La gratitud y la
ingratitud convergen en un mismo escenario y en continua tensión en donde no
faltan ocasiones en las que la balanza se inclina ostentosamente hacia uno u
otro lado no siempre haciendo justicia.

Y fue entonces cuando llegaron
a mí aquellas imágenes, ya antiguas, de aquellos profesores, rondando los
cincuenta, que consideraba mayores, y la celebración posterior cuando en el aula aparecía
un profesor al que consideraba joven. Por aquellos entonces mi edad rondaba los
catorce o quince años, pero no me imaginaba que una apreciación así, naciera a
tan temprana edad.
En un primer momento, y no
descarto que pueda estar convirtiéndome en un viejo prematuro o que sea
realmente esta edad en que uno entra, sin pretenderlo, en la consideración de
viejo, y tal vez como autodefensa, me pregunté si este mundo que premia más la juventud
que la experiencia, y más la mediocridad que la ilustración, no estará
ejerciendo su influencia en edades tan tempranas en las que la imagen, y si se
quiere, también lo superfluo, están alcanzando cotas que paren, como conejos,
mesías efímeros cuya muerte es eclipsada e ignorada por el devenir de lo nuevo.
Es, en definitiva, una espiral diabólica que castiga sin piedad al pasado y
aniquila sin compasión lo antiguo.
Pero también nació en mí una
incómoda reflexión, o más bien dos, que muy probablemente debieron fluir hace
tiempo y a las que no me he querido enfrentar. Es posible que sus palabras
fueran una crítica hacia mi errónea labor o fuera simplemente la consecuencia
de que no compartía mi manera de trabajo o mi manera de ser alejada, y cada vez
más, de las inquietudes infantiles. Tampoco sé si a estas alturas empiezo o
soy ya un ser acomodado y son necesarios nuevos aires. Si es así, pido entonces
clemencia y amparo, y clamo, porque es la enseñanza a lo que me he dedicado
durante veintiséis años, que se encarguen de mi retiro, que no pido mucho, el
cariño de los míos y un lugar apartado de la vorágine urbana donde disfrutar de
la tranquilidad con mayúscula y un poquito de soledad y, también, un pequeño
fondo monetario para vivir con dignidad. Eso es todo.
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