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domingo, 21 de marzo de 2021

MAESTROS ESTRELLA Y MAESTROS ESTRELLADOS. La mala educación XXI.

 

Es evidente que en esta profesión —a la del magisterio me refiero—, como supongo ocurrirá en las demás profesiones, siempre han existido y existirán los buenos, los malos, los entusiastas, los desanimados, los vocacionales y, por supuesto, también los «pasados» o los «quemados».

Pero de un tiempo a esta parte, me encuentro con una nueva partición —hasta ahora desconocida por mí fuera de los corrillos de puerta de colegio—, que dudo sea extensible a las demás profesiones porque en ésta, y he aquí lo curioso, nace desde el mismo embrión de la escuela, es decir, desde los propios maestros. Y es que ahora tenemos, además, profesores estrella y, por el contrario, los estrellados, es decir, el resto. Y para constatar tal hecho y demostrar que no es consecuencia de mi iracundia, pásense por los muros de redes sociales de algunos de los «agraciados», pues verán que han aparecido concursos y quién sabe si vendrán también programas —tras exhaustivos estudios para preparar audiencias— de entretenimiento en vivo en los que participe la gleba con sus votos

Y esta aclamación —la de los agraciados—, que roza la glorificación, me pregunto si no es, en muchos casos, más que la aceptación o la adaptación de algunos o muchos de estos buenos maestros a los postulados de sus votantes o de las empresas que les aúpan, a los que, en un futuro, se deberán para no ser denostados o quemados en el patíbulo.

Pero si algo es más sorprendente en una profesión poco dada a las alegrías, es la promulgación de su nominación, incluyendo una buena ración de sabiduría que, lejos de ser lección, pretenden que sea dogma a seguir; como si los maestros necesitasen más gurús para realizar sus trabajos. Y no reprocho este hecho —el de airearlo en las redes sociales con laureles y pétalos de rosa si es necesario—, no, sino el desprecio que desprenden hacia la labor de otros profesionales que cumplen sus objetivos o que lo intentan; cuyos métodos se alejan notablemente de las «modas estrella», o no tanto, y cuyos resultados no difieren en absoluto —como nos pretenden hacer creer desde sus púlpitos con sus discursos triunfalistas y demoledores—, de los «maestros estrella».

Y si alguien ve en mí un prurito de envidia, que no faltará quién, a mis años, y ya retirado, fueron mis alumnos quienes me otorgaron el título del «Abuelo Maestro», y llevaron a sus hijos para que siguiera siendo su maestro. ¿Acaso hay mayor recompensa?

 

© El embegido dezidor. 

sábado, 23 de enero de 2021

HUMANIZAR LAS AULAS. La mala educación XX.

 

¿Qué ha unido a la pandemia, al temporal y a la educación? La digitalización. Y esto que, sin duda, debiera ser una buena noticia, y de hecho lo es, sin embargo, lo que se ha puesto de manifiesto es que esta extraña consustancialidad, es cuando menos, dificultosa. Es decir, que o se pone remedio de inmediato o el divorcio está a cascaporrillo.

Con anterioridad al 2020 y más concretamente en este fatídico año
del 2020, aprovechando las adversas circunstancias, la digitalización era el curalotodo de la educación y, por ende, el paso previo para la desaparición de la enseñanza presencial. La figura del maestro quedaba relegada a un segundo plano, simplemente como mero conductor de las diferentes enseñanzas. Noticia esta, muy atractiva para los administradores de lo ajeno que veían suculentos ingresos en sus cuentas de ahorro para destinarlos a otras partidas, algunas más sociales que otras, y también para algunos bolsillos particulares, porque en este país, digan lo que digan, la tendencia es muy importante.

Pero si algo ha dejado patente los días de confinamiento y el obligado recogimiento por el temporal, es que desdeñar la enseñanza presencial, sería cuando menos, conducir a una gran parte del alumnado a un suicidio colectivo ―entiéndase por suicidio una condena al alumnado que estaría dictada y nunca firmada―. Confinarse sin más pretexto que el aducir que todo lo tengo en casa, algo inexorablemente contra natura, es una entusiasta aspiración a la que nos están conduciendo con premeditación y, ante la cual, sucumbimos como borregos ―¿consecuencia de la tecnología?―. Pero la educación ha descubierto las quebraduras de estas aspiraciones, así como las insuficiencias de esta digitalización que no puede ser de cualquier manera y que, a edades tempranas, son más que evidente y si se quiere, transparentes.

Llegados a este punto, y después de lo sucedido, y si la experiencia sirve para mejorar lo aprendido, lo que toca es humanizar más las aulas, y eso, como todo lo relacionado con la educación será labor de profesores y maestros. Y a los responsables de la digitalización, les corresponde encontrar el equilibrio, la combinación más perfecta y beneficiosa donde la dualidad: maestro y tecnología, se den la mano.

 © j.c atienza. 

sábado, 16 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XIX. ESA VECINA QUE ME DIJO... III. (Ley Celaá)

 Desde mi despacho escuchaba cantar a mi vecina, y puedo decir que fue grata la sorpresa, que mi pluma rebosaba de felicidad, pues recorría el papel dejando trazos que mucho me temí que no fuera capaz de darles un final.

 Empezó con la Pantoja y ese famoso “Marinero de luces” que repetía una y otra vez, y les aseguro que, siendo solamente un aficionado a la música, aunque lamentablemente de habilidades precarias, a cada repetición mejoraba ostensiblemente su interpretación, así como su afinación que terminó siendo impecable. Y, después de la Pantoja, le llegó el turno a Nirvana. Ya no puedo decir el título pues no soy muy dado a retenerlos y mucho menos en un idioma que no domino y que me ha causado múltiples trastornos. Pero ella también canta en inglés, y es que descubrí que a mi vecina no solo le gusta parlotear e incluso vestirse de cruzada, sino que, además de sus bravuconadas, le gusta cantar y es políglota. Mucho me temo que tal disposición suponga para ella obligación por demostrar de manera continuada sus dotes en su oratoria.

 Pensé entonces que, tal vez, mi vecina, no había sido ungida por alguien del mundillo del arte y, por tanto, no había gozado de esa oportunidad que otros, posible y seguramente con menos mérito que ella, sí habían tenido.

 Quedé, de acuerdo conmigo mismo, que en cuanto la ocasión se presentara, le hablaría sobre el tema. Que la igualdad de oportunidades es, sin duda, un perfecto mostrador inexpugnable de que un país y una sociedad, evolucionan sana y favorablemente. Se trataría, pues, de un país en el que, en todas sus facetas, estarían los mejores, los más capacitados y los más preparados.

 Pero es por ello que aquí es tan necesario crear educaciones alternativas, porque no se trata de encontrar a los mejores, a los más capacitados, sino, siendo un negocio, encontrar, de entre los suyos y solo de entre los suyos y, por negación de los demás, a los más preparados, que no tienen por qué ser los más capacitados o los mejores. ¿Entendería que a una sociedad se la castigase con desplazarse en triciclo para que aquellos que tuvieran bicicleta fueran los más rápidos, pero, al mismo tiempo, se le negase a quien tiene un vehículo a motor la gasolina para hacerlo funcionar porque desmerecería a los demás?

 Tal vez, mi vecina reflexione sobre esto. Tal vez podamos llegar a entendernos. Albergo esa esperanza.

 © j.c. atienza. 

martes, 12 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XVIII. ESA VECINA QUE ME DIJO... II (Ley Celaá)

 

Me contaba mi vecina, en uno de esos días insulsos, en los que no hay mucho de qué hablar, en una de esas ocasiones en las que uno espera que la conversación termine cuanto antes para no ensombrecer más un tiempo indeseable que nunca debió suceder, la historia y el porqué de la matriculación de su hijo y de la elección de colegio. Y todo ello macerado, que no dulcificado, pues iban sus palabras cargadas de vinagre y picante, con una perorata envenenada que apuntaba una y otra vez a una escuela y, más concretamente, a una ley que sí, que me afecta directamente, pero que yo no he redactado. Si a alguna conclusión llegué, o más bien confirmé, es que mi vecina y yo no nos pondremos nunca de acuerdo. Pero, aun así, no cejando en mi empeño y, tal vez, por deformación profesional, le rogué que me escuchase, que mis palabras le aportarían una información extra que, sin ser nada extraordinaria ni secreta, podría serle de valor, y que no encontraría, muy posiblemente, en su televisión.

 
Esta afirmación pareció convencerla, al menos no hizo por marcharse, y sé que lo deseaba. Se quedó a la escucha, aunque solo fuera por demostrarse y demostrar después ante su prole, que ella tenía informaciones diferentes con las que enriquecer el debate.

 Le expuse que su cruzada ―de este modo quise halagarla―, sin poner en duda su legitimidad, estaba lejos de querer, o más bien de buscar, una educación concreta, específica y común para el país; que bajo esas banderas, ahora naranjas, el objetivo principal dista mucho de lo ya citado, y sí es alimento de muchos caraduras, de esos que mueven los hilos y que siempre encuentran el apoyo en una gleba reacia a la reflexión pausada. Izar bandeas puede ser un ejercicio muy saludable, y seguramente lo es, pero que tras la enseña está el objetivo, que no es otro que el de mantener, sostener y eternizar unos privilegios.

 Ella clamó al cielo, bueno más que al cielo a mí, y me dijo que “quién si no se iba a interesar por una educación determinada que ellos, que apelaban a la libertad y que parecía que solo ellos eran los interesados”. Interpreté que ese «ellos» se refería a la escuela concertada. Le incidí en mi argumentación: «El interés debería ser de todos, y cuando solo es parcial, usted me está dando la razón».

 Ella no contestó —no porque no tuviera contestación, que sé que la tenía—, y prefirió callar. Rara excepción, pues es del gusto de dar la bravuconada, que así lo practicó en sus años de aspiración política. Y yo aproveché que tal oportunidad me brindaba para seguir con mi discurso que ya se parecía a un soliloquio.

 Y en la selección radica la vehemencia de tanta protesta, continué, pues si esos privilegios, siempre de unos pocos, fueran de la mayoría, dejarían de ser privilegios. Afortunadamente no se trata todavía de una selección natural ―aunque no faltarán propuestas encaminadas a la consecución de dicho objetivo―, pero sí una selección económica.  Y aquí está el quid, se trata pues, de conseguir esos privilegios y apropiarse de ellos como algo natural, más por diferenciación o por apariencia que por convicción, que ya dice el dicho: «vístete como quieras que en la calle te desnudan».

 La cara de mi vecina era un conglomerado de gestos, que, desde luego, certificaban que no aprobaban mis palabras.

 

© j.c atienza.

domingo, 3 de enero de 2021

LA MALA EDUCACIÓN XVII. ESA VECINA QUE ME DIJO... I (Ley Celaá).


ESA VECINA QUE ME DIJO... I 


Hace no mucho tiempo ya escribí sobre los conciertos escolares, y no me refiero a los conjuntos instrumentales para el disfrute del alumnado, sino a esos acuerdos entre gobierno, comunidades y empresas por mantener una educación apartada, exclusiva, que viene sucediendo y creciendo durante años, alimentada y cimentada bajo y sobre el sofisma de la libertad de elección y el miedo ante la posibilidad de que determinados privilegios desaparezcan.

Así, en plena lucha fratricida con el debate en retirada, la nueva ley de educación, gracias a la acción meticulosa de nuestros políticos, provoca, lamentablemente, conversaciones otrora amigables, que se convierten en armas para enfrentar e incluso dividir. Y eso fue lo que me ocurrió, que fui víctima paciente de las soflamas hábilmente instauradas y labradas en la cabeza de mi vecina para revivir lo ya vivido a través de los medios de comunicación.

Ella apareció, por una de esas casualidades, en el rellano de la escalera. ¡Cuánta coincidencia!, No hubo un buen saludo, uno de esos que inflama la mañana, sino más bien un discurso que debía ver la luz cuanto antes. Y ella, dispuesta, como un político más, adquiriendo magistralmente sus mismas herramientas para los mítines, más basados en las emociones que en las razones, se dispuso a poner en práctica sus habilidades personales para convencerme de la demoníaca finalidad de una ley de educación que adoctrina a los más pequeños y a los más vulnerables.

No voy a ocultar que alumbrar una respuesta tras la relatera fue tarea fácil. Primero sosegué mi cabeza, ejercicio cada vez más difícil de domesticar, pues me resulta cada vez más trabajoso asumir como verdades absolutas las filfas que se propagan para intoxicar. Entendí, entonces, que era ella una de esas personas vulnerables, y siendo paciente contesté a mi vecina.

Le dije que quien más debiera defender la escuela pública son, precisamente, las familias cuyos hijos están matriculados en la escuela concertada y que, en estos días, en vez de izar con voluptuosidad por las calles de Madrid y otras ciudades banderas naranjas emulando a las antiguas cruzadas, deberían hacerlo con banderas verdes, pues es la escuela pública quien mantiene y sostiene a la enseñanza concertada, que es -la escuela pública- quien despeja de sus aulas a los alumnos incómodos e incluso al alumnado que dejaría en mal lugar al colegio en las estadísticas de mejores colegios. Afirmación que no es gratuita, como se reconoce al aseverar, en muchas de sus páginas web, y como reclamo para nuevos alumnos, que una de las ventajas de sus escuelas es que el proceso de selección del alumnado es más exhaustivo.

Es por ello —aunque solo sea por este motivo—, que es la escuela pública la gran causante de la subsistencia de un colegio concertado y, por tanto, que las concentraciones debieran estar aferradas a mantener la idea de valorar la escuela pública porque solo así pueden sobrevivir sus privilegios.

            Mis palabras debieron resultarle hirientes, pues ella me dio la espalda y caminó sin despedirse.

© j.c atienza. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

EXPOSICIÓN DE LOS 80.


LAS SÁBANAS DE LA NOSTALGIA.




A veces, la vida nos regala esos instantes en los que el pasado llega a tocar el presente o casi, y en los que el presente viaja en el tiempo hasta situarse en el pasado, aquel mismo pasado que una y otra vez hemos querido hacer presente.
         
Es lo que sucede cuando se visita la exposición organizada por el colegio público José Jalón de Navalcarnero. Una exposición llena de recuerdos que emergen desde cualquier punto, desde cualquier mirada; y es tal la intensidad de sus evocaciones que uno no puede sentirse solo porque a nuestro lado, y sin quererlo, emerge ese niño o joven que nos acompaña, que se reencuentra con nosotros y nos va narrando aquellos tiempos para rescatarnos de los estragos del olvido.

La exposición, sin lugar a dudas meritoria, consigue reverdecer una emoción que alcanza su punto álgido cuando, llevados de la mano por una nostalgia que está muy viva durante todo el recorrido, nos convierte en protagonistas de aquel pasado, atesorando de nuevo una juventud floreciente que renace con un ímpetu más calmado y un sosegado discurrir entre los años que dieron a luz a todos esos objetos expuestos.

Llegado el final, cuando todo termina, envueltos en los recuerdos recientemente despertados por el mágico hechizo de esas almas inanimadas expuestas con generosidad y el silencio que se despereza, lloramos sobre las sábanas de la nostalgia, y de nuevo en el presente, el pasado es más pasado.

Una gran exposición que hace que el visitante, tras concluir su visita, revalorice aquellos años vividos más intensamente.

© José Carlos Atienza.

domingo, 6 de mayo de 2018

LA PUESTA EN ESCENA DE “AUTORES DE NAVALCARNERO”.

El pasado viernes, 4 de mayo, sucedió unos de esos acontecimientos que, más allá de romper la monotonía o la rutina de un pueblo, surgió para generar ilusión, aspecto éste que no deja de ser anecdótico cuando la apatía emerge como modelo ejemplarizante y a la sociedad, en general, se la condena a sucumbir al grisáceo horizonte que se han empeñado en dibujar e incluso representar.

Hoy, cuando las titulaciones se compran o bien se regalan, cuando ni siquiera hay el mínimo rubor ante tal insolencia a una sociedad sacrificada, un grupo de escritores, y de Navalcarnero, pretende, y cito textualmente: «Sin ánimo de lucro», fortalecer los cimientos culturales de la villa es, sin lugar a dudas, de una valentía envidiable y contagiosa.

Además de presentar un libro, hecho notable y destacable, libro que ya está en mis manos y que espera paciente su turno de lectura, no era la presentación lo más importante desde mi punto de vista, sino el proyecto que quieren llevar a cabo, ambicioso desde luego, también esperanzador y muy ilusionante con el que pretenden involucrar a los institutos y colegios de la localidad para fomentar e impulsar la creación literaria de sus jóvenes alumnos.

Desde esta pluma, que también escribe, pero sin ambición de ser escritor, me siento en la obligación de aplaudir esta iniciativa y de desearles el mejor de los futuros. Tampoco quiero olvidarme de esos jóvenes a los que animo a participar en ese proyecto, y que la plataforma de Autores de Navalcarnero sea un lugar de encuentro y cobijo donde encontrar el apoyo y el respeto por sus trabajos.
Es una lucha contra la mediocridad, una más, y en esta lucha no hay que escatimar esfuerzos. Ojalá los ecos ayuden a hacer grande esta iniciativa.
Mi enhorabuena.

© El embegido dezidor.  

jueves, 2 de julio de 2015

ESCUELA PÚBLICA. Sobre deserciones y desertores. II parte. CONFIANZA.



La escuela pública se basa en dos pilares fundamentales: calidad y confianza. No hay duda que uno lleva al otro, pero la confianza es fundamental para su subsistencia. Es la confianza el único imán que tiene para atraer alumnos a sus aulas. Una confianza que tiene que emanar de los mismos profesores que son quienes, trabajando con sus alumnos día a día, se van ganando el favor de las familias al ver, sobre el terreno, y no en la imaginación de unas floreadas y engalanadas paredes e instalaciones, el progreso de sus hijos.
           
Pero desgraciadamente esto no sucede siempre así, y con más frecuencia de la deseada, ese profesor o profesora que será, o es, tutor de nuestros hijos, no confía e incluso desprecia la escuela para la que trabaja, llevando a sus hijos a escuelas del ámbito privado o pseudo-privado.
           
Es aquí donde empieza la pérdida de nuestra credibilidad, de la credibilidad de los maestros y maestras de la pública, y la perdemos por estas actitudes pérfidas, descaradas y dañinas.
           



¿Y qué ocurre con las familias?
 Para las familias es muy difícil entender, como para cualquiera, que una parte del profesorado se perjudique a sí mismo y a sus propios compañeros. No pueden entender esta actitud insolidaria en el seno de claustro de profesores que se encargará durante una década de educar a sus hijos. No pueden entender, como tampoco lo entendemos quienes trabajamos al lado de estas actitudes tan perniciosas, que desde el interior de sus aulas alimenten a las alimañas que se frotan felices las manos porque son los propios maestros, (afortunadamente no todos) precisamente de la pública, quienes les están haciendo el trabajo sucio y a su vez, empobreciendo la escuela en la que las familias han depositado su confianza, y ¡qué mayor confianza que tener a sus hijos en nuestras aulas!
           
Como padre espero de ese profesor o profesora, la seguridad del empeño en su trabajo. Necesito confiar en su dedicación, en su entrega a unos alumnos que podrán ser mejores o peores, más ricos o más pobres, de diversas nacionalidades, pero eso sí, con los mismos derechos que todos. Necesito de esa confianza para matricular a mi hijo en esa escuela que es de todos y para todos. Pero ¿pueden las familias confiar en un profesor de la escuela pública cuyo hijo está en la escuela privada? ¿Se puede confiar en un profesional, en el seno de la pública, que apuesta por una escuela que no fomenta la igualdad entre los iguales, que discrimina o selecciona sutilmente según interés, precisamente lo contrario que ese profesional debería fomentar? ¿Se puede confiar en quién ignora el ejemplo y la coherencia y tiene la indecencia, en algunos casos, de vestirse con la camiseta verde en defensa de la educación pública? ¿Es ese el modelo que las familias desean de profesor, de persona, para educar a sus hijos? ¿Es ese el espejo, el ejemplo, que un día será referencia para sus hijos?
           
Por aquí, la escuela pública se desangra.

J.C Atienza.



viernes, 26 de junio de 2015

Escuela pública. Sobre deserciones y desertores. I parte.



A nuestra dolida escuela pública le duelen los abandonos, especialmente aquellos que provienen de su seno, de aquellos a quienes la escuela alimenta cada mes, pero que, como amantes traidores, la besan mientras ponen su sexo en cuerpo ajeno, es decir, en escuela ajena.
            
Nadie nos va a negar que la escuela pública esté herida, y sus heridas nos duelen, nos duelen a aquellos que las sentimos, a aquellos que cada día erizan su nervadura para que todavía resista. Ellos, maestras y maestros, son, somos, los primeros en lamentarlo y en entristecernos. 




Ya no basta nuestro esfuerzo, nuestra dedicación, nuestra ilusión, nada de esto es suficiente para poder luchar contra las deserciones y los desertores, una terrible verdad que desgarra sus intestinos (los de la escuela pública) y que aparece, cada final de curso, como una enfermedad congénita instalada en sus entrañas que la va devorando con la cómplice caricia del brazo inquisidor de la administración.
           
 Y esto no parece tener solución porque la cura pasa por una conciencia renovada, y eso además de difícil, choca con un férreo muro construido sobre creencias populares, popularmente aceptadas, que en la mayoría de los casos son únicamente manifestaciones de fe; y es de todos sabido, que la fe no se sustenta en la razón, y donde no hay razón no se puede buscar solución. Y he aquí la semilla endiablada o enferma de la que también se han contagiado profesionales de la educación que maman, ya como parásitos, de la escuela pública.
             
Profesionales que se han olvidado, consciente e incluso alevosamente de ese principio fundamental de la buena pedagogía que es el ejemplo. Profesionales que se han convertido en mercenarios sin el más reparo moral, y no precisamente bien pagados, de la mano que dicta su desahucio y el de la escuela pública. Profesionales desertores que irán al mismo lugar donde vaya la escuela pública. ¿Caerán en la cuenta?
            
 Deserciones y desertores van poco a poco cercenando la esperanza de un futuro más prometedor para la pública y para los que todavía confiamos en ella porque, ¿no es deserción trabajar en y para la escuela pública y dejar la responsabilidad de la educación de los hijos en las manos clientelistas de la escuela privada-concertada?

J.C Atienza.

Foto obtenida de:  http://fotos.lainformacion.com/economia-negocios-y-finanzas/macroeconomia/aulas-vacias-vineta-j-r-mora_yrJvOTld7G6soGatPY0Ek6/




martes, 24 de junio de 2014

¿Debería ser la educación pública defendida por todos?

Decir a estas alturas que la defensa de la escuela pública debería ser un acto universal, una voz que uniera a todo un pueblo, no es decir algo insólito o extraño, aunque por ser estas, palabras tan manidas, suenen a utopía.

Todos y digo todos, profesores de la escuela privada – concertada y pública, así como empresarios experimentados o no, y todas las familias de este país con hijos o no en edad escolar, estén matriculados en escuelas públicas o privadas - concertadas, deberían estar en las calles en defensa de esa escuela pública, que tanto bien, y nadie podrá negarlo, nos ha hecho, nos hace y nos hará a todos.

Ignoraré todos los argumentos esgrimidos a lo largo de tantos años de lucha por conseguir una escuela pública lo más digna para todos y me centraré en aquellos que a todos nos unen independientemente de la procedencia, etnia, religión, sean pecheros, plebeyos, burgueses, nobles, estudien en colegios públicos o privados.

¿Por qué entonces la escuela pública debería ser defendida por todos?

-Porque mientras exista la escuela pública no faltará la publicación de rankings y otras fruslerías para entretener y ayudar a mantener a las escuelas privadas y concertadas con una publicidad gratuita sostenida por el Estado y comunidades autónomas.

-Porque gracias a que existe la escuela pública pueden desviarse fondos destinados a esta para saciar a las escuelas privadas-concertadas y subvencionar estudios con becas a aquellos que por su posición económica desahogada podrían pagarse los estudios de sus hijos sin dificultad.

-Porque mientras exista la escuela pública, las otras escuelas, privadas y concertadas, podrán seguir seleccionando a su alumnado, por ejemplo, según su rendimiento escolar o por su origen socio económico.

-Porque mientras haya escuela pública, las otras escuelas, privadas y concertadas podrán seguir experimentando y poniendo en práctica comportamientos tan poco pedagógicos y educativos como son la discriminación, la marginación, la exclusión, el aislamiento, el abandono..., e incluso investigar y profundizar en el desarrollo de teoremas y teorías de cómo invitar a las familias con niños con necesidades educativas o no, para que abandonen sus colegios y se matriculen en la pública porque, y son palabras textuales, los tratarán mejor.

-Porque mientras haya escuela pública un gran número de familias podrán ignorar sus orígenes y seguir soñando con el elitismo de sus hijos y el suyo propio, formando parte de ese grupo de selectos elegidos mientras sus monederos puedan seguir vomitando. «Tanto tienes tanto vales».

-Porque gracias a la escuela pública sus hijos no tendrán que convivir con personas de diferentes etnias, nacionalidades, ni con aquellos que por circunstancias diversas resultan incómodos, o con aquellos que no han sido ungidos de excelencia por la naturaleza o por Dios. Recuerdo que es ser buen cristiano favorecer a los más desfavorecidos. Es lamentable ver cada día cómo colegios religiosos ponen en practica estas conductas de segregación y exclusión por una cuestión económica y luego no falta el cepillo en las liturgias para «ayudar» a los mas necesitados.

-Porque la escuela pública estará ahí cuando la situación económica familiar se vuelva hostil, o cuando sus hijos sufran la discriminación por una sentencia, no escrita, que los clasifica en el grupo de los «incapacitados» por no alcanzar o satisfacer los resultados requeridos por unas direcciones que piensan en sus bolsillos, sin averiguar cuáles son los motivos o circunstancias que han conducido al alumno a su fracaso.

Y ahora, después de lo expuesto y para terminar, ¿se imaginan ustedes, empresarios, profesores y familias de la escuela privada y concertada cómo sería su escuela si no existiera la escuela pública? ¿Todavía creen que no tienen motivos para defenderla?

J.C Atienza.


viernes, 13 de septiembre de 2013

Vuelven las miradas a la escuela pública.




            La desgracia de sufrir esta crisis está consiguiendo que miles de personas más se den cuenta que mantener una educación pública y además de calidad es de suma importancia para la regeneración de este país y especialmente para su salud. El regreso de muchas familias a la que fue, es y será siempre su escuela y la llegada por primera vez, de familias temerosas gracias a las estrategias de demonización de un gobierno empeñado en favorecer sí o sí, a una educación en muchos casos inconstitucionalmente consentida, es un atisbo de esperanza para una educación que resiste gregariamente a las continuas acometidas y a la guerra de desgaste que este gobierno está practicando para su absoluta desaparición o marginación. Y afirmo que es un atisbo de esperanza porque estas familias llegadas a los colegios públicos, que han sido empujadas a traspasar esa línea que tras ella, como si fuera un frontera, esa línea trampa y tramposa que les hacía sentirse protegidos, que los separaba del mundo próspero del marginal, esa línea que hacía dividir a la sociedad entre los buenos y los sospechosamente malos, esa línea que los mantenía despreocupados de cuanto acontecía y sufría la escuela pública, ahora, paradojas de la vida, y están en su derecho y es su obligación, exigen, cuando se les ha empujado al otro lado, que esta escuela pública sea de la mejor calidad posible y no un entretenimiento para dirigir a un alumnado hacia la marginación social para convertirlo, que no formarlo, en mano de obra barata, para ser fiel servidor del amo, para ser parte de la nueva esclavitud legal. Estas familias, recién llegadas a la familia de lo público, no quieren que sus hijos vuelvan a verse despedidos y señalados en colegios por no entrar dentro de los “elegidos”. Quieren que la educación sea igual para todos, sin discriminación alguna por etnia, discapacidad, sexo, religión o cuna.  
Puede que tanta aquiescencia durante tanto tiempo haga inútil nuestra defensa, pero estoy convencido que merece la pena. Ahora somos más y esta escuela pública no debe ser únicamente un refugio, debe ser un referente social en el que todas las familias se sientan representadas y orgullosas.  
Bienvenidos. Bienvenidos hoy y bienvenidos siempre.


J.C Atienza.