miércoles, 20 de octubre de 2021

Ayuso y su educación "regalada".

 

Habló Ayuso, y lo hizo por esa boca de eco y noticiario, entre el discurso pugilístico y cortesano, entre lo bravío y lo vulgar, o con ambos, porque es de su naturaleza ser generosa, braveadora y buscarruidos.

Habló Ayuso y causó pavor, incredulidad, irreligiosidad y aplausos que, en esto, como casi en todo, va por barrios; y ella, encopetada y farfantona, anunció el final de una educación regalada. ―¿Acaso hay mejor regalo? Me pregunto―. Será porque Ayuso no ha tenido una educación regalada, o porque su educación no fue ni mucho menos un regalo, tiende al reduccionismo, a la idea desnuda, sin curvas y sin lencería y, por ello, ha causado tanto revuelo en redes y fuera de ellas, porque la sencillez e incluso la simpleza no son solo bien entendidas, sino veneradas.

Pero prestando atención a su discurso, o a la falta del mismo, y teniendo como precedente la animadversión que la presidenta siente o padece por la escuela pública, que podrá ser escuela, pero en sus desvelos no es educación, afirmo que ha sido mal entendida. Conclusión a la que llego por descarte. Si la escuela pública no es educación y en la otra escuela, la de empresa y billetera, se paga hasta por figurar, queda únicamente la escuela concertada como ejemplo real de educación regalada.

Y Ayuso ha advertido, y lo ha hecho por adelantado; de modo que una vez que estos «regalos» para matricularse en una educación subvencionada por la teta del Estado desaparezcan, puede que lo que se entendió por un privilegio defendido a capa y espada por plazas, bares y velorios con lacitos naranjas y enseñas rojo y gualdas, sea ahora un castigo por querer pertenecer, de apariencias, a una clase social por encima de sus posibilidades, pues es, al fin y al cabo, un episodio más en la lucha de clases, pero donde solo combate una: la de Ayuso.

 

© j.c atienza. 


lunes, 11 de octubre de 2021

Feria del libro de Navalcarnero: un oasis.

 


En Navalcarnero, más que una feria del libro, se ha presentado una miniferia. Una feria seguramente meditada, parida con cariño y crecida entre arrumacos, pero de la que han huido los libreros. Indicador este, indiscutible, de que el ideario no ha funcionado bien o que el ideador/a, siempre voluntarioso/a, sufre y asume las consecuencias de decisiones de última hora, poco instruidas y ajenas a su persona. La feria, en definitiva, ha sido una de esas ferias impostada, artificiosa, incluso obligada, una feria de adorno, para salir del paso, con ilusión seguro, pero con afligimiento. Una feria que se muestra como una prostituta novata, sin atractivo, que no sabe bien dónde ubicarse y espera la noche para no mostrar sus vergüenzas o sus carencias. Porque la feria, no nos engañemos, ha sido una pequeña pústula en el solar de la plaza, o si se quiere, una fortificación enfadada que le da la espalda al mundo o, para los más optimistas, una nueva Numancia que se resiste al cerco de las cañas y tapas.

Y si alguien piensa que esto es ficción, bien le aseguro lo contrario, que tal vez, por eso de incentivar, habría que fomentar: «Un libro, una caña y una tapa», y así, esa libertad de soflama y telediario, tan avasalladora como poco convincente, de cañas y tapas me refiero, se parecería un poquito menos a esa libertad —la real, la verdadera, la que sufrimos— de «cañas y barro», al menos en apariencia, pues en eso se ha quedado esta feria, en una apariencia. Y después de esta disertación y búsqueda de epítetos y calificaciones, sin pretender ser un agorero, o al menos no tanto, me quedo con la palabra oasis como el mejor símil para resumir lo que ha sido esta feria.

Pero es momento de ser optimista, y más vale poco que nada, que siempre es mejor ver el vaso medio lleno que medio vacío. Que, si bien podría ser vista como una amante despechada en una España de mantilla y escapulario, ésta ha sido generosa y entrañable, y ofrecida y dadivosa. Por tanto, debemos celebrar, como amantes de los libros, que tuvimos nuestra feria, como también la tienen los amantes de las tapas, que ambas no son incompatibles.

Y para nosotros: lectores, escritores y libreros, y gente del mundo de la literatura, este pequeño aposento es una gran conquista, que sabe muy bien, porque es conocido que en el mundo del libro lo poco es mucho y lo pequeño grande. Es mi obligación felicitar, con el más sincero agradecimiento, a todos estos guerreros/as sin antifaz que, desde sus acantonamientos, nos abren las páginas de los libros como banderas para ondear libremente en nuestras cabezas y de quienes, con mucha voluntad, consiguen que año tras año la ilusión por los libros continúe.

 

© j.c atienza. Octubre 2021


viernes, 26 de marzo de 2021

DE HATERS, SALTEADORES Y MERETRICES

 

¿Es el ocio la nueva enfermedad de la sociedad del siglo XXI? A tenor de los acontecimientos así lo parece, y si todavía no lo es, los síntomas son más que preocupantes. Nos hemos acostumbrado a vivir rápido, casi despreciando y desperdiciando, cuando no castigando, las cualidades de nuestros sentidos, mutilándoles los matices. Vivimos con gran intensidad, en muchos casos inexplicable y en otros inaudita, queriendo vivir en un corto espacio de tiempo lo que hubiese requerido de horas, y esto, también se trasmite a nuestro ocio.

La insatisfacción que el ansia provoca, esa ansia de ser y estar felices, anhelando una felicidad rápida, que también se compra y se consume, nos predispone al encuentro de fórmulas nuevas de ocio que, fuera de los lugares destinados a ello, nos cuesta encontrar. Y, ciertamente, imposibilitados ya para esa exploración, perdido nuestro punto de origen, nos abocamos a sanar nuestras insatisfacciones en lugares más cercanos e incluso más íntimos: nuestros hogares, nuestro ordenador; y lo hacemos desde lo más simple y banal y, por tanto, desde lo más inmeritorio. Y es en este punto cuando surge «la mala baba», y nuestras propias frustraciones, nuestros propios desprecios, nuestra triste vida se desparrama a través del teclado y viaja anónima en la nube hasta llegar a su paradero, y no lo hace para crear, ni siquiera para criticar, sino para destruir, para arramblar y asemejarlo todo a ras de nuestras tristes vidas. De ahí los «hater» y demás especímenes cicateros, salteadores de la conversación y meretrices de la palabra que, después, sobre el terreno que pisan, sin más compañía que su propia sombra, mantienen la compostura serena y la palabra calmada para no decir nada, para aceptar o sucumbir, o simplemente para no hacerse notar.

Pero tal condición, que es intrínseca al desarrollo de la humanidad, si bien antes era en los corrillos y en pequeñas reuniones a la puerta de la iglesia o del colegio, ahora se hace individualmente y, como entonces, pero actualizados a estos tiempos digitales, se buscan alianzas anónimas en las redes y el consuelo del aplauso y del «me gusta», y, así, al menos, queda la satisfacción de haber sido por unos instantes, el/la protagonista.

A ver si va a tener razón un pedagogo, conocido mío, cuando allá por los años noventa, afirmaba que el mal de pueblo era el exceso de tiempo libre que, de otra manera, estaría más ocupado en resolver sus problemas que en generárselos a los demás.

 

© El embegido dezidor. 

domingo, 21 de marzo de 2021

MAESTROS ESTRELLA Y MAESTROS ESTRELLADOS. La mala educación XXI.

 

Es evidente que en esta profesión —a la del magisterio me refiero—, como supongo ocurrirá en las demás profesiones, siempre han existido y existirán los buenos, los malos, los entusiastas, los desanimados, los vocacionales y, por supuesto, también los «pasados» o los «quemados».

Pero de un tiempo a esta parte, me encuentro con una nueva partición —hasta ahora desconocida por mí fuera de los corrillos de puerta de colegio—, que dudo sea extensible a las demás profesiones porque en ésta, y he aquí lo curioso, nace desde el mismo embrión de la escuela, es decir, desde los propios maestros. Y es que ahora tenemos, además, profesores estrella y, por el contrario, los estrellados, es decir, el resto. Y para constatar tal hecho y demostrar que no es consecuencia de mi iracundia, pásense por los muros de redes sociales de algunos de los «agraciados», pues verán que han aparecido concursos y quién sabe si vendrán también programas —tras exhaustivos estudios para preparar audiencias— de entretenimiento en vivo en los que participe la gleba con sus votos

Y esta aclamación —la de los agraciados—, que roza la glorificación, me pregunto si no es, en muchos casos, más que la aceptación o la adaptación de algunos o muchos de estos buenos maestros a los postulados de sus votantes o de las empresas que les aúpan, a los que, en un futuro, se deberán para no ser denostados o quemados en el patíbulo.

Pero si algo es más sorprendente en una profesión poco dada a las alegrías, es la promulgación de su nominación, incluyendo una buena ración de sabiduría que, lejos de ser lección, pretenden que sea dogma a seguir; como si los maestros necesitasen más gurús para realizar sus trabajos. Y no reprocho este hecho —el de airearlo en las redes sociales con laureles y pétalos de rosa si es necesario—, no, sino el desprecio que desprenden hacia la labor de otros profesionales que cumplen sus objetivos o que lo intentan; cuyos métodos se alejan notablemente de las «modas estrella», o no tanto, y cuyos resultados no difieren en absoluto —como nos pretenden hacer creer desde sus púlpitos con sus discursos triunfalistas y demoledores—, de los «maestros estrella».

Y si alguien ve en mí un prurito de envidia, que no faltará quién, a mis años, y ya retirado, fueron mis alumnos quienes me otorgaron el título del «Abuelo Maestro», y llevaron a sus hijos para que siguiera siendo su maestro. ¿Acaso hay mayor recompensa?

 

© El embegido dezidor. 

viernes, 5 de febrero de 2021

QUIERO LIBROS

 

Si me preguntaran cómo quiero vivir los años que me queden, contestaría, sin dudar, que rodeado de libros. Doy por hecho, para evitar suspicacias y maledicencias, que, por supuesto, al lado de los míos, de mi familia, porque en este punto quiero ser un privilegiado, y considero un premio irse cuando corresponde, pero siempre el primero, que no quiero llevar las despedidas adosadas a los recuerdos.

Habrá quien se pregunte: «La de este hombre debe ser una vida aburrida», y no voy a ser yo quien se lo discuta, pues es cierto que no es mi vida una vida para ser narrada, porque si alguna vez tuvo algo de interés, ese quedó para la memoria como algo pétreo que ni los recuerdos, a mi edad, consiguen trasmitir vivacidad. Ahora, y por ser un momento en el que la vida ofrece mucha resignación, y las ilusiones, si aparecen, son muy comedidas e incluso dosificadas, son los libros una fuente de vida y de salvación.

Tal vez por todo esto, haya nacido en mí la pasión por los libros, una pasión que, si bien no es reciente, se ha acrecentado con la edad y tal vez —con un poco de mala leche—, este aumento ha ido de la mano al mismo ritmo que mis ojos han perdido autoridad. Y el resultado debe ser, pues me gusta encontrar una explicación, que cuando uno apenas puede vivir su propia vida, ésta se encuentra entreverada en esas páginas, viva en esos personajes que ahora me empeño en buscar. Vida o vidas que nunca he soñado y que, con seguridad, jamás viviría ni viviré, pero que, a través de sus páginas, esas vidas que pertenecen a otros, me acompañan, las acompaño y las comparto.


Sí, por favor, quiero libros, y táchenme si quieren de sibarita, pero creo que puedo tomarme esa licencia, porque tratándose de libros, confieso que los prefiero de papel, porque el libro es como el sexo, que si los sentidos son muy importantes, el tacto es fundamental.

 

© El embegido dezidor. 

sábado, 23 de enero de 2021

HUMANIZAR LAS AULAS. La mala educación XX.

 

¿Qué ha unido a la pandemia, al temporal y a la educación? La digitalización. Y esto que, sin duda, debiera ser una buena noticia, y de hecho lo es, sin embargo, lo que se ha puesto de manifiesto es que esta extraña consustancialidad, es cuando menos, dificultosa. Es decir, que o se pone remedio de inmediato o el divorcio está a cascaporrillo.

Con anterioridad al 2020 y más concretamente en este fatídico año
del 2020, aprovechando las adversas circunstancias, la digitalización era el curalotodo de la educación y, por ende, el paso previo para la desaparición de la enseñanza presencial. La figura del maestro quedaba relegada a un segundo plano, simplemente como mero conductor de las diferentes enseñanzas. Noticia esta, muy atractiva para los administradores de lo ajeno que veían suculentos ingresos en sus cuentas de ahorro para destinarlos a otras partidas, algunas más sociales que otras, y también para algunos bolsillos particulares, porque en este país, digan lo que digan, la tendencia es muy importante.

Pero si algo ha dejado patente los días de confinamiento y el obligado recogimiento por el temporal, es que desdeñar la enseñanza presencial, sería cuando menos, conducir a una gran parte del alumnado a un suicidio colectivo ―entiéndase por suicidio una condena al alumnado que estaría dictada y nunca firmada―. Confinarse sin más pretexto que el aducir que todo lo tengo en casa, algo inexorablemente contra natura, es una entusiasta aspiración a la que nos están conduciendo con premeditación y, ante la cual, sucumbimos como borregos ―¿consecuencia de la tecnología?―. Pero la educación ha descubierto las quebraduras de estas aspiraciones, así como las insuficiencias de esta digitalización que no puede ser de cualquier manera y que, a edades tempranas, son más que evidente y si se quiere, transparentes.

Llegados a este punto, y después de lo sucedido, y si la experiencia sirve para mejorar lo aprendido, lo que toca es humanizar más las aulas, y eso, como todo lo relacionado con la educación será labor de profesores y maestros. Y a los responsables de la digitalización, les corresponde encontrar el equilibrio, la combinación más perfecta y beneficiosa donde la dualidad: maestro y tecnología, se den la mano.

 © j.c atienza. 

viernes, 22 de enero de 2021

CIUDADANÍA SÓRDIDA E INFAME.

 

«Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los agricultores de tanto mirarlo». Así lo dejó escrito Miguel Delibes. Y hablando de Navalcarnero, no sabemos si el cielo está tan alto, o si simplemente está alto, porque aquí, y tal vez porque hayamos dejado de ser castellanos, no miramos al cielo. Y no lo hacemos porque no nos guste, ni porque la tecnología nos embruje o nos atonte que, en Navalcarnero, si no miramos al cielo es porque sufrimos imposibilidad. Y la realidad, por mucho que nos duela, es que como paseantes no desligamos nuestros ojos del suelo, que mirar al cielo se ha convertido en un ejercicio de riesgo, o cuando menos molesto.

 Y no digo esto porque sí, que si usted pasea por nuestras nobles calles, no es necesario mucho esfuerzo para ser ungido, por la buena ventura, con un excremento canino adherido a la suela del zapato, que sus dueños, del can me refiero, deliberadamente, han preferido ignorar.

 
Y debe ser que estos personajes —que dudo de su exquisita pulcritud en sus hogares y que, sin vacilación, manifiestan una ciudadanía sórdida e infame—, se han sentido molestos por este paisaje bucólico que la nieve nos ha dejado y, refugiándose en el silencio y en la ausencia de miradas, han determinado, en un ejercicio excrementoso, muy al orden de sus estercoleros neuronales, ejercer libertinamente la evacuación de depósitos orgánicos de mamíferos cuadrúpedos en aceras y calzadas a su libre albedrío. No sé si pretenderán abonar el asfalto, pero desde luego, necesitan que sus cabezas sí sean abonadas, y urgentemente, por ese néctar tan efectivo: la multa.

 

© j.c atienza.