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miércoles, 23 de febrero de 2022

ADIÓS ENERO, ADIÓS


Se acabó enero, que siempre nace marchito e incluso maldecido, pues nadie quiere ver su hoja en el calendario más que para desear que desaparezca. Enero es el mes más aburrido de todo el año, el mes que nace dormido y muere cansado. El mes al que le sobran días. Enero es una espiración con tintes fúnebres. Un mes de suspiros y remembranzas que dibujan los ecos de los días pasados. Ecos que obstruyen la claridad de su luna y que se refugian en ese halo de secretismo que envuelven treinta y un días que muelen, consumen y derrumban el ánimo. Un mes artificioso, infundioso, que anuncia descuentos y aumenta los gastos. Un mes zaino, pérfido con nuestros monederos, seductor con nuestras voluntades. Enero debería ser el mes más corto, de una semana, y formar parte de un año de trece meses, o catorce, para no herir la sensibilidad de los más supersticiosos. Enero es un mes cano, empaquetado, un mes de desechos que, sin embargo, se estira hasta renunciar a la eternidad.

Deberíamos partir enero, como se parte el pan, como se construyeron las comunidades autónomas. Dividirlo como una división infantil y crear un «enerbrero», o dos, para que hubiera otro comienzo, o varios, porque los comienzos siempre despiertan planes, emociones que nacen o se renuevan, o simplemente se viven porque están ahí.

Hagamos pues del calendario un homenaje a los principios que desbancan a los finales. Y si para unos, diciembre termina un siete de enero y, para otros, enero comienza con las rebajas, «febrebajas» sería una buena solución, y haríamos, de paso, de febrero un jadeo para llegar a marzo, anuncio de primavera y de fallas, y después las lluvias y los pasos solemnes de tambor y procesión, si toca; y si el siguiente viene ventoso, el verano será oloroso y así, uno tras otro hasta llegar de nuevo a ese enero que nacerá dormido y morirá cansado. A ese enero que todos desean que se acabe pronto, a ese enero marchito y maldecido. Enero debería ser juzgado, sentenciado, seccionado y fracturado porque los comienzos son el índice del futuro y el apéndice del presente.

© j.c atienza.



jueves, 13 de enero de 2022

Adiós aldea de Navidad de Navalcarnero

 

Adiós a la aldea de la Navidad de Navalcarnero. Ver la Plaza del teatro, como un solar abandonado, limpio, segado, espejado si se prefiere, mesetario, se asemeja a esa España vaciada. Un vacío que causa tristeza, una de esas tristezas grises de tardes consumidas y malgastadas.

De esa aldea ya no queda nada, ni siquiera las ruinas para visitarlas. Todo está limpio como una ilusión falsa que creció en muchos de los que durante unas horas o minutos habitamos en ella. Pero fue verdadera, y efímera también, como sucede con todas las cosas que nos gustan, como sucede con la vida misma cuando sabemos vivirla con intensidad. La aldea de Navidad, la ya vieja aldea de Navidad, ha desaparecido, pero siempre es bueno recordar ―al menos los recuerdos no llevan impuestos― que, en este año, en Navalcarnero, la Navidad ha sido un poco más diferente o, si se prefiere, un poco más Navidad.

Era nuestra aldea. Una aldea muy nuestra, repleta de preciosismo. Construida y diseñada con cariño, de dulce y colorida iluminación, con regalos chorreando desde los tejados, con ilusiones envueltas esperando encontrarse con esa cara de niño que es estrella en Navidad. Nuestra aldea, porque la hemos hecho nuestra, fue un lugar de encuentro de Santa Claus y de los Reyes Magos y de todos los que buscábamos un refugio navideño donde sentirnos más en esta Navidad. La aldea de Navidad, nuestra aldea, ha sido hogar, chimenea, estufa, luz, calor… y un dulce que se comía con la mirada, y una ilusión que siempre encontraba por donde derramarse, y magia… mucha magia. He caminado por sus calles tal y como veía en aquellas aldeas mostradas en la televisión, con sus cálidos interiores, mientras la nieve cubría con su aterciopelado tejido los aromas navideños que escapaban por las chimeneas. He sido viajero del tiempo, de un tiempo sin fechas, de un presente sin pasado ni futuro. He sido…niño.

Y ahora, mientras escribo, y tras finalizar un artículo, precisamente donde hablo de magia y de magos, estoy más seguro que nunca de que los magos existen, y que en este pueblo hay muchos.

Es mi deseo agradecerles de corazón que moren aquí, en estas navas del carnero, y que sea el centro de sus conventículos, de sus congresos, de sus parlamentos, de sus ideas, de sus proyectos… y seamos nosotros, simples mortales, los que seamos cómplices de esta magia contagiosa. Porque en este pueblo ―y permítanme que le siga llamando pueblo―, estas pequeñas cosas se convierten en grandes, y no me olvido de los belenes ―obras de arte de creadores con mucho arte y voluntad―, que grandes son también las personas que participan y las hacen posible. A todos ellos, una vez más, mi agradecimiento, infinito, y que vuelvan más años y sean mejores.


© j.c atienza. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Caos y orden.

 Caos y orden es la eterna batalla entre dos significados antagónicos, entre dos contendientes necesarios y necesitados el uno del otro. Dos posturas que nos sitúan, sin quererlo, en uno u otro bando, uno más contestatario, el otro más consentido y posiblemente más admirado.

Si a uno le dieran a elegir entre el orden y el caos, no sería una diatriba difícil de resolver, que la decisión estaría tomada de antemano, bien porque la práctica o la experiencia han sido muy influyentes, o porque nació congénita en mi persona con una disposición genética a la dispersión.

El caos es alegría, es el alborozo de las cosas, es plenitud en los pensamientos alborotados, agolpados, en las ideas fulgurantes de poca vida o de muerte prematura; es la vida que espera, también la de los objetos eternos que no esperan nada de la eternidad. El caos es progreso, es exploración, es perderse en una vida de cientos o miles de zozobras. También vive, persiste y resiste en la vida queda, afable, reposada, que esconde secretos que nos aguardan y que nos necesitan. El caos es enredarse, vivir el desconcierto, sucumbir a la desorientación y ascender a la superficie a brazadas, como el exhausto nadador que se ve con el agua al cuello. El caos es desafío, un reto perdurable o imperdurable que busca una solución no permanente, pero certera y eficaz. El caos es lo impredecible, lo inesperado; es vida vivida en cada punto y en cada extremo, que la excita, que la conmueve, es como ese gran amor: bien para vivirlo o bien para ordenarlo. El caos es la aspiración al orden, a un orden infinito, inconsistente, interpretativo.

El orden es método, es agostar la ilusión, es adormilar lo impredecible. El orden es la calma del segundero golpeando en su corazón de rueda dentada, es inmiscuirse en un movimiento de rotación infinito para no olvidar dónde comienzan nuestras cadenas, para sentir que la libertad es solo el espacio comprendido entre un tic y un tac. El orden es conservador, con una aspiración genética, intrínseca, íntima, por mantenerse. Es rigidez, tiesura, rezura y estructura monocolor, de formas simétricas, de ángulos rectos o perpendiculares todo lo más. El orden es la obsesión y aspiración de la especie humana para vanagloriarse de estructura férreas coquetas; de alienación constante e incesante, sin quebrantaduras ni eslabones defectuosos, de simpleza de ladrillo.

Viviré, por tanto, mi caos, ese orden vital que se enfrenta a lo geométrico, esa anarquía creativa que insulta al autoritarismo, a esa dictadura de las reglas rígidas, tiesas y envaradas. Viviré este caos que me acoge y me recibe cada día hasta llegar al orden definitivo, ese orden inevitable, de silencio, que todo lo aliena, que todo lo endurece, que te roba los sentimientos y hasta las expresiones. Viviré mi caos hasta que me alcance ese orden de muerte, ese orden de la nada.


© j.c atienza. Diciembre 2021.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Teatro y teatros.


 


Teatro y teatros y, a sus puertas, tan importante como la obra o el propio teatro, los conventículos de aficionados y de expertos. Para los primeros, los que van una vez al año, sonríen cuando una cara conocida les reconoce, o cuando una persona de influencia destacada, aunque solo sea concedida por un periodo determinado y de signo político divergente —que poco importa tratándose de influencias y posiciones—, ejerce un leve movimiento de su testa para desplegar un saludo. Crece entonces una ficticia distinción, tan efímera como el propio aplauso de la obra, y creerá formar parte de la sociedad influyente que rubricará en sus ademanes e incluso en sus amistades. Será solo una distinción distinguida por la ciencia de la fortuna como compensación por su asistencia a un evento cultural, porque la cultura es la cultura, y la cultura se premia, aunque el premio sea una escueta moneda de valor discutible, minúsculo en cualquier caso e intangible en todos, que le permite integrarse en círculos tan cercanos, tan próximos, tan íntimos, en los que practicar apología del sexo o inmiscuirse, con un mínimo de rigor, al menos, en alguna orgía intelectual, de esas que suceden en cenas improvisadas, unas, y planeadas o planificadas en otras, porque lo de menos, seguramente, fue el teatro, aunque después haya sido lo más. 

Y, luego están los segundos o los otros: los expertos, los que no se pierden una, los aficionados de verdad que analizan la puesta en escena, vestuario, texto e interpretación, los que son pedagogía y crean escuela, los que están más allá de las redes sociales, los que conviven entre las palabras sabias y las preguntas inteligentes. Los que enseñan, vamos. Ellos son también los más quejicosos, los que se lamentan con frecuencia, los que ven peligrar el teatro y los que buscan las causas de la desafección., Y tras ellos o a su alrededor, los corrillos, esos anillos humanos que circundan un núcleo, como un pequeño universo en el recibidor del teatro, con sus intelectuales novicios, sus becarios en prácticas, sus «presumidores» con arte y oficio que buscan hacerse un hueco, los curiosos que quieren ser enteradillos y los aprendices que aspiran a ser considerados y respetados.

Teatro y teatros, porque el teatro, no sé si el bueno o el malo, o indistintamente, empieza a disfrutarse y vivirse en el exterior. Que no sé si la asistencia al teatro es más por ver lo que acontece a sus puertas que tras ellas.

 

 © El embegido dezidor.

viernes, 22 de enero de 2021

CIUDADANÍA SÓRDIDA E INFAME.

 

«Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los agricultores de tanto mirarlo». Así lo dejó escrito Miguel Delibes. Y hablando de Navalcarnero, no sabemos si el cielo está tan alto, o si simplemente está alto, porque aquí, y tal vez porque hayamos dejado de ser castellanos, no miramos al cielo. Y no lo hacemos porque no nos guste, ni porque la tecnología nos embruje o nos atonte que, en Navalcarnero, si no miramos al cielo es porque sufrimos imposibilidad. Y la realidad, por mucho que nos duela, es que como paseantes no desligamos nuestros ojos del suelo, que mirar al cielo se ha convertido en un ejercicio de riesgo, o cuando menos molesto.

 Y no digo esto porque sí, que si usted pasea por nuestras nobles calles, no es necesario mucho esfuerzo para ser ungido, por la buena ventura, con un excremento canino adherido a la suela del zapato, que sus dueños, del can me refiero, deliberadamente, han preferido ignorar.

 
Y debe ser que estos personajes —que dudo de su exquisita pulcritud en sus hogares y que, sin vacilación, manifiestan una ciudadanía sórdida e infame—, se han sentido molestos por este paisaje bucólico que la nieve nos ha dejado y, refugiándose en el silencio y en la ausencia de miradas, han determinado, en un ejercicio excrementoso, muy al orden de sus estercoleros neuronales, ejercer libertinamente la evacuación de depósitos orgánicos de mamíferos cuadrúpedos en aceras y calzadas a su libre albedrío. No sé si pretenderán abonar el asfalto, pero desde luego, necesitan que sus cabezas sí sean abonadas, y urgentemente, por ese néctar tan efectivo: la multa.

 

© j.c atienza.


martes, 30 de junio de 2020

YUMI Y SU BANDA. J. A. Olloqui



¡Yumi quiere tocar la batería! Y es aquí donde se encuentra el epicentro de una historia que comienza con la presentación de su protagonista, una niña que quiere ser músico, y que nos va desgranando a lo largo de la novela cómo es el mundo que la rodea, su mundo.

Puede que, tras esta pequeña pincelada, cause alguna decepción al no tratarse su protagonista de una youtuber o una influencer, aunque bien podría serlo, pero no hay que negar, y más tras ver la portada propiedad del propio autor, que el libro despierta una curiosidad que es necesario satisfacer.

«Yumi y su banda» es una novela que se aleja de postulados moralistas, y lo hace también de inmoralidades, que no son tiempos para dejar coleando ideas inacabadas que puedan transformarse en armas dialécticas arrojadas contra el autor o contra quien escribe esta página. Se trata, pues, de un texto alejado de una literatura normalizada, alejado de formulismos y formalismos, lo que se agradece en tiempos en los que la libertad está tan alambrada. J. A. Olloqui, se sirve de un lenguaje fresco, a veces desvergonzado e irreverente que arrancará sonrisas que no conocen edad, aunque serán los pequeños quienes, de manera más gratificante, disfruten de esta novela.

La novela tiene como finalidad entretener y Yumi lo consigue. Es uno de esos libros que los niños y niñas podrán leer de corrido sin buscar más aprendizajes y/o moralejas que el placer de la propia lectura y, Yumi, muy bien podría ser uno de esos libros «gancho» que enganchen a sus lectores. 

Leyéndolo todo parece concebido para que la historia continúe y así debería ser, pues Yumi, si su autor así lo quiere, pude ser una de esas grandes aventuras presentadas en entregas.

© José Carlos Atienza.

miércoles, 10 de julio de 2019

CIUDADANOS: TODO ESTRATEGIA



Todavía colean los ecos y los hologramas de Inés Arrimadas «sacando tajada» de los hechos acaecidos en la marcha del Orgullo. Pero poco a poco, su figura se va desdibujando y diluyendo, o al menos, la figura protagonista que representa el personaje de la airada dirigente de un partido político profundamente herida por los acontecimientos acaecidos el día de la marcha. Y digo esto, porque cada día es más evidente el guion de una política metida a actriz que no acaba de cuajar.

La estrategia de Ciudadanos consistía no solo en aparecer como víctimas y culpar a Psoe y Podemos de todo lo sucedido. No era solo alzarse como adalides de la libertad y aparecer en todos los medios de comunicación desvirtuando una marcha sobre la que nunca dieron muestras fiables de interés. Su estrategia consistía principalmente en «meter un gol» a su verdadero rival político, al PP, para robarle parte de su electorado y, al mismo tiempo, aparecer ante la sociedad como un partido de centro moderado que se desmarca de la ultraderecha, Vox, y de sus actitudes homófonas, con quien, como ha ocurrido en Andalucía, tendrá, porque así lo quiere, que compartir gobiernos en comunidades y ayuntamientos.

La jugada era perfecta, una vez más la habilidad de este partido para retorcer los acontecimientos y redirigirlos según su interés es digna de elogiar. Pero tan anodino bombardeo ha hecho que algunas de sus granadas estén explotando en el patio de la propia casa de Ciudadanos. 

A veces es mejor una retirada a tiempo que enseñar el plumero.



© El embegido dezidor. Julio 2019.

martes, 2 de julio de 2019

HONORARIOS EN AYUNTAMIENTOS. TODOS A UNA COMO EN FUENTEOVEJUNA.

Han comenzado su andadura las nuevas corporaciones municipales y, como primera medida, o de las primeras, ha sido el aumento de salario de sus concejales en muchas de ellas. Y claro, Navalcarnero no iba a ser menos. Parece ser que no es suficiente motivación los votos recibidos y, por tanto, se hace necesario y hasta obligatorio automotivarse para aguantar la tediosa tarea, nada obligada, de gobernar durante los próximos cuatro años. Y para solucionar tal desidia, nada mejor que unos cuantos euros más en la cuenta bancaria en base a un reajuste del salario, o una actualización al IPC, o simplemente una adecuación del poder adquisitivo o por una dignificación de la política.  

Resulta lesivo e hiriente que, siendo uno de los ayuntamientos más endeudados, consecuencia única de la mala labor política de concejales y agrupaciones que condujeron al pueblo a la ruina, sean ellos mismos, los que, con descaro, abofetean a unos ciudadanos que, con su dinero, contribuirán a sobrellevar una deuda que, según reconocen fuentes políticas, el consistorio no puede hacer frente.  

Queda, tristemente demostrado, aunque sea legal, que cuando se trata de dinero, y hay que leer cómo justifican este aumento de salario, no hay diferencias ideológicas ni cordones sanitarios. Cuando se trata de dinero hasta las siglas de los partidos políticos se confunden en una sola. Cuando se trata de subirse el salario, todos a una como en Fuenteovejuna.



© El embegido dezidor.  

martes, 21 de mayo de 2019

Huyendo de los políticos en campaña.



Confieso que hui de la política. Y este principio de desafección y la consiguiente deserción me resultó en extremo preocupante, pues si bien es cierto que nadie puede vivir ajeno a la política, siempre encontré en los debates la esencia de sus personajes.

Y todo viene a colación por ese debate mantenido en Telemadrid, el pasado 19 de mayo, que yo, con renovados aires y con esa emoción primeriza y juvenil si se quiere, me dispuse a disfrutarlo como si fuera el primero.

No permanecí demasiado tiempo frente al televisor. Creo, y es una percepción personal, que fueron los propios debatientes los que me obligaron a desconectarme de la cadena y seguir los dictados de una voluntad, ajena a mí, que clamaba por la retirada como mejor propuesta para, desde la distancia, recomponerme.

Y es que los minutos transcurrían lánguidos, pesarosos, con frases y párrafos aprendidos de memoria y con maneras heredadas, sin personalidad, como novatos e inocentes aprendices de su precursor.

El debate no fue más allá del “Yo me comprometo” y de aventar promesas y más promesas, exigiendo al votante, como no podía ser de otra forma, que más que un acto de reflexión practique un acto de fe. Y cuando en el debate el todo es la nada y la nada es el todo, todo es nada —citando versos de José Hierro en su poema: Nada—.

Ahora, recuperándome de mi desafección, espero encontrar en los pocos días de campaña que quedan, algo más de talento político, pues ni es ni debe ser poca cosa dedicarse a la política, y cuando menos, exigiría a la torva imperante, salvo honrosas excepciones, que también las hay, que no renunciasen a esas perlas que se hacen virales con las que, además de hacernos pasar buenos ratos, demuestran ser personas muy normales, tan normales que me pregunto si mi vecino o mi vecina, incluso yo mismo, no estaremos capacitados para desempeñar con mayor dignidad esa función de representantes públicos.

© El embegido dezidor.

lunes, 22 de abril de 2019

LA PRINGOSA INFECCIÓN DE LA POLÍTICA.


Desperté con un deseo imperioso de pasear por la plaza de Navalcarnero bajo sus soportales. Es una costumbre que asciendo a la condición de fijación achacable únicamente a una edad que implora rutinas activas.

Como se puede intuir, el sueño se despejó aceleradamente y mis quehaceres, que nunca son urgentes, no fueron ningún impedimento, y mucho menos un retraso, en mis aspiraciones por ocupar una mañana. En este tránsito obligado, el tiempo place con una tranquilidad que nunca quebranta la armonía familiar, máxime cuando el tiempo es una valiosa moneda que no sé sabe dónde emplear.

Al llegar a la plaza, cuando el pálpito de un pueblo empieza a sacudir sus calles, embalado en una acogedora mañana de abril, un mes todavía preadolescente, y con los días festivos reverberando en las vetustas paredes de aldeas semiabandonadas esperando llenar de nuevo de algarabía sus calles y hogares, quise, ante la bienvenida de una plaza que se asomaba tras la embocadura de una de sus calles, sentir la recreación con la que cada día me gusta alimentar mi alma.

Su esplendor arquitectónico, bañado por el sol y marinado por unas columnas plateadas por la caricia de éste, se derrumbó ante mi mirada, ahora propiedad de un ser petrificado. Todo mi alborozo quedó truncado por una anormalidad imperante en toda ella como una infección taponada con urgencia para disimular falsas heridas.

Pero no, no se trataba de quebrantaduras en su osamenta ni de graves desperfectos ocasionados por la indolente mediocridad, de asalvajada ignorancia, de individuos todavía creyéndose pertenecientes a la especie humana; que esa honda preocupación hasta hubiera supuesto un consuelo viendo, como se ve, la deriva de la especie humana hacia cotas inimaginables de estulticia, o para que se me entienda, de gilipollez, porque siempre, aunque cada vez más vaga, queda la esperanza de recuperación y reparación.

Lo que acontecía en la plaza era de una gravedad liviana para muchos, y lo entiendo, y extrema para otros, pues es de nuevo la especie humana, pero de otra clase, y para más concretar la especie política, siempre tan proclive en llamar la atención y en vanagloriarse a sí misma, que no han tenido mejor idea que invadir la plaza a su gusto y semejanza.

La plaza estaba maquillada como una vulgar esquinera entrada en años que desea, porque no tiene otra manera de disimular su decadencia, despertar la atención de algún longevo individuo que ante una repentina juventud en su entrepierna no quiere sentirse disminuido.

En eso había quedado la plaza, y lejos de despertar en mi vetusto sexo ninguna ilusión ni adolescente ni reflexiva, convertido en un visitante indeseado y ahora en un cronista molesto e ingrato ante el apabullante espectáculo de hediondo envilecimiento, puse mis pies en retirada esperando encontrar en los páramos limitados de hierba y arboleda controlada y diseñada, dónde protegerse de la vanidad, la soberbia, pero también de la ambición y el egoísmo y demás epítetos innumerables hasta que los tiempos electorales queden como ese telegrama arrugado, polvoriento y amarillento, abandonado en algún rincón desmemoriado del hogar.  

La política había infectado la plaza con su pringosa maquinaria de propaganda.


 © El embegido dezidor.

jueves, 22 de noviembre de 2018

SOBRE CATALUÑA Y OTRAS NADERÍAS. La cínica prédica del "procés".




Mucha es la hartura que provoca el independentismo al igual que la cínica prédica que practican como base del artificioso discurso de los ecos del “procés” que todavía coletean como pavesas tras el incendio.

Si en aquel día 1 de octubre y aún más el 2, aquel referéndum, y por boca de muchos de sus principales protagonistas, tuvo una inequívoca legitimidad y cuyo resultado no solo era indeformable, sino que era la máxima expresión de la voluntad democrática de un pueblo, pasado un año, se confiesa, por los mismos protagonistas, la escenificación teatral que supuso todo el “procés”.

La tomadura de pelo alcanzó y alcanza cotas que superan y mucho la ciencia ficción política, y no lo digo por la posible independencia, sino por la gestión de un proceso que, además, causó vergüenza. Aquella votación venía a equivaler a una de esas consultas o pseudo referéndum sin más validez que la de insuflar la soflama, en muchos casos, y la autoestima para un independentismo que necesitaba encontrar la mecha que lo explosionara y, muy probablemente, que justificara tanta premeditación y disimulara tanta ineptitud.

Nada más placentero para estos políticos de acentuada mediocridad, que placer sus cuerpos cada noche en una orgiástica alevosía acariciando el cielo entre nubes cada vez más arreboladas, sintiéndose con el poder de un Dios que le pueblo les ha dado para perpetuarse y justificarse en sus asientos.

Actualmente parece que la ceguera todavía perdura. Resulta casi incomprensible que, tras aquel descalabro y tomadura de pelo, como el propio señor Torra ha dicho y reconocido recientemente en una sesión de plenos en el parlamento catalán, se le exija al gobierno del Estado, curiosamente al mismo al que se incita a desobedecer, que negocie un referéndum legal con todas las garantías democráticas para que sea reconocido en Europa.

No cabe duda, por cómo se están sucediendo los acontecimientos, que el cinismo sigue siendo rentabilizado en votos, y si muchos nos preguntamos cómo puede ser que partidos políticos corruptos sigan obteniendo un ingente número de votos, me pregunto también cómo es posible, que tras el cinismo político de unos políticos que se han arrogado de «salvapatrias» y jugado en el “Monopoly” con las ilusiones de los ciudadanos sobre el colchón de las mentiras y falacias, sigan obteniendo votos y seguidores a pies juntillas.

¿Es que en nuestra meliflua actitud preferimos que nos cuenten y formar parte de esos cuentos?

© El embegido dezidor.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

"PONTE UN LAZO, PÓNSELO". Sobre Cataluña y otras naderías.


No es que no quiera ver la realidad, pero es que hay veces que jugaría con ella como si fuera un juguete de niñez. No es que quiera ignorar las razones, pero a veces esta razón parece el fruto nacido de una mutación, precisamente de ese mismo fruto. Y no es que no quiera profundizar en la importancia de los hechos y de los actos, pero hay veces que tal profundidad se difumina entre coloridas iniciativas que, por abuso e intolerancia, acaban provocando mofa.
            
Y digo todo esto por la campaña de lazos amarillos que, tanto unos como otros, tanto los que los colocan como los que los retiran, se han empeñado en popularizar hasta la comedia y la extenuación.
            
Y dicho lo dicho, tengo que decir a Ciudadanos que su política de retirada de lazos amarillos es un error de estrategia que deja en evidencia el enorme secarral de quien la creó y de quienes comulgan con ella. Es un error porque mutila cualquier otra iniciativa similar encaminada a defender unos derechos, a solidarizarse o incluso a contribuir a la belleza ornamental de la ciudad, pueblo o espacio público.
            
Señores políticos, establezcan campañas más simples como, por ejemplo, «Pon un lazo en tu vida. Pónselo», porque además de decorar las calles, convertimos espacios públicos en escenarios de solidaridad. Abran sus mentes y dejen rienda suelta a la creatividad. Promuevan, porque esa es su labor, la creación, la suma en definitiva y no la resta.
            
¿Por qué retirar los lazos amarillos? 
            
A quienes tanto les molesta ese lazo amarillo porque les disturba, porque no les gusta el amarillo o por las razones que sean, no deben sentirse desafortunados. En una sociedad democrática como la catalana, que además presume de democrática y de ejemplo democrático, entenderá a la perfección, sin resquicios ni ranuras, que cada ciudadano, sin importar su condición ni religión, tenga a bien, sin preguntar las razones que le motivan a ello, colocar, cerca o al lado del lazo amarillo, otro lazo, por ejemplo, de color verde como defensa del medio ambiente o como solidaridad con las personas que sufren trastorno bipolar. Y si es cuestión de demostrar la fe, póngase un lazo blanco porque se es un firme defensor de la paz y, además, habrá formado la bandera de Ciudad del Vaticano. Y si nos solidarizamos con los enfermos del Sida, se coloca un lazo rojo o si se quieren dos, por eso de ser más solidario, uno a cada lado y ya tienen otra bandera, y si no se quiere abusar, por eso de no acaparar y se quieren solidarizar con la violencia de género, coloquen el lazo morado y ya obtengo los colores de la República. Y quien dice un lazo habla también de sombrillas, que el espacio público es común y lo común es de todos como el sol y el viento.
            
Para terminar, señores y señoras de Ciudadanos y alérgicos al lazo amarillo, el conflicto quedaría resuelto pues nadie, en su sano juicio, se negaría a tan exultante expresión de solidaridad, y se agradecería tan cuidada y económica ornamentación de las calles donde primaría sobre todo la variedad, algo por otro lado, tan pedagógico en una sociedad global como la que padecemos.
            
No lo duden. Pongan un lazo, el que sea. ¿Se lo imaginan? Sería la ciudad de los lazos o la ciudad de la solidaridad. Un ejemplo para todo el mundo. Un ejemplo a imitar que se extendería por todo el planeta.

¿Y qué tal si lo patentamos?

© El embegido dezidor. 

domingo, 6 de mayo de 2018

LA PUESTA EN ESCENA DE “AUTORES DE NAVALCARNERO”.

El pasado viernes, 4 de mayo, sucedió unos de esos acontecimientos que, más allá de romper la monotonía o la rutina de un pueblo, surgió para generar ilusión, aspecto éste que no deja de ser anecdótico cuando la apatía emerge como modelo ejemplarizante y a la sociedad, en general, se la condena a sucumbir al grisáceo horizonte que se han empeñado en dibujar e incluso representar.

Hoy, cuando las titulaciones se compran o bien se regalan, cuando ni siquiera hay el mínimo rubor ante tal insolencia a una sociedad sacrificada, un grupo de escritores, y de Navalcarnero, pretende, y cito textualmente: «Sin ánimo de lucro», fortalecer los cimientos culturales de la villa es, sin lugar a dudas, de una valentía envidiable y contagiosa.

Además de presentar un libro, hecho notable y destacable, libro que ya está en mis manos y que espera paciente su turno de lectura, no era la presentación lo más importante desde mi punto de vista, sino el proyecto que quieren llevar a cabo, ambicioso desde luego, también esperanzador y muy ilusionante con el que pretenden involucrar a los institutos y colegios de la localidad para fomentar e impulsar la creación literaria de sus jóvenes alumnos.

Desde esta pluma, que también escribe, pero sin ambición de ser escritor, me siento en la obligación de aplaudir esta iniciativa y de desearles el mejor de los futuros. Tampoco quiero olvidarme de esos jóvenes a los que animo a participar en ese proyecto, y que la plataforma de Autores de Navalcarnero sea un lugar de encuentro y cobijo donde encontrar el apoyo y el respeto por sus trabajos.
Es una lucha contra la mediocridad, una más, y en esta lucha no hay que escatimar esfuerzos. Ojalá los ecos ayuden a hacer grande esta iniciativa.
Mi enhorabuena.

© El embegido dezidor.  

domingo, 25 de febrero de 2018

DESIGUALDAD. Un interés premeditado.


La necedad de un presidente del gobierno (PP, para más señas) en las distancias cortas para explicar con un mínimo de solvencia y credibilidad sus políticas —concretamente la igualdad salarial—, desenmascara las verdaderas intenciones que le llevan a elaborar tales políticas.
            
Especular es una de las decisiones que, con más acierto, severidad y efectividad, ha efectuado este gobierno para la consecución de algunos de sus fines y estrategias. Y es precisamente la desigualdad de salarios la que impulsa el desarrollo e incluso el éxito de sus políticas.
           
¿Y cuáles son los beneficios de esta desigualdad salarial?
           
A corto plazo la polémica le interesa. «No hay mal que por bien no venga». La polémica sirve para disimular, ocultar, enturbiar e incluso olvidar los casos de corrupción que asolan a este gobierno.
            
Esta obstinación por mantener la desigualdad salarial, además de contentar a sus más allegados y simpatizantes, suscita una precariedad laboral que dispara la demanda de empleo al tiempo que emerge una alarmante necesidad de trabajo. De este modo consigue de una forma tan sencilla, reducir a la excepción las exigencias laborales de los trabajadores en los contratos. Se varía el perfil del contratado que, aumentando su preparación, aceptará una disminución de su salario y desempeñará un puesto de trabajo por debajo o muy por debajo de su preparación.

La desigualdad salarial es, además y por sí sola, una herramienta para mantener al enemigo dividido. Y en este caso particular, la mujer, por muchas otras razones de peso, no participará tan activamente en muchas de las reivindicaciones salariales cuando sabe que una vez que éstas terminen seguirá en clara desventaja.
            
Una rebaja en sus salarios en comparación con sus compañeros — hombres — y en relación al mismo puesto desempeñado, es un buen incentivo para su contratación. Mismo puesto, misma efectividad y un ahorro para la empresa y, a la vez, favorece su integración en el mercado laboral. Contribuye a mejorar datos y estadísticas de incorporación de la mujer al trabajo y justifica, como buena, esa desigualdad salarial porque, al fin y al cabo, cuando hay necesidad, lo importante es trabajar y la mujer está trabajando. Y si por un casual, la mujer no encuentra satisfacción en su trabajo porque sus beneficios se equiparan a los gastos y renuncia a su puesto de trabajo, dejará, junto a los jóvenes que marchan al extranjero a buscar trabajo, de engrosar las listas de parados. Otro éxito laboral.
           
Con la renuncia al trabajo de la mujer se crea una situación de dependencia. Vuelve al hogar y contribuye, sin querer, al éxito de otra de las políticas del gobierno: fortalecer la familia. Además, sus hijos, debido a todo lo dicho anteriormente, no podrán acceder a puestos cualificados y bien retribuidos porque sus estudios no alcanzarán los mínimos necesarios; y no lo harán porque no podrán estudiar por falta de fondos monetarios para pagar las tasas universitarias que han subido, desorbitadamente, con la clara intención de mantener una mano de obra barata que garantice la supervivencia de las «élites».
            
Y así la rueda está completa. El sistema, tal y como ha sido diseñado, funciona casi a la perfección. Como siempre hay excepciones, pero estas pueden solucionarse con nuevas leyes y con condenas que inflijan miedo a la población, en definitiva, un freno más, especialmente para la libertad del individuo, sea mujer u hombre.


© El embegido dezidor.

lunes, 12 de febrero de 2018

¿Igualdad?


Las palabras de nuestro presidente del gobierno, mal que nos pese, hablando, o para ser más exactos, eludiendo un debate que Islandia ha puesto encima de la mesa sobre la igualdad de salarios entre hombres y mujeres deja, sin menoscabo a equivocarme, al presidente de esta nación en una indignidad que roza lo irreverente y lo patético.

Islandia ha dado una lección, un primer paso que ha ruborizado a muchos de los países que se consideran en la primera línea del progreso y, como no, a España. La desvergüenza que atesora nuestro presidente, sitúa a la nación a la que representa entre «la chusma» de Europa. Es nuestra sempiterna «marca España».

Pero ¿alguien puede extrañarse a estas alturas de las palabras de nuestro «locuaz y augusto» presidente? La algazara sucedida en medios de comunicación y en redes sociales no deja de ser una pataleta más que, en muchas ocasiones, y especialmente en debates de televisión, roza lo cómico. España debe ser un país de ingenuos o estamos muy aburridos para hacer un espectáculo de lo que debería ser la más absoluta indiferencia en las urnas.

Si en algo se ha caracterizado este gobierno es en su empecinamiento por hacer de la igualdad un placebo para una sociedad cada vez más adocenada. Bien lo saben. Ahí tenemos, como ejemplo, una crisis que ha sido el maná para sus políticas segregacionistas. Ejemplos sobran: paro, sueldos ínfimos, contratos precarios, abuso laboral, tasas universitarias, impuesto energético, educación… ¿Se necesita más?

¿Igualdad cuando la desigualdad alimenta las élites? Seguiremos soñando sin resignarnos.

Y después de la fiesta, ¿les validaremos de nuevo con los votos?

© El embegido dezidor.

viernes, 20 de diciembre de 2013

LA NAVIDAD: ¿Prostíbulo de la conciencia o la conciencia prostituida?

 La atribulada Navidad cae por sí sola desabrida por el ostracismo al que es condenado todo cuanto hay tras el letrero de Navidad, desgraciadamente lo único tangible para millones de familias; más allá: el ocaso, lo desconocido.
Es asomar el mes de diciembre y la vorágine consumista de la Navidad, aunque mucho más contenida que otros años, empieza a alcanzar su mayor apogeo, el clímax. Un clímax que ya quisieran alcanzar muchas alcobas de millares de hogares españoles y de todo el mundo y que ha desaparecido, huido, dejando atrás muchos edredones, sábanas y lujuria en la recámara, convirtiendo la cama en un intermedio, en una pausa e incluso en una tregua. Prueba de ello es esa recámara que aflora en estas fechas desvergonzada y que no disimula su libidinosa propensión por convertir el hogar en una estampa no muy ajena de lupanar. Los hogares parecen la viva expresión del decoro más indecoroso consecuencia de la personal proyección del arte de la decoración de un autor, poco artista o rijoso, fiel cliente de los «chollo chinos» cuyos sueños húmedos llueven sobre su conciencia habitada en la entrepierna.

La Navidad, esta Navidad tan globalizada, está convirtiendo los hogares en simulacros de mancebías de poco o mucho lustre. Atrás queda la esencia del recogimiento y el examen particular y propio de conciencia. La Navidad, perdido ya el Oriente y usurpado el Occidente, es el prostíbulo de la conciencia o se trata de nuestra conciencia prostituida.
J.C Atienza.

lunes, 4 de noviembre de 2013

DE NUEVO PINTADAS EN LAS FACHADAS DE NAVALCARNERO.

La estupidez ha hecho acto de presencia de nuevo en las calles de Navalcarnero. Algún cerebro sombrío, seguramente huido o expulsado de algún camposanto, ha entrado en Navalcarnero, aprovechando la cutrería de Jalogüín, para dejar sobre las paredes del pueblo parte, o el todo, de su ilustre pensamiento y su ilustrativo proceder y así, no ser menos cutre en una noche especialmente cutre.

Escribir palabras, sean las que sean, en las paredes de un pueblo o ciudad, es ignorar que a las alturas en la que nos encontramos de la evolución o involución de la especie humana, resulta cuando menos un ejercicio ridículo e insensato, más aun, teniendo medios como las redes sociales mucho más efectivos para la propaganda y la divulgación informativa.

Ya va siendo hora que nos demos cuenta que las fachadas son tan inútiles para transmitir información a los ciudadanos como lo son los mítines políticos, – sólo asisten los convencidos – con el agravante que, pintadas como estas, avergüenzan incluso a aquellos que se sienten identificados con esas ideas o formaciones políticas que las defienden.

Flaco favor le hace por tanto a la República el autor de estas pintadas, puesto que para que cualquier movimiento político – social triunfe es necesario que vaya acompañado de un nivel intelectual de quien lo propaga y divulga, y desgraciadamente no es el caso de quien ha confundido folios por paredes. La falta de respeto a sus vecinos, a los edificios e incluso al buen gusto, me hace temer que este individuo, algún día, pueda desempeñar cargo o beneficio. No se trata pues de un republicano, sino de una víctima más del neo-vulgarismo imperante en esta sociedad, y lo que es peor, actitudes y aptitudes como las demostradas por el autor de dichas pintadas es hacerle el juego a este gobierno.

Pero aún resulta más insultante para aquellos nostálgicos de la República y por los que esperamos su pronto advenimiento, que uno de sus defensores, que no sé si pasea, trota o rebuzna por las calles de Navalcarnero, muestra sin pudor su pobreza intelectual al escribir REPÚBLICA sin tilde sobre la U.
Es posible que REPUBLICA sea un nuevo movimiento político-social y todavía no me haya percatado de ello, pero desde luego, utilizar la misma palabra sin la tilde es a todas luces un desacierto. Crea confusión y no queda muy claro cómo pronunciarla.

J.C Atienza.