienes tanto vales».

-Porque gracias a la escuela pública sus hijos no tendrán que convivir con personas de diferentes etnias, nacionalidades, ni con aquellos que por circunstancias diversas resultan incómodos, o con aquellos que no han sido ungidos de excelencia por la naturaleza o por Dios. Recuerdo que es ser buen cristiano favorecer a los más desfavorecidos. Es lamentable ver cada día cómo colegios religiosos ponen en practica estas conductas de segregación y exclusión por una cuestión económica y luego no falta el cepillo en las liturgias para «ayudar» a los mas necesitados.

-Porque la escuela pública estará ahí cuando la situación económica familiar se vuelva hostil, o cuando sus hijos sufran la discriminación por una sentencia, no escrita, que los clasifica en el grupo de los «incapacitados» por no alcanzar o satisfacer los resultados requeridos por unas direcciones que piensan en sus bolsillos, sin averiguar cuáles son los motivos o circunstancias que han conducido al alumno a su fracaso.

Y ahora, después de lo expuesto y para terminar, ¿se imaginan ustedes, empresarios, profesores y familias de la escuela privada y concertada cómo sería su escuela si no existiera la escuela pública? ¿Todavía creen que no tienen motivos para defenderla?

J.C Atienza.


viernes, 13 de septiembre de 2013

Vuelven las miradas a la escuela pública.




            La desgracia de sufrir esta crisis está consiguiendo que miles de personas más se den cuenta que mantener una educación pública y además de calidad es de suma importancia para la regeneración de este país y especialmente para su salud. El regreso de muchas familias a la que fue, es y será siempre su escuela y la llegada por primera vez, de familias temerosas gracias a las estrategias de demonización de un gobierno empeñado en favorecer sí o sí, a una educación en muchos casos inconstitucionalmente consentida, es un atisbo de esperanza para una educación que resiste gregariamente a las continuas acometidas y a la guerra de desgaste que este gobierno está practicando para su absoluta desaparición o marginación. Y afirmo que es un atisbo de esperanza porque estas familias llegadas a los colegios públicos, que han sido empujadas a traspasar esa línea que tras ella, como si fuera un frontera, esa línea trampa y tramposa que les hacía sentirse protegidos, que los separaba del mundo próspero del marginal, esa línea que hacía dividir a la sociedad entre los buenos y los sospechosamente malos, esa línea que los mantenía despreocupados de cuanto acontecía y sufría la escuela pública, ahora, paradojas de la vida, y están en su derecho y es su obligación, exigen, cuando se les ha empujado al otro lado, que esta escuela pública sea de la mejor calidad posible y no un entretenimiento para dirigir a un alumnado hacia la marginación social para convertirlo, que no formarlo, en mano de obra barata, para ser fiel servidor del amo, para ser parte de la nueva esclavitud legal. Estas familias, recién llegadas a la familia de lo público, no quieren que sus hijos vuelvan a verse despedidos y señalados en colegios por no entrar dentro de los “elegidos”. Quieren que la educación sea igual para todos, sin discriminación alguna por etnia, discapacidad, sexo, religión o cuna.  
Puede que tanta aquiescencia durante tanto tiempo haga inútil nuestra defensa, pero estoy convencido que merece la pena. Ahora somos más y esta escuela pública no debe ser únicamente un refugio, debe ser un referente social en el que todas las familias se sientan representadas y orgullosas.  
Bienvenidos. Bienvenidos hoy y bienvenidos siempre.


J.C Atienza.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

20 AÑOS DE EXPERIENCIA. DESPIDOS EN TRÉBOLE Y BARCO.


¡Despidos! Esto puede ser todo lo que queda después de 20 años de experiencia educativa. Este puede ser el resultado de tanta experiencia, tal vez en demasía, que por hastío haya desembocado en esta deriva desvariada vendiendo esa credibilidad que no dudaron sus responsables en aventar allende los mares en otros tiempos no tan lejanos.

¡Qué razón tienen quienes afirman que todos tenemos un precio! En el caso de las escuelas infantiles de Navalcarnero pertenecientes a la empresa Navagroup s.l., lo han encontrado con rapidez, o mejor dicho con facilidad. El egotismo demostrado en las direcciones de las diferentes escuelas sólo tiene cabida en una deletérea administración.

El dinero arrasa la memoria pero no borra sus huellas. En tan solo unos meses y por un concurso, han olvidado sus palabras ya antiguas y más concretamente su filosofía, aquella misma, ya probada, que había dado y con razón unos excelentes resultados situando a estas escuelas entre las preferidas de los vecinos de Navalcarnero porque por encima de todo estaba una apuesta segura: la garantía de una educación de calidad. Pero ¡qué poderoso debe ser don Dinero!, que ahora, sin vergüenza y sin el más mínimo sonrojo, expulsan de ellas a profesionales que contribuyeron y contribuían a tal grado de excelencia, incluso despiden a quienes estuvieron defendiendo hombro con hombro, mediante aquellas infaustas zalagardas, a una dirección que no escatimaba en argucias para la consecución de sus planteamientos.

La expulsión de la experiencia atrae la mediocridad. Una mediocridad idolatrada por la dirección de estas escuelas que, basándose en los hechos, ha sido constituida como un nuevo objetivo a conseguir, un nuevo rumbo que se confirma una vez más con los despidos de las profesionales que más tiempo llevaban en la empresa. Profesionales que por su experiencia deben servir de ejemplo y pedagogía para las nuevas generaciones que acceden a estas escuelas. ¿A quién en su sano juicio, en el ejercicio de la razón razonable, se le ocurre prescindir del pan que te asegura comer?

Estas escuelas parecen buscar por encima de una educación de calidad, un cómodo colchón económico en el que pasar sus veranos al sol y un servilismo en su personal. Su compromiso con la mediocridad pervierte las perspectivas de futuro de estas escuelas, que por rebajar su calidad entran en competencia directa con otras muchas escuelas, que ahora, incluso con menos dinero, pueden ofrecer como mínimo lo mismo.
Queda patente, como lo demostraron en el devenir de aquellos días de concursos, que han perdido hasta la lealtad: la lealtad a las familias que les ayudaron, a las educadoras, incluso a la misma escuela, a ellas mismas.

Véase de qué manera se despide y entiéndase de qué garantías se prescinde. Si queda alguna esperanza, esta se encuentra en algunas de sus educadoras que siguen empecinadas por mitigar las carencias impuestas a las que se les condena, limitaciones que afectan también a los alumnos de estas escuelas. Claro que tal actitud será considerada como un acto de sedición, de rebeldía contra la empresa y por supuesto, no cabe la menor duda, el premio para estas educadoras será el despido.
Ver para creer.

jueves, 3 de mayo de 2012

El fracaso escolar: más veneno para la educación pública.


Una vez más, como espectador ocasional, tuve que escuchar la insidiosa comparación, por enésima vez, de la escuela pública y la escuela concertada, o lo que es lo mismo la educación pública y la educación concertada. La periodista Carmen Gurruchaga en el espacio de Tele 5 “El gran debate” arrojó su dardo envenenado en forma de dato. “El 35% del fracaso escolar se da en la escuela pública frente a un 25% de la concertada”. Un dato, que si bien no voy a dudar de su veracidad, no justifica ni puede ser empleado para justificar su conclusión: La escuela pública es la cuna del fracaso escolar”. Y claro, en estos tiempos ahorro, un gasto innecesario. Pero el dato cojea de realismo a poco que pongamos una neurona a funcionar.

No seré yo quien dude la reputación de esta periodista, aunque a veces dicha reputación alimente una soberbia que obnubila la razón. Pero su error de interpretación fue mayúsculo, o tal vez no fuera un error. Es posible que la cifra fuera esputada tras una escasa deliberación. También podría ser que no hubiera más estudio y esa incompleta explicación se debiese a una falta de información. Hablaríamos entonces de un error, de un error injustificable para una periodista de su experiencia que debe y se debe a la veracidad y a la objetividad. Sin dudar de lo primero, quedó con las vergüenzas al aire lo segundo.

Pero si la Sra. Carmen Gurruchaga, con una maledicencia intencionada, tomó partido por un modelo de educación para ella predilecto comportándose como una mercenaria que pone voz a quien mejor le paga, queda en entredicho cualquier credibilidad presente y futura que nazca desde el bolsillo o la cabeza de esta periodista.

La periodista no profundizó en el dato, ni lo explicó. Al hablar de porcentajes no debería ignorar que la escuela pública es la única que no discrimina a nadie y da las mismas oportunidades a todos sin preguntar su raza, su religión, su procedencia, su condición sexual, si es rico o pobre, si es de nobleza o plebe, si está altamente capacitado o sufre alguna disminución, si tiene problemas: conductuales, motóricos ... etc o no los tiene, si es oriundo o inmigrante. La escuela pública es garantía de igualdad, tampoco separa por razón de sexo. No debe pasar por alto que una escuela, una verdadera escuela, se compone de personas y forma personas. Al margen deben quedar por quienes hablan por y para la educación, aunque poco tengan que ver con ella, los beneficios o pérdidas económicas si no es para encontrar la forma de mejorarlos. No debemos convertir a la educación en empresas cuyo máximo interés será el de satisfacer las necesidades de sus clientes, y esto, desde luego, no es mejorar la educación.

Si la señora Carmen Gurruchaga hubiera tenido en cuenta esta exhortación, no hubiera entrado en un debate para denigrar una educación pública, que solamente por lo ya mencionado, debería ser suficiente para otorgarle el respeto que se merece y no cuestionarla con comparaciones de porcentajes de fracaso o acierto. Lo contrario, lo que se está haciendo, lo que esta periodista hizo es caer en lo fácil.

Debo recordar a la Sra. Carmen Gurruchaga, que según los datos de la Comunidad de Madrid, el instituto de enseñanza secundaria con mejores resultados en el 2011 fue un instituto público. Esto quiere decir que no todo se hace tan mal en la escuela pública. Esto quiere decir que muchos de los que hablan por boca de ganso deberían repasar sus palabras. Esto quiere decir, que tal vez, muchos de esos colegios privados y concertados deberían revisar sus planes educativos. Esto me lleva a pensar lo que este dato debe estar escociendo a quienes se dejan 1000, 3000, 6000 … euros por curso en la educación de sus hijos y especialmente en los que convierten sus escuelas en empresas. ¿Cuál es la credibilidad que les queda cuando su excelencia se ve humillada y ultrajada por unos desarraigados y futuros perroflautas? Parece ser que la excelencia no conoce de estamentos sociales. ¿Es esto algo tan perjudicial para la sociedad para tener que aniquilarlo?
No lo olvide Sra. Gurruchaga, ni usted, ni muchos como usted.



viernes, 3 de febrero de 2012

Barco de papel: ¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

Es la incómoda pregunta que nace bien regada por la preocupación y bien alimentada por la experiencia. Una dramática experiencia que en algunos casos ha puesto al borde del bochorno el funcionamiento de las escuelas, concretamente de Trébole. Una experiencia adquirida a base de confrontación entre dirección, educadoras y familias, de incontinencia verbal, del demérito e incluso del abyecto sentimiento de venganza que ha mutado en más de una ocasión el carácter humano de quienes llevan a sus espaldas responsabilidades en estas escuelas.

En cualquier caso, la pregunta me conduce a desplegar cuántas posibilidades se me ocurran por encontrar una o varias respuestas a esta fastidiosa cuestión.

Para empezar, tarde o temprano la dirección de Barco deberá poner sobre la mesa las nuevas propuestas para conocimiento de las educadoras, que no serán muy diferentes a las anunciadas en Trébole, ya sobradamente conocidas por todos y que tanto revuelo han causado.

Si el sentido común impera, la dirección de Barco debería de esperar hasta que finalice el año escolar para introducir las modificaciones pertinentes en los nuevos contratos y en los nuevos proyectos de la escuela incluyendo, ahora sí, el conocimiento y consentimiento de aquellas educadoras que voluntariamente, sin presiones ni coacciones, quieran sumarse a esta nueva andadura que comienza tras el concurso.
Pero tal decisión no estará exenta de dificultades.

Si se decantan por introducir los cambios con la llegada del nuevo curso, será una decisión que contradice las ya efectuadas en Trébole, por lo que una vez más, ambas direcciones quedarán enfrentadas. A su vez, toda demora en la “imposición de las nuevas condiciones” supone la creación entre las trabajadoras de la misma empresa, con la misma titulación y mismos méritos, de dos grupos laborales con diferencia de trato y salario: educadoras de primera clase las de Barco, y de segunda clase las de Trébole. Mientras en Trébole, el salario se ha visto ostensiblemente reducido, en Barco seguirían con las condiciones antiguas, mucho más favorables en cuanto a cuantía se refiere. Esta discriminación, a corto plazo generaría un nuevo foco de desestabilización en las escuelas y muy especialmente de nuevo, por sentido común en Trébole.

Si por el contrario Barco decide hacer efectivos los recortes como así iban estipulados en su propuesta para la adjudicación del concurso, y que no hay que olvidar que fue la cuestión económica un punto principal para ser adjudicataria, supondrá en el mejor de los casos, tal y como ha ocurrido en Campanilla y en Trébole un trasvase de educadoras. Y en el peor, denuncias y despidos y no precisamente en este orden. Despidos que ya han causado una derrama de dinero innecesario y evitable, siendo imposible, en algunos casos, hacer frente a las obligadas indemnizaciones increíblemente ignoradas o soberbiamente soslayadas que han supuesto un socavón mayor en la descalabrada economía de las escuelas.

Esperemos eso sí, buen ejemplo tienen, que no empleen los mismos métodos ni “sugestivas sugerencias” para moldear un cerrojo que no supondría más que nuevas incidencias. Espero que este silencio, del que está Barco haciendo gala, no sea el mismo silencio coactivo de antaño, ese silencio de laboratorio, artificial en su esencia y artificioso en su contenido que se desliza por los pasillos de la escuela dejando un rastro sombrío para esconder de nuevo intenciones que no pueden ser buenas si nacen desde el oscurantismo.

Pavor me causa esperar una solución de esa prosaica imaginación fecunda de alguna mente pensante desconocida proveniente de alguna de las direcciones, cuya experiencia ha demostrado cuánta futilidad lleva en su equipaje ,cuando intenten convencer de unas condiciones prácticamente inaceptables a muchas tragaderas que se tengan.

No hay que olvidar que estas escuelas deben agradecer cuánto han hecho por ella sus educadoras y las familias que las habitan y es ahora, buen momento para devolver favores.

martes, 31 de enero de 2012

La escuela infantil Barco de papel se queda en Navagroup s.l.

A estas alturas no es ningún descubrimiento y mucho menos noticia, que la escuela municipal Barco de papel ha encontrado quien la dirija para los próximos años. No hay cambios, al menos sustanciales en lo que a la dirección se refiere. Finalmente las tres escuelas han quedado a cargo de la misma empresa que las regentaba: Navagroup. s.l.

Esto que en principio debiera ser una noticia que a todos debería llenar de alegría y jolgorio, sin embargo, no sé si será por los tristes antecedentes o por el futuro no muy alentador en materia educativa que espera vigilante a estas escuelas, pero tras las primeras algazaras, con la sementera más apaciguada y predispuesta al reposo y a la reflexión, se genera, a poco que la testa empiece a funcionar, una honda preocupación.

Inmediatamente, como si participase en un juego infantil, en un juego de palabras encadenadas, se van construyendo binomios cuya estructura hace tambalear en el pensamiento un buen futuro para dicha escuela:

–Concurso/¿progreso?* Proyecto económico/¿degradación?* Proyecto educativo/¿recortes?* Recortes/¿negociación?* Negociación/¿imposición?* Imposición/rebeldía.* Rebeldía/represión.* Represión/enfrentamiento.* Enfrentamientos/mala educación.* Y así podría continuar en una larga retahíla que agotaría al lector más paciente.

Todos sabemos, porque lo hemos aprendido, porque Trébole nos lo ha enseñado, que no es necesario un gran esfuerzo para desdorar la brillantez alcanzada durante años. Lo ha demostrado con tesón, convirtiendo todo el proceso de adjudicación de la escuela en uno de los mejores seriales folletinescos infantiles que hasta ahora, al menos que yo recuerde en mi longeva vida, había tenido ocasión de vivir como espectador. Es justo por tanto mi temor, tal vez pánico, pero me es imposible disociar el trotar de estas escuelas de un vergonzoso paralelismo o tendencia a la imitación con la ambición degradante y denigrante que la Comunidad de Madrid viene impartiendo déspotamente a una enseñanza pública cada vez más debilitada. ¿Lo harán por convicción, será por conveniencia política o simplemente servidumbre?

El resultado del concurso no puede más que ser calificado, especialmente por la dirección de la escuela de éxito, de un éxito rotundo. Los esfuerzos que la dirección de Barco ha realizado durante estos meses de duras, largas y continuas reuniones con representantes del ayuntamiento han dado por fin el fruto deseado y esperado. El uso de recursos, del que han hecho gala, incluyendo la “implicación” – término del que habría mucho que hablar – de familias y educadoras viene a corroborar aquello de que el fin justifica los medios.
¿Es por tanto la adjudicación de Barco a Navagroup s.l una buena noticia? Buena culpa de ello tendrán si quienes dirigen esta escuela no cometen los mismos desaliños de sus otras escuelas hermanas, porque aunque estén dirigidas bajo el mismo paraguas parece, y esto alimenta la esperanza, que quienes son las encargadas de regentar estas escuelas las dirigen bajo sombrillas muy diferentes en playas muy apartadas de lugares muy remotos entre sí. Por tanto, es en esta disparidad donde puede germinar un futuro más prometedor.

domingo, 15 de enero de 2012

EL CENIZO DESVELO.

No sé por qué vino a mí este desvelo,
pero siempre hay alguien o algo que llega
y no se le espera,
y hace del sueño una plaza desapacible,
hace de la noche un terreno de duelo.
El cielo volvía a ser cenizo,
la última campanada anunciaba
una suerte ignominiosa,
arremolinado,
con gesto amenazador se posaba
sobre la escuela infantil,
y sobre ella arrojaba
sus espinas luminosas.
La pulla a la escuela
son estas espinas,
su puntería: asombrosa.
Vida, agonía y suicidio
es quien maneja los hilos,
quien dirige las nubes,
quienes hacen del billete la tirita
para ocultar la herida
conscientemente infringida,
y sus destellos,
la esperanza de un alma,
de una escuela dolida.

De la tierra, de la penumbra del infierno,
los poros del suelo escupían su negro aliento
que hacían de alfombra al cielo,
y todo bajo él, inocuo e invisible,
absorbido por esa tonalidad fúnebre y temible,
esculpían el velo
que a educadoras y escuela
han escrito en su particular libelo.
Educadoras con rodilla en tierra
suplicando su salario,
y a escondidas
huyendo del despido.
Vociferan lisonjas a quienes creen
que Dios está en su persona
y susurran rezos para no ser reconocidas.
¡Milagro, milagro! ¡Pedimos un milagro!
Musitan.
Sus palabras recorren las paredes
como las orugas trepan el árbol.
Y de aquellos silencios,
encuentran en el arrepentimiento su consuelo.
Las escuelas piden ayuda.
Aquel antiguo y siempre amigo
de las sombras que habitan tras la negra cristalera
y de los rincones, donde el sol se oculta
temeroso de la palabra amarga,
renueva de nuevo, su intención culpable
de guardarse para sí los dineros de la escuela.

Y las gacelas pasean sus veleidades,
rugiendo como leones, mordiendo como serpientes,
sembrando en el río de la ira
su vehemente pasión acaudilladora..
Familias de nuevo en marcha,
papeles por aquí y escritos por allá,
concentraciones, manifestaciones
para sacar, otra vez,
a las gacelas del atolladero.

Una mutación,
soberano ingenio
para vivir siempre en carnaval,
muta a las gacelas,
en serpientes o en cigarras
que escupen asertos y luego esperan,
sin dar la cara claro,
no fueran a perder,
del ayuntamiento su prebenda.
Maldito el terror,
fecundo ya en la inconsciencia,
que recorre ávido de insolencia
el porvenir del que trabaja.
Esclavo será,
aunque su rodilla se hunda en tierra,
que ahora es donación lo que otros,
rebeldes y traidores, llaman robo, sustracción o ausencia.
¿Qué dirán,
aquellas mismas almas que primero,
con más fe que esperanza,
creyeron cuánto les contaron,
seducidas o sedadas
por el verbo o el veneno?

No sé por qué este desvelo,
será por qué no hay dinero,
por qué no hay salario sino hielo,
o ¿por qué fue pesadilla, o fue sueño?

A la escuela infantil Trébole, con todo mi cariño. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

TRÉBOLE: El fin de una rebelión.

De todos es sabido que las pequeñas revoluciones y especialmente estas, que se desarrollan en la más frugal intimidad, mueren ahogadas por el discurrir del tiempo que las mitiga y las edulcora, sin olvidarnos del dinero que todo lo compra o lo vende y la fe, que todo lo puede.

La rebelión de Trébole se difumina. Hoy apenas quedan los ecos de una pequeña algazara, que sin embargo ha hecho y hace temblar a una escuela que lo tuvo todo y ahora no acaba de encontrarse a sí misma.

Las educadoras, y con más exactitud, una buena ración de quienes dijeron “no” a las condiciones impuestas por la empresa tras el concurso, hoy dicen “tal vez” o simplemente su voz ha acabado en el pozo de sus desabridas intimidades más vergonzosas y silenciosas. De repente no dicen nada, más taciturnas ellas que nunca, sus silencios repican la homilía institucional que otrora fuera su azote y despertase su rabia y hoy, incomprensiblemente, es su consuelo. Desconozco que clase de querencias las han conducido a un cambio en su determinación, pero esta falta de unión, una vez más, de respeto hacia ellas mismas, provoca el desaliento y la vergüenza en las familias que han dado la cara por ellas, que se han esforzado sacrificando su tiempo y el de sus pequeños porque se satisficieran los derechos – sus salarios – de todas las educadoras: sumisas, insustanciales y rebeldes, sin importarles credo o condición.

De estas educadoras “rebeldes” hoy no quedan más que los rescoldos de una llama que prendieron y que se apaga con su aquiescencia y sumisión ante lo que les ha sido impuesto: o lo tomas o lo dejas y que ahora convierten en justo y razonable lo que desde el sentido común nunca lo fue ni lo será.

De aquel fuego, de aquella llama de esperanza, a la que once educadoras se adhirieron, cuya luminosidad era la fuerza que mantenía vivas sus perspectivas y expectativas, apenas resiste una endeble luz de una no menos mohína vela que algunas educadoras todavía sostienen con la dignidad intacta a la espera que se cumpla el ignominioso destino – el despido – dictaminado por una dirección que juega a ser Dios. Ahora, cuando aquella llama ha sido desposeída de toda esperanza, quién sabe si su quebradiza figura podrá ser el fuego purificador de los delirios pretenciosos de las responsables de la escuela o se quedará en el humo del olvido o en el lamentable recuerdo de lo que pudo ser y no fue, de lo que se pudo hacer y no se hizo, de lo que se pudo luchar y todo fue cobardía.

No puedo dejar de pensar cuánta inutilidad escenificada e interpretada. Cuánta apoplejía espoleada, cuánta inconsciencia e inmadurez, cuánta incapacidad para sostener una decisión, y es aún más doloroso, cuando el repertorio descrito proviene de quienes deben ser ejemplo e inculcar valores. Uno siente que una escuela más se desvanece, que Trébole languidece hasta convertirse en un entretenimiento para los buscadores de lo paranormal.

Y mientras escribo estas deliberaciones o delirios, una llamada a mi correo me anuncia que otra educadora más abandona su puesto de trabajo obligada por las circunstancias. Es el apartheid practicado para expulsar todo cuanto no comulgue con los “principios” de una dirección que se siente todavía más poderosa, más feudal que antes del concurso. Lejos de avanzar retrocedemos y retrocedemos en el tiempo. Me cuestiono, visto lo visto, si sigue entre sus principios educativos la igualdad y la integración o tras el beneficio del concurso, una vez postergado o castigado lo educativo al cuarto trastero, se han “obligado” a impartir la segregación.

Sólo tres velas ponen dignidad a este entierro, tan sólo tres velas aún reposan con su resplandor sobre un ataúd todavía vacío del que esperan que nunca se abra su tapa. Esperan, como el maná, que lleguen vientos de una nueva esperanza, pero esta vez sin Aguirre.

Para finalizar, de nuevo, gracias por vuestra aguerrida defensa por una educación digna para todo el mundo, por hacer que los más pequeños puedan tener lo mejor, por resistiros a dejar morir los progresos conseguidos, por cumplir, a pesar de los tiempos poco favorables, y ser lo que sois: maestras y educadoras. Recordar que los genios primero fueron locos, y los héroes primero fueron rebeldes.



jueves, 1 de diciembre de 2011

TRÉBOLE: La rebelión de las minorías.

A la hora de enfrentarme a esta exposición, no sé si el resultado será una elegía o un elogio; un canto de esperanza o el epílogo a la desesperanza; una marcha fúnebre o una alborada que invite al optimismo. Y dado que la edad resta brillantez al optimismo, mejor sería afirmar que es la espada que lo aniquila, dudo que el resultado final de este artículo no sea más que la parte amputada a ese optimismo.

Ojalá sirvan estas palabras para insuflar ánimo y apoyo a todas aquellas educadoras, fieles a sus principios, que por encima de estrategias de empresa, que no persiguen beneficio educativo alguno, han dado ejemplo de honestidad y fidelidad a sabiendas, que hoy, en su lugar de trabajo, al igual que se premia la mezquindad y la mediocridad, se castiga la vocación, la dedicación, el entusiasmo, también los buenos principios, la coherencia y más tristemente la eficacia en el trabajo. Siendo esta relegada a un segundo plano, siempre supeditada a los caprichosos límites de beneficios económicos impuestos por la propia empresa. Mal comienzo es este para la nueva andadura post-concurso. No habrá progreso en esta escuela si prevalece por encima de las demás, una mentalidad empresarial tan precaria, tan primaria y ausente como la que se está demostrando en esta escuela infantil y empresa que la regenta.

Pero el asunto que me ocupa es para con las educadoras de la escuela infantil Trébole, concretamente once, que han dicho “basta” “no en mi nombre, antes mi conciencia”. Su capacidad para sufrir y aguantar más agravios y desacreditaciones por parte de la dirección de esta escuela ha llegado a su máxima. Se han plantado ante una dirección que, con su continua arrogancia y su tristemente corrosiva forma de actuar, su falta de tacto y seriedad para llevar semejante oficio, ha desafiado continuamente los límites de las educadoras y se ha creído que, bajo su jurisdicción, voluntad sólo existe la suya.

El viernes 18 de noviembre cada educadora debía plasmar su rubrica consintiendo, sin ser consultadas cuando se elaboró el proyecto para el concurso, una degradación más a su labor educativa, que incluía, como principal punto, una rebaja importante de sus salarios, así como una gran incertidumbre: la ausencia operativa y eficaz de apoyos. Apelando a su honestidad, dejaron el lugar dedicado a tal efecto en un desafiante espacio en blanco que encendió los ánimos de una dirección que ha empezado a actuar, por si alguien pensaba que ya había alcanzado el límite, aún más a la desesperada.

Trébole ha explotado, podría ser un titular de la noticia. Se ha producido la que podríamos denominar la rebelión de las minorías.

Ante esta nueva situación, imprevisible en principio, la dirección de Trébole se ha visto, una vez más, superada por la obstinación de sus educadoras en defensa de sus convicciones, y haciendo uso del poder que le da la fuerza, porque no puede ofrecer nada más, se enfundan en una ruin mezquindad acusando a las educadoras de traición a los intereses de la empresa, y las castiga con el despido. Por una vez, en estos meses de incongruencias, debo dar la razón a la empresa, pues es bien cierto que las educadoras “rebeldes” han rehusado aceptar sus intereses. Pero nunca han renunciado al interés por hacer de la escuela una escuela mejor, por mejorar la educación de los más pequeños, por hacer de la escuela, en definitiva, una escuela de calidad. Es inverosímil que su defensa por una calidad en la educación se haya convertido en el acicate de la empresa para atacar toda coherencia educativa. Principios de calidad que pocos meses atrás, la empresa defendía para distinguirse de las otras escuelas infantiles privadas del pueblo.

Es difícil de creer que exista una escuela infantil que se esfuerce, que se afane en pelear y pelearse contra todo lo que sea o quiera mejorar sus servicios. ¿Puede existir tal empresa en algún lugar del mundo? Pues sí, la hay, en Navalcarnero y se llama Trébole, o para mayor exactitud Navagroup s.l.

El futuro más cercano es el gradual despido de las educadoras disidentes, si estas, por una vez, alejadas de felonías y asechanzas, no se dejan amartelar y/o amedrentar con imprecaciones que no benefician a nadie. Pero creo que de esto, la conspicua dirección sabe mucho, posiblemente demasidado, y no ve más luz que la miserable igualdad en la mísera miseria de una ruin educación. Dejan para otros tiempos, para otras épocas, el derecho que todo ciudadano tiene de recibir la mejor educación posible. No pueden ni deben olvidar que esos pequeños seres, traviesos, obstinados, vivaces y a veces desquiciantes, son ciudadanos de pleno derecho desde que nacen, aunque no alcancen el metro de altitud y sin lugar a dudas, se merecen lo mejor y no sufrir la perturbada banalidad de una atroz e irrisoria dirección.

sábado, 19 de noviembre de 2011

TRÉBOLE: La coronación de la mediocridad.

Las escuelas infantiles y la educación en general están sufriendo vejaciones sin parangón en la historia de este Estado. La aniquilación de los principios básicos de igualdad y derechos están siendo continuamente torpedeados y pisoteados desde una administración que persigue, con demasiado empeño y obcecación, la vuelta a fórmulas medievales que toda sociedad de progreso ha superado hace mucho tiempo.

Trébole no podía ser ajena a esta situación, pero muy lejos de poner el mayor remedio ante esta vorágine de medidas contrarias a la educación y al progreso de una sociedad, participa en esta condena, sumándose a los mínimos estipulados, contrarios a cualquier principio educativo. Ya ha conseguido todo cuanto anhelaba: hacerse con la gobernabilidad de la escuela,

Difícilmente un país puede alcanzar mayores cotas de progreso si en él impera la misma mentalidad cicatera de la empresa Navagroup. s.l.. Es difícil evolucionar, y desde luego esta escuela no lo hará, cuando la meta que la dirección se propone no es subir un escalón más, no es llegar un poco más lejos, ser un poco mejores; tampoco lo es el conseguir un grado de excelencia educativa que las pueda distinguir de las demás escuelas como lo venía siendo hasta ahora. Hoy, desgraciadamente, la meta está en llegar a lo más profundo del lodazal de mediocridad en que se está convirtiendo el mundo educativo y concretamente la educación en las escuelas infantiles. Ahora, el objetivo es llenar aunque sea de estiércol la cuenta bancaria. Trébole renuncia a crear o a imitar actitudes y/o programas educativos que puedan presumir de excelencia. Trébole aspira a ser la más mediocre, o al menos tan mediocre como la que más, a limitarse a cumplir los mínimos establecidos por esta ley sin valorar el perjuicio que ello conlleva.

Ante esta locura que amenaza con no dejar títere con cabeza en esta escuela, su dirección debería exponer ante sus educadoras primero y ante los padres después cuáles van a ser las directrices que va a seguir, su proyecto educativo si lo hay, o las maravillas de su complejo residencial, y hablar sobre la ratio y la cualificación de sus educadoras en un futuro. Pero esto, que es un ejercicio de coherencia y sentido común, es como pedir peras al olmo a una dirección que se caracterizada por haber perdido el polo magnético de la razón y la coherencia.

Las primeras actuaciones de la empresa como agradecimiento a sus educadoras, tanto a las acólitas como a las díscolas, es la rebaja de sus salarios y la amenaza con despidos. Amenaza que ya se ha cumplido.

A las familias, tanto a las acólitas como a las díscolas, su recompensa será la práctica disminución de los apoyos a algo meramente testimonial, sin funcionalidad; la proliferación de grupos mixtos valorando por igual, la evolución madurativa de los niños y el beneficio económico para la empresa: “cuantas menos vacantes más llenamos las arcas”. La practica inutilidad, por inexistente, de un plan educativo que contenga unas dosis de racionalidad coherentes que pueda llevarse a cabo con las garantías que hasta hace poco gozaba.

La dirección por tanto abandona, podría decirse que sin vergüenza ni disimulo, todo carácter educativo centrándose en lo meramente asistencial o residencial. Disminuyen estrepitosamente los gastos pero aumentan los beneficios. Renuncia a la calidad de enseñanza con una pretendida renovación de toda su estructura interna, sacrificando ese prestigio que había conseguido en sus veinte años de funcionamiento. Una remodelación a la baja, a lo mínimo, que está siendo convulsa.

Todas estas medidas aportadas por la dirección provocarán a corto plazo, como ya ha ocurrido, un baile de educadoras – en dos meses han pasado tres educadoras por Campanilla y ya ha habido bajas voluntarias y despidos en Trébole –. Este baile, que es un castigo innecesario para los más pequeños, se hubiese solucionado si desde un principio la empresa hubiera puesto todo su empeño en solucionar, o al menos en atender lo más posible, las situaciones de sus educadoras, encontrando entonces el dinero que ahora parece sobrarle.

Ante esta deprimente situación, me pregunto si llevar a los hijos a esta escuela, se convertirá en un futuro muy cercano, en una actividad temeraria e irresponsable por parte de los padres.





jueves, 17 de noviembre de 2011

TRÉBOLE: Del encomio de la argucia al elogio del artificio.

Se resolvió el tan esperado y deseado concurso. Ya podemos afirmar y proclamarlo a los cuatro vientos, por mares y continentes e incluso más allá del espacio exterior, inundados de una murria felicidad, que Trébole ya tiene dueño, o para ser más exacto, que sus antiguos dueños ahora son más dueños que nunca.

¿O será todo lo contrario?

Me pregunto si no será el ayuntamiento quien ejercerá todo su poder inquisitorial para, con sus ya características caricias lingüísticas, disimular acarameladas tiranías e imposiciones ante una aquiescente, como siempre, dirección de Navagroup s.l.. La fiel empresa ejecutará cuanto le sea trasmitido con disciplinada obediencia, arrodillada ante la conspicua figura de todo un equipo de gobierno municipal al que dirá “Sí” una y otra vez como pago al enorme favor recibido al ser benefactores de un concurso. Esta es posiblemente una de las grandes y poderosas razones que han llevado al ayuntamiento a la concesión del mencionado concurso: poder seguir ejerciendo, a través de la gobernabilidad de una de las escuelas, la más grande, la más esbelta, la que ha recibido una mayor inversión, una labor principalmente propagandística.

Curiosamente se confirma lo que meses antes, desde los mentideros de Navalcarnero, se daba como un hecho inexorable: la escuela infantil Trébole se adjudicaría a la misma empresa.

Ahora, con uno de los procesos más deplorables concluido, atrás queda todo un sendero de rastrojos como testigos insolentes de cuántas insidias han sido necesarias para llegar hasta donde se ha llegado. La dirección de estas escuelas, siguiendo las doctrinas del ayuntamiento o viceversa, no ha tenido escrúpulos para desacreditar en público documento, aunque fuera bajo la sombrilla de un pueril y mal disimulado comportamiento, la labor de las educadoras, de sus empleadas, lacerando su propio prestigio, dejándolas en una situación de desamparo, exponiéndolas públicamente para recibir escarnio si el público lo estimara oportuno, e incluso empujándolas al «suicidio» educativo, que ahora, una vez resuelto el concurso, se les pedirá, rubricando con su firma, otorgar a la dirección la facultad de poder cometer, con absoluta impunidad, cuantas "tropelías" educativas se imaginen y reafirmarse en las ya cometidas, —sirva como ejemplo la formación de grupos mixtos de alumnos — y lo más grave e irónico para las educadoras: consentir su propia «inhabilitación forzosa» que les impedirá seguir ejerciendo con garantías para sus alumnos una labor educativa digna. Serán reconvertidas en auxiliares, cuya principal misión y tal vez única sea la de observadoras y acreditar, con su presencia, que la escuela funciona, aunque sólo sea un pequeño refugio para que los niños no pasen frío, o si se tercia, incluso jugar en el aula o en el patio.

De esta forma, y casi sin querer, se expondrán a las familias con todo lujo de detalles, e incluso con presentaciones ostentosas de Power Point, que se están ejecutando y cumpliendo proyectos y objetivos: manipulación de utensilios (juguetes) destinados a potenciar la recreación visual - artístico - lúdica y recreativa de los más pequeños; fomento de la interactividad social, la autonomía e independencia; adquisición de destrezas manipulativas (la pinza) adquiridas por el contacto reiterativo de sus cuerpos con la arena; aumento de la interactividad con el medio urbano sin indicaciones previas; fomento de la intuición, adquisición de estrategias de supervivencia infantil en el aula, defensa personal, apropiación de objetos evitando ser descubierto por la observante auxiliar en educación, utilización de la fuerza como principal vehículo para la consecución de los deseos y frustraciones; adquisición de orientación espacial y desenvolvimiento autónomo sin la participación directa ni indirecta del personal “cualificado” que gobierna el aula; y sobre todo, trasmitir a los niños la excelsa sensación de sentirse con libertad y vivirla con todo el exceso que el término permite. Pero no hablarán de los apoyos. ¿Y la ratio?

La dirección, en su última y urgente reunión con sus empleadas, confirma cuanto ya se veía venir, cuanto se anunciaba a gritos aunque no todos quisieran oírlo: adiós al antiguo proyecto educativo, el mismo que se defendió ante un ayuntamiento cuando era de todos sabido que no podría ejecutarse por las condiciones en las que se dictaba el concurso. Ahora que los ojos necesitan volver a ver y mientras la incredulidad se va perdiendo en tímidos lamentos, la preocupación emerge cargada de una sonrojante vergüenza.

El nuevo proyecto educativo, si lo hay, se construye desde la miseria, desde la copia miserable de otras escuelas acreditadas en su mal funcionamiento. La justificación la encuentran amparándose en una ley, que desde las mismas escuelas, incluida la propia dirección, han criticado una y otra vez. El proyecto es mera ceniza, nace quemado y nunca fue ni es lo importante como hicieron creer a las familias.

Es hora de sentarse en la butaca y regocijarse en el escatológico espectáculo que se anuncia como un gran estreno y que no ha hecho más que empezar. En la pantalla, una exposición no adecentada para todos los públicos. Una espectacular bajada de pantalones o subida de faldas. El argumento: del encomio de la argucia al elogio del artificio.