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lunes, 11 de octubre de 2021

Feria del libro de Navalcarnero: un oasis.

 


En Navalcarnero, más que una feria del libro, se ha presentado una miniferia. Una feria seguramente meditada, parida con cariño y crecida entre arrumacos, pero de la que han huido los libreros. Indicador este, indiscutible, de que el ideario no ha funcionado bien o que el ideador/a, siempre voluntarioso/a, sufre y asume las consecuencias de decisiones de última hora, poco instruidas y ajenas a su persona. La feria, en definitiva, ha sido una de esas ferias impostada, artificiosa, incluso obligada, una feria de adorno, para salir del paso, con ilusión seguro, pero con afligimiento. Una feria que se muestra como una prostituta novata, sin atractivo, que no sabe bien dónde ubicarse y espera la noche para no mostrar sus vergüenzas o sus carencias. Porque la feria, no nos engañemos, ha sido una pequeña pústula en el solar de la plaza, o si se quiere, una fortificación enfadada que le da la espalda al mundo o, para los más optimistas, una nueva Numancia que se resiste al cerco de las cañas y tapas.

Y si alguien piensa que esto es ficción, bien le aseguro lo contrario, que tal vez, por eso de incentivar, habría que fomentar: «Un libro, una caña y una tapa», y así, esa libertad de soflama y telediario, tan avasalladora como poco convincente, de cañas y tapas me refiero, se parecería un poquito menos a esa libertad —la real, la verdadera, la que sufrimos— de «cañas y barro», al menos en apariencia, pues en eso se ha quedado esta feria, en una apariencia. Y después de esta disertación y búsqueda de epítetos y calificaciones, sin pretender ser un agorero, o al menos no tanto, me quedo con la palabra oasis como el mejor símil para resumir lo que ha sido esta feria.

Pero es momento de ser optimista, y más vale poco que nada, que siempre es mejor ver el vaso medio lleno que medio vacío. Que, si bien podría ser vista como una amante despechada en una España de mantilla y escapulario, ésta ha sido generosa y entrañable, y ofrecida y dadivosa. Por tanto, debemos celebrar, como amantes de los libros, que tuvimos nuestra feria, como también la tienen los amantes de las tapas, que ambas no son incompatibles.

Y para nosotros: lectores, escritores y libreros, y gente del mundo de la literatura, este pequeño aposento es una gran conquista, que sabe muy bien, porque es conocido que en el mundo del libro lo poco es mucho y lo pequeño grande. Es mi obligación felicitar, con el más sincero agradecimiento, a todos estos guerreros/as sin antifaz que, desde sus acantonamientos, nos abren las páginas de los libros como banderas para ondear libremente en nuestras cabezas y de quienes, con mucha voluntad, consiguen que año tras año la ilusión por los libros continúe.

 

© j.c atienza. Octubre 2021


viernes, 5 de febrero de 2021

QUIERO LIBROS

 

Si me preguntaran cómo quiero vivir los años que me queden, contestaría, sin dudar, que rodeado de libros. Doy por hecho, para evitar suspicacias y maledicencias, que, por supuesto, al lado de los míos, de mi familia, porque en este punto quiero ser un privilegiado, y considero un premio irse cuando corresponde, pero siempre el primero, que no quiero llevar las despedidas adosadas a los recuerdos.

Habrá quien se pregunte: «La de este hombre debe ser una vida aburrida», y no voy a ser yo quien se lo discuta, pues es cierto que no es mi vida una vida para ser narrada, porque si alguna vez tuvo algo de interés, ese quedó para la memoria como algo pétreo que ni los recuerdos, a mi edad, consiguen trasmitir vivacidad. Ahora, y por ser un momento en el que la vida ofrece mucha resignación, y las ilusiones, si aparecen, son muy comedidas e incluso dosificadas, son los libros una fuente de vida y de salvación.

Tal vez por todo esto, haya nacido en mí la pasión por los libros, una pasión que, si bien no es reciente, se ha acrecentado con la edad y tal vez —con un poco de mala leche—, este aumento ha ido de la mano al mismo ritmo que mis ojos han perdido autoridad. Y el resultado debe ser, pues me gusta encontrar una explicación, que cuando uno apenas puede vivir su propia vida, ésta se encuentra entreverada en esas páginas, viva en esos personajes que ahora me empeño en buscar. Vida o vidas que nunca he soñado y que, con seguridad, jamás viviría ni viviré, pero que, a través de sus páginas, esas vidas que pertenecen a otros, me acompañan, las acompaño y las comparto.


Sí, por favor, quiero libros, y táchenme si quieren de sibarita, pero creo que puedo tomarme esa licencia, porque tratándose de libros, confieso que los prefiero de papel, porque el libro es como el sexo, que si los sentidos son muy importantes, el tacto es fundamental.

 

© El embegido dezidor. 

viernes, 3 de julio de 2020

EL AVENTURERO. Santiago García-Clairac.


 He regresado a mediados de los años 70. He vuelto a recorrer esas mismas calles, la avenida de San Diego, la calle Carlos Martín Álvarez, hasta llegar a la avenida de la Albufera y descender hacia el Puente de Vallekas pasando por el Bulevar. He conseguido sentarme en ese mismo asiento esperando la hora de entrada en el cine París para ver, en sesión alterna, Tarzán y una de Cantinflas. Después, al salir del cine, en la calle de al lado, en el Puerto de la Bonaigua, me fui a Faure, la librería, que no llegó a quemarse, a comprarme “El aventurero”, pero me dijeron que todavía tenía que esperar unos años. Entonces regresé a mi barrio, en Entrevías, y me fui en busca de mi pandilla, siempre reunidos en la pequeña placita, en el mismo banco. Y les conté a mis amigos la película, y luego busqué a Patricia, entonces una niña, que creció y que fue quien me avisó que mi niñez se estaba acabando, y luego llegó Marisa, entonces Maribel, y revolucionó mi adolescencia. No encontré a Contreras, aunque sí tuve un malo que quiso hacerme la vida más difícil, y ahora, los busco a todos, y más desde que he leído la novela, y también a Víctor Latienza —al que todavía no he encontrado—, para contarles que son los protagonistas de una novela, de una historia situada en los años 50 y que Santiago los describe muy bien, como si les conociera, aunque estemos a mediados los 80.
          
            Hoy quiero invitarles a una aventura, pero no teman, que no irán solos, estarán en todo momento muy bien acompañados por este aventurero que es Santiago García – Clairac, autor de esta novela juvenil que es objeto de mi atención.
           “El aventurero”, es un libro mágico, escrito por un mago que tiene en su pluma mucha magia y un gran baúl de sorpresas. Nos traslada a esos años 50, de amigos, de pandillas, de tertulias en los bancos, de quedadas en las plazas, de intimidades en los parques, de guateques y de diversiones en los recreativos, y de sobrevivir en un barrio siempre difícil, en el que la adolescencia llegaba pronto y quedaba atrás todavía más pronto. Y esta será la pelea de Víctor Latienza, vivir en esa incomodísima dicotomía, entre soñar y sobrevivir, pues entonces, como ahora, en ese barrio, soñar costaba dinero, demasiado dinero.
           Y, Santiago, siempre minucioso, no se deja detalle para que nadie pueda desorientarse. Su intención queda patente desde el primer momento. Santiago quiere que, desde el primer contacto con el libro, lleguemos a esa época que para él fue tan especial sin interrupciones, sin intermedios, y lo hace estupendamente bien a través de su prosa y de las ilustraciones que han nacido de la propia mano del autor y que le aportan ese sabor añejo que aumenta el placer de su lectura.
            "El aventurero" es, por tanto, un libro de barrio. Un libro para generaciones y generaciones, e incluso para aquellos que formarán generación. En sus páginas no solo encontramos la imaginación del autor, sino realidad, una realidad para estudiar, para vivir y revivir, y en mi caso particular, llena de nostalgia y de recuerdos que estallaron según iba devorando sus páginas.
           Puedo asegurar, sin ruborizarme, que es mucho lo que le debo a este libro y les aseguro que esta novela se aventura, en sus páginas, en un tiempo imperecedero, fresco, vivo y palpitante. Es un libro para guardar, conservar y recordar en estos tiempos consagrados al olvido.
         Acérquense, pues, a viajar en el tiempo. Abran sus puertas, desmenucen sus páginas y descubran su secreto, porque su trama, en este caso particular, tan alejada de la fantasía, es pura fantasía.


© j.c atienza.


jueves, 18 de junio de 2020

LAS MADRES NEGRAS. Patricia Esteban Erlés.


«Las madres negras» es una novela encantadora donde su autora, Patricia Esteban Erlés, nos deleita con su prosa cuidada y mimada, y nos contagia ese amor a la palabra que plasma en cada página y estalla en cada relato.

«Las madres negras», IV Premio Dos Passos, es una historia de dolor, de pérdida, que se va construyendo en pequeños relatos que, como una enfermedad, van desgranando sus síntomas hasta el obligado final, pero que deja, con la pausa de una neblina en el intervalo del día, un regusto dulce que permanecerá tiempo más allá de la lectura. Relatos que nos transportan a lugares, muchas de las veces sospechosamente conocidos y otras insospechados. Relatos que van y vienen, que te llevan de un pasado a otro más cercano.

La novela está impregnada de una tristeza embriagadora que cae como lluvia mortecina y que, como en una de esas tardes de invierno con los cristales de las ventanas perlados y la estufa lamiendo las paredes para abrigarnos, rezuma una deliciosa melancolía que nos reconforta.

Patricia nos seduce con su relato, al que acompaña con un romanticismo trágico que nace de la desgracia, del infortunio y del fracaso, y que no nos abandonará durante toda la novela como una noche abierta que esconde un día asaeteado por el dolor de los protagonistas. 

 Apaguen los focos, dejen una pequeña luz o si lo prefieren, una vela encendida y abandónense a su lectura. La muerte es una conmovedora compañera de viaje que hará acogerse a esta novela como si fuese una entrañable pertenencia, de esas que se guardan para toda la vida.

© José Carlos Atienza.



sábado, 25 de abril de 2020

LOS GIGANTES DE LA LUNA. Gonzalo Moure.



El libro apareció entreverado de libros por la azarosa casualidad de un azar muy generoso. Libros que fueron un regalo y que apenas estaban ordenados en estanterías rellenas con premura y a destiempo. Y, como el tímido niño que quiere dejarse ver, la portada se hizo paso entre la marabunta y sedujo a mi mano que se dirigió decidida a su rescate.

¡Benditas sean las sorpresas!, como diría mi abuela, mujer de vida rural, austera y trabajosa donde las alegrías, cuando las había, se sembraban en los campos y en los huertos, nacían en el trabajo y en las labores y se recogían en la recolección y en las fiestas. Alegrías que eran el sustento de aquellas almas que vivieron tiempos convulsos donde lo poco era mucho y lo mucho innecesario.

Y digo esto porque Naísma, la protagonista, una refugiada en los campamentos saharauis que llega a un pueblo, Veredas, donde les acogerá una bonita casa cerca del mar con galpones, buhardillas, jardín y bosque, propiedad de los padres del otro protagonista, Pablo, podría ser, con los años, mi abuela o la abuela de todos. Una abuela de aquellos tiempos que para aquellos de pasado extenso son cercanos y para los más jóvenes, pretéritos. Una abuela de mandil y de negro riguroso, de pañuelo en la cabeza y cabello recogido durante el día y tejido cuidadosamente por las tardes con su peine de finas púas para purificar y desenredar sus largos cabellos níveos. Una abuela de pensamientos concisos y certeros, con la utilidad como bandera, porque así es Naísma, mensajera de la belleza sincera, con esa alegría que estalla desde lo más humilde, ingenua e incluso pura y contagiosa, con una generosidad sigilosa que el autor va desgranando como viejas fotografías de recuerdos casi o completamente olvidados para estos tiempos modernos y, a su vez, con un pensamiento que va quedando en la memoria del lector como un anhelo necesario.

 “Los gigantes de la luna” enseña a los más pequeños a valorar lo que tienen y hace más válido que nunca aquel adagio o proverbio que dice: “No es más feliz el que más tiene, sino el que se conforma con lo que tiene”. Y para aquellos, para los de pasado extenso, nos regala dulces aromas de melancolía que reverberarán en nuestro presente y enrojecerán algunas mejillas, porque, como habitantes de este mal llamado primer mundo, seducidos o incluso abducidos por ese egoísmo palpitante y también deprimente, y por una sobre exposición virtual al exterior donde ser, o al menos parecer aquello que no se es, se convierte en el devenir y objetivo primero de individuos cuyo origen está perdido, nos enfrentará a una niña cuya felicidad radica en valores, hoy desmerecidos, ante los que estamos ciegos o no queremos ver. El autor, a lo largo de estas páginas, reivindica la hermosura de la austeridad conglutinada en lo necesario y critica la ostentosidad de lo superfluo.

Gonzalo Moure, comprometido como muchos, o aventurado como pocos, nos da una lección a todos que solo las buenas plumas saben florecer con discreción, y permítaseme esta licencia justa y necesaria, lo hace con estilo y elegancia.
“Los gigantes de la luna”, es una historia de escenarios reales y de personajes creíbles. Una lección de vida, una búsqueda del camino, del viejo camino, del origen, del principio, pues una vez perdido ese origen o principio, no sabremos dónde regresar para corregirnos.
           
Lean, busquen y encuentren todo cuanto encierra este texto, pero, además, disfruten de la belleza y ternura que destilan sus páginas.


© José Carlos Atienza.

viernes, 17 de abril de 2020

UN AVIÓN EN LA CASTELLANA, de Santiago García - Clairac.


         Había una emoción inexplicable, incluso un egoísmo infantil, difícil de disimular, y hasta un deseo descomedido e incontrolable por la posesión de este libro que ahora es objeto de mis comentarios.
 
            Si acaso esta emoción irradiaba del hecho de ser un autor conocido, e incluso familiar, casi en el estricto sentido de la palabra y, también por tratarse de un libro alejado de sus creaciones más habituales cuya incógnita despertó mi interés.

            Y aunque no es correcto buscar una definición en lo que no es, diré que “Un avión en la Castellana”, libro escrito por Santiago García – Clairac, autor de dilatada y magnífica trayectoria, no es una obra de ciencia ficción, aunque bien pudiera serlo. No se trata, pues, de un ataque de aviones futuristas en una guerra entre civilizaciones enfrentadas por religiones, ni de una disputa entre clases sociales por erigirse en la dominante o por los recursos naturales. “Un avión en la Castellana” es un libro que narra cómo se realizó un anuncio, ese anuncio espectacular que marcó un antes y después en la publicidad audiovisual de este país.
           
            Pero Santiago, cuya pluma guarda esos quehaceres secretos del oficio que da la experiencia y el buen gusto, no se limita a mostrarnos un libro técnico sobre cómo elaborar y realizar un anuncio, aunque de eso sepa mucho, sino que lo hace a través de una aventura de la que nos hace partícipes, porque de eso, de aventuras, Santiago también sabe mucho. El lector encontrará en esta aventura buenos, malos, intriga, incertidumbre e incluso emoción, pues a buen seguro, sufrirá hasta las últimas consecuencias como uno más del equipo creativo.

            Y, como toda buena historia, no nos deja huérfanos de frases e intenciones que pueden, y deben, quedar memorizadas en nuestra caja de conocimientos y herramientas para ser utilizadas cuando llegan esos momentos de incertidumbre, de desasosiego e incluso de pesimismo y derrota. En este libro, la perseverancia, el valor de uno mismo, la pelea por una idea, se filtran sutilmente entre las palabras que, poco a poco, van desgranando los acontecimientos, pero, además, al final, nos deja una pequeña “perla”, con un significado contundente, que es una constante en la vida de este autor y con la que nos contagia, no solo en este libro, sino en su todo lo que hace y se propone, y que es muy taxativa: “Esta historia tiene dos vertientes: la de los que trabajaron y la de los que se quedaron mirando cómo otros trabajaban”. ¡Como la vida misma! Y la pregunta a que nos obliga y cuya respuesta puede ser muy dolorosa es: ¿En qué lugar te encuentras: en el de los que viven o en el de los muertos que sobreviven?

            Disfruten, por tanto, de esta realidad que bien pudo ser ficción pues, ¿cuándo se ha visto un avión circular por una de las calles principales de una ciudad como Madrid? Y, después o, si quieren antes, vean el anuncio que, gracias a la tecnología, hoy viaja mucho más rápido de lo que lo hizo entonces por la Castellana y de lo que lo hizo anteriormente por los aires.


   © José Carlos Atienza. 


domingo, 24 de noviembre de 2019

ESCRITORES...


La vida del escritor no es fácil, decir esto es de Perogrullo, pero a diferencia de lo que piensan muchos otros, especialmente quienes no escriben ni se sienten atraídos por la lectura, el escritor trabaja veinticuatro horas diarias, y se amarga y enfurece en las horas de sueño —y en las que no— si ha dejado escapar una idea.

Para el escritor no hay descanso, siempre en busca de la magia, de ese rincón inspirador que atraiga a la palabra y que la haga mágica; de ese lugar encantado cuyo encantamiento sobrepase el papel e impulse sus textos a alcanzar nuevos mundos en los que habitar y quedarse. Rincones que, por alguna razón, guardan en sus íntimos secretos ese “algo” especial reservado para cazadores de almas desasosegadas en busca de auxilio, de entendedores de sentimientos y de descifradores de lo oculto.

Así, la vida del escritor, siempre inmerso en la apología de la oración, con agradecimiento infinito a la palabra, la cuida y la mima para que su aparición deje de ser fugaz, y su nacimiento viaje hasta el cielo de los ilustres, hasta las nebulosas de la eternidad. Y una y otra vez repetirá, porque la vida también comienza en un papel y porque vivir, puede vivir tantas vidas...

Y desde mi retiro, como individuo que escribe, que no escritor, es mi deseo viajar con las palabras y explorar esos rincones sintiéndome Marco Polo, o Fernando de Magallanes, o James Cook o Amundsen, y apropiarme de todos esos paraísos inspiradores y, si bien mi pluma no es la beneficiadora de sus dádivas, es mi deseo compartir —esos paraísos— con aquellos cuyas plumas, cargadas de magia en su tinta, me hacen viajar con encantamiento a esos otros lugares que ellos, afortunados, sí han encontrado.  

© José Carlos Atienza.


lunes, 1 de julio de 2019

SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR.



¿Escribir? Si esta fuera la pregunta y como tal bastase, mi contestación sería sí, pero ¿escritor? Entonces la respuesta se demoraría en el tiempo, pues no es una consideración que se alcance tras escribir un texto, sino que solo la constancia, e incluso la obsesión, pueden guiarte a ser eso que llaman escritor.

Pero he descubierto caminos más cortos, más afables, menos sufridos y mucho, mucho más generosos. He descubierto que años de formación no son garantía, que cientos y cientos de lecturas no son necesarias, que curtirse en ortografía es un tiempo malgastado, que el esmero en el vocabulario y la expresión son asuntos del pasado.

Y entonces, reflexionando no demasiado, he decidido que antes de ser escritor o paralelo a escribir, quiero ser youtuber, o tener una escabrosa relación con diplomática o política, actriz o youtuber, váyase a saber de qué condición, que eso no tiene importancia, pero que sea con relevancia pública y así, ser famoso, tener miles de seguidores en Facebook, más miles en Twitter y en Instagram; decenas de minutos en radios, en televisiones, en blogs e incluso ser codiciado por influencers y haters ―que favores también hacen― y,  aunque no sepa cuál es realmente mi calidad como escritor, seré escuchado, leído, valorado y por supuesto, publicado. Tendré quién me corrija sin que haya de por medio reproches o negativas. Miles de comodidades y caprichos consentidos, y todo cuanto diga y haga adquirirá una dimensión que sólo por mis méritos sería incapaz de conseguir. Y aunque, llegado el caso, se discutiera mi valía, pues no se puede ser del gusto de todos, siempre tendré una legión de seguidores que minimizarán cualquier impedimento, inconveniencia o impertinencia.

Entonces y solo entonces, me plantearé si escribir me puede conducir a ser escritor o si por entonces, tendré cientos de oficios y beneficios rápidos que harán que la creación literaria, siempre austera y solitaria, sean solo un pobre placer para aquellos que no pueden salir de su cascarón.

No sé si ahora, escupidas estas palabras desde el sosiego, son producto de la rabia, la impotencia o la envidia. En cualquier caso, afortunados todos aquellos que lo consiguen con talento, sea mucho o poco.

© 2019 J.C Atienza.

sábado, 6 de octubre de 2018

BIOGRAFÍA DE UN CUERPO. Escrito por Mónica Rodríguez.






¿Quién no se ha sentido alguna vez inmerso en una vida ajena, en una vida que no le pertenece y aún peor, en una vida prestada?

En “Biografía de un cuerpo” queda plasmado este dilema en la figura de Marcos. Un protagonista que nos trasmite una querencia natural que le hace cobrar vida más allá de las páginas del libro y se instala en nuestras propias vidas, extrayendo de la memoria el moho que dejamos arrinconado en nuestro pasado y que intentamos ahuyentar con la ignorancia o la indiferencia, pero las preguntas, en su versión más incisiva y dolorosa, regresan como si el tiempo no las hubiese desgastado para hacernos zozobrar en nuestro actual presente. ¿Fueron las decisiones adecuadas y qué hubiera sido de nosotros si aquella decisión hubiese sido otra?

“Biografía de un cuerpo” resulta un libro íntimo e intimista y transparente a la vez en cuyas páginas se van desbrozando los sentimientos del protagonista a través de un lenguaje pulido, conciso y a la vez sencillo. Las descripciones, abundantes y acertadas, son como un proyectil que viaja directamente a instalarse en el corazón que va a ir sufriendo a medida que las páginas se van consumiendo.

El libro nos deja desnudos ante nuestra propia guerra interna y el lector, carcomido por los demonios de Marcos, se preguntará, con un prurito de venganza en su conciencia, si la decisión de Marcos ha sido acertada o no, y se imaginará, irremediablemente, porque así es la prosa de esta laureada autora, la otra vida de Marcos en paralelo a la vida propia.

Tras alcanzar su final en la última página, no es el final para el lector o al menos no debería serlo. Final que queda planeando en la ductilidad del futuro. Un final solo alcanzable y que únicamente mostrará su verdad, cuando la luz se extinga entre los ecos de una vida intuida que ha crecido en la imaginación paralela a la vida real.

Para finalizar, “Biografía de un cuerpo” es un libro desgarrador, cargado de emociones que no debe dejarnos indiferentes. Es una gran enseñanza para los jóvenes que empiezan a labrar su futuro y para los adultos que muchas veces buscan en sus retoños aquello que ellos no fueron.

No me cabe duda que, en este libro, Marcos podría haberse llamado Mónica, del mismo modo que Mónica vive en Marcos, y sin lugar a dudas, permítaseme esta licencia, “Biografía de un cuerpo” es un libro extraordinario.


© J.C Atienza.



domingo, 6 de mayo de 2018

LA PUESTA EN ESCENA DE “AUTORES DE NAVALCARNERO”.

El pasado viernes, 4 de mayo, sucedió unos de esos acontecimientos que, más allá de romper la monotonía o la rutina de un pueblo, surgió para generar ilusión, aspecto éste que no deja de ser anecdótico cuando la apatía emerge como modelo ejemplarizante y a la sociedad, en general, se la condena a sucumbir al grisáceo horizonte que se han empeñado en dibujar e incluso representar.

Hoy, cuando las titulaciones se compran o bien se regalan, cuando ni siquiera hay el mínimo rubor ante tal insolencia a una sociedad sacrificada, un grupo de escritores, y de Navalcarnero, pretende, y cito textualmente: «Sin ánimo de lucro», fortalecer los cimientos culturales de la villa es, sin lugar a dudas, de una valentía envidiable y contagiosa.

Además de presentar un libro, hecho notable y destacable, libro que ya está en mis manos y que espera paciente su turno de lectura, no era la presentación lo más importante desde mi punto de vista, sino el proyecto que quieren llevar a cabo, ambicioso desde luego, también esperanzador y muy ilusionante con el que pretenden involucrar a los institutos y colegios de la localidad para fomentar e impulsar la creación literaria de sus jóvenes alumnos.

Desde esta pluma, que también escribe, pero sin ambición de ser escritor, me siento en la obligación de aplaudir esta iniciativa y de desearles el mejor de los futuros. Tampoco quiero olvidarme de esos jóvenes a los que animo a participar en ese proyecto, y que la plataforma de Autores de Navalcarnero sea un lugar de encuentro y cobijo donde encontrar el apoyo y el respeto por sus trabajos.
Es una lucha contra la mediocridad, una más, y en esta lucha no hay que escatimar esfuerzos. Ojalá los ecos ayuden a hacer grande esta iniciativa.
Mi enhorabuena.

© El embegido dezidor.  

viernes, 24 de julio de 2015

Poemario. ANTIFONARIO DE LA LIÉBANA de Luis Julio González Platón.



Un sueño de caballos salvajes
galopaba por la garganta del valle,
mientras sonaba en sordina la voz del arroyo
y a los robles, lentamente,
regresaba la savia con su voz nueva.



Son pocos los poemarios que vuelvo a releer una segunda vez y aún es más extraño que haga comentario alguno sobre ellos. No poseo esa habilidad. Pero permítanme este atrevimiento, esta osadía si lo prefieren, esta licencia para comunicar, informar e incluso sugerir la lectura de este poemario, Antifonario de la Liébana de Luis Julio González Platón.
             
Un poemario escrito con los cinco sentidos para que el lector los desmenuce y los viva con los cinco sentidos.





Son versos también para viajar, para viajar entre los poemas, entre las páginas del libro al interior de la Liébana, sin tiempo medido ni definido, dejándose llevar por la sutileza de su creador capaz de conducirle a aquellos mundos de aldea, de abuelos y abuelas al abrigo de la lumbre que tan lejos han quedado en nuestra memoria, desconocidos para muchos otros que nunca vivirán aquellos placeres llenos de sufrimiento de un mundo, el de los pueblos, el de las montañas y valles, carentes de tantas cosas y sin embargo tan llenos de vida.



Estalló, de pronto, un gemido de gozo en el valle
cuando el primer hombre llegó hasta el otero
y su morada hizo de burda piedra.



Antifonario de la Liébana es pues, un viaje a esos lugares, a esas aldeas, a esas casas de burda piedra y recia madera, a esa vida tan llena de vida. Es poesía que se vive, que se saborea, que se escucha, que se ve, se toca e incluso se huele. 



En la casa, eran tus ojos
y las mariposas del fuego,
el amor conviviendo en las habitaciones
que albergan viejos armarios
con olor a manzanas en sus entrañas.


Disfrútenlo con los cinco sentidos. No hay contraindicaciones, ni riesgo alguno de infringir la dieta, a lo sumo, un incipiente, quién sabe si descontrolado, deseo de viajar de nuevo y no sólo en el espacio, también en el tiempo. 



Ahora que la tarde con luz se abrevia
y la noche ocupa los territorios de la vida,
se nos va borrando el temor de la nieve,
llegamos a entender su blancura en las cumbres.

            
J.C. Atienza.