lunes, 1 de julio de 2019

SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR.



¿Escribir? Si esta fuera la pregunta y como tal bastase, mi contestación sería sí, pero ¿escritor? Entonces la respuesta se demoraría en el tiempo, pues no es una consideración que se alcance tras escribir un texto, sino que solo la constancia, e incluso la obsesión, pueden guiarte a ser eso que llaman escritor.

Pero he descubierto caminos más cortos, más afables, menos sufridos y mucho, mucho más generosos. He descubierto que años de formación no son garantía, que cientos y cientos de lecturas no son necesarias, que curtirse en ortografía es un tiempo malgastado, que el esmero en el vocabulario y la expresión son asuntos del pasado.

Y entonces, reflexionando no demasiado, he decidido que antes de ser escritor o paralelo a escribir, quiero ser youtuber, o tener una escabrosa relación con diplomática o política, actriz o youtuber, váyase a saber de qué condición, que eso no tiene importancia, pero que sea con relevancia pública y así, ser famoso, tener miles de seguidores en Facebook, más miles en Twitter y en Instagram; decenas de minutos en radios, en televisiones, en blogs e incluso ser codiciado por influencers y haters ―que favores también hacen― y,  aunque no sepa cuál es realmente mi calidad como escritor, seré escuchado, leído, valorado y por supuesto, publicado. Tendré quién me corrija sin que haya de por medio reproches o negativas. Miles de comodidades y caprichos consentidos, y todo cuanto diga y haga adquirirá una dimensión que sólo por mis méritos sería incapaz de conseguir. Y aunque, llegado el caso, se discutiera mi valía, pues no se puede ser del gusto de todos, siempre tendré una legión de seguidores que minimizarán cualquier impedimento, inconveniencia o impertinencia.

Entonces y solo entonces, me plantearé si escribir me puede conducir a ser escritor o si por entonces, tendré cientos de oficios y beneficios rápidos que harán que la creación literaria, siempre austera y solitaria, sean solo un pobre placer para aquellos que no pueden salir de su cascarón.

No sé si ahora, escupidas estas palabras desde el sosiego, son producto de la rabia, la impotencia o la envidia. En cualquier caso, afortunados todos aquellos que lo consiguen con talento, sea mucho o poco.

© 2019 J.C Atienza.

martes, 28 de mayo de 2019

SIMPLE.


Caminando por los poco suntuosos y muy pretenciosos caminos de la vanidad personal en las redes sociales, me encuentro mensajes de disparidad enriquecedora, de alegrías y tristezas según a cada cual le viene más favorable un resultado electoral, pero no podía faltar, pues es necesario y enriquecedor el contraste, el individuo imbuido por un pírrico proceder y esmirriado pensamiento, a quien le robaron la reflexión y le inocularon el odio, que sufre la derrota de su partido y expira su desasosiego en la satisfacción que le produce la desaparición de otros.


Y ahí, como la pueril afición, gregaria y nauseabunda, de un club de fútbol, por citar un ejemplo cercano, que cerrilmente persiste en su cerrazón, se quedó en su primitiva ideología, que no por ser antigua, sino por ser de simples principios desde antaño inamovibles, y marchó su voto donde siempre y como siempre, guiado por el mensaje malicioso y perverso que se le antoja verdad por ser reiterativo.

Y ¿todavía hay quien se pregunta por qué cada opción política se asocia a un color?

© J.C Atienza.

martes, 21 de mayo de 2019

Huyendo de los políticos en campaña.



Confieso que hui de la política. Y este principio de desafección y la consiguiente deserción me resultó en extremo preocupante, pues si bien es cierto que nadie puede vivir ajeno a la política, siempre encontré en los debates la esencia de sus personajes.

Y todo viene a colación por ese debate mantenido en Telemadrid, el pasado 19 de mayo, que yo, con renovados aires y con esa emoción primeriza y juvenil si se quiere, me dispuse a disfrutarlo como si fuera el primero.

No permanecí demasiado tiempo frente al televisor. Creo, y es una percepción personal, que fueron los propios debatientes los que me obligaron a desconectarme de la cadena y seguir los dictados de una voluntad, ajena a mí, que clamaba por la retirada como mejor propuesta para, desde la distancia, recomponerme.

Y es que los minutos transcurrían lánguidos, pesarosos, con frases y párrafos aprendidos de memoria y con maneras heredadas, sin personalidad, como novatos e inocentes aprendices de su precursor.

El debate no fue más allá del “Yo me comprometo” y de aventar promesas y más promesas, exigiendo al votante, como no podía ser de otra forma, que más que un acto de reflexión practique un acto de fe. Y cuando en el debate el todo es la nada y la nada es el todo, todo es nada —citando versos de José Hierro en su poema: Nada—.

Ahora, recuperándome de mi desafección, espero encontrar en los pocos días de campaña que quedan, algo más de talento político, pues ni es ni debe ser poca cosa dedicarse a la política, y cuando menos, exigiría a la torva imperante, salvo honrosas excepciones, que también las hay, que no renunciasen a esas perlas que se hacen virales con las que, además de hacernos pasar buenos ratos, demuestran ser personas muy normales, tan normales que me pregunto si mi vecino o mi vecina, incluso yo mismo, no estaremos capacitados para desempeñar con mayor dignidad esa función de representantes públicos.

© El embegido dezidor.

lunes, 20 de mayo de 2019

EUROVISIÓN 2019.


Por primera vez desde la recuperación del festival de Eurovisión en este país con aquella comedia de los triunfitos, puedo asegurar, pues no es plan de verter mentiras sobre el papel ni de creerse que uno se ha convertido con los años en un experto festivalero, que el aburrimiento hizo buena presencia hasta conducirme, sin demasiada resistencia, al bochorno y al sueño imperioso.


No encontré canción novedosa que me sorprendiera, si acaso, como ya es habitual, buenas interpretaciones por excelentes intérpretes que, hasta en ese aspecto, resultan aburridos. Tan solo algunas canciones bien construidas y pocas pinceladas más que no sirvieron para sobrepasar los alicientes del vestuario y puesta en escena que son, sin duda, los que más atención causaron y los que me mantuvieron con una frescura intermitente.

También es verdad, que poca importancia tiene lo que escriba, pues mi crónica carece de rigor informativo al no prestar atención, o al menos, la misma atención a todas las interpretaciones como consecuencia de ese sopor que, con descaro, me invitaba a refugiarme en otros lugares menos musicales, pero a la vez armoniosos.

Y también, como es tradición, el ganador no se encontraba entre mis elegidos, una prueba más que suficiente e ilustrativa de mi escasa pericia musical.

© El embegido dezidor.

domingo, 19 de mayo de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XI. ¡Qué malos son los maestros!



Y digo que siendo el maestro un ser indiferente, esquivo, despreocupado, que no muestra la menor condolencia ni compasión por sus pupilos a los que, poco más o menos que desprecia, ni comparte la alegría por sus éxitos y le asola la desgana…

Y digo que siendo el maestro, un ser perverso que la humanidad ha creado para ser el azote y la tortura de la infancia, de jóvenes y menos jóvenes, usurpando sus tiempos de ocio y de maduración para mancillar, aniquilar y borrar la ingenuidad de sus mentes…

Y digo que siendo el maestro el máximo responsable de corromper las mentes de los nuevos y crecientes pensantes con ideas trasnochadas, fuera de lugar, alejadas de los tiempos de este nuevo siglo como la igualdad, el valor del conocimiento, la necesidad del esfuerzo, la sabiduría del fracaso, la satisfacción del trabajo bien hecho…

Y digo que siendo el maestro el responsable de fracturar, despedazar y derrotar los nuevos e innovadores aprendizajes del «Porque soy así», o del «Yo lo quiero, ahora lo tengo», o para los más ilustrados tras un laborioso y dificultoso máster en el «Yo lo quiero, tú lo pagas y ya lo tengo» …

Y digo que siendo el maestro ese ser decrépito, muchas de las veces tristón y amargado, con una tendencia exacerbada para el enfado, muchas de las veces solitario que se cree el poseedor de la máxima autoridad y que la utiliza para enfrentar a padres e hijos con tretas para que moldear comportamientos, actitudes y ejemplos con castigos que a él le hubiese gustado ejecutar y que debe reprimir…

Y digo que siendo el maestro ese ser que está en el aula porque no sabe hacer otra cosa, porque no pudo ser médico, ni político, ni youtuber, ni futbolista, ni siquiera famoso, como tampoco pudo ser dependiente, ni peón de albañil, ni pastor, ni lavandero, ni obrero, ni simplemente empleado, que decidió ser maestro atendiendo únicamente a la satisfacción que le producían los largos periodos de asueto y además pagados…

Y digo que si el maestro es así, como dicen que es muchos de estos mancebos cicateros, licenciosos e incluso azotacalles, en muchos casos también cagatrébedes, desaplicados, ensoberbecidos, indeliberados y en alguna ocasión, como despiadado añadido, también algo bobalicones, que culpan al maestro de sus fracasos y de su impericia, así de cuantas vanidades refugiadas en la estulticia de sus neuronas, sería bueno y, hasta necesario, que estos efebos, sometidos a la liturgia más despótica conectada hoy en la nube, mirasen a quien les acerca a la escuela y por qué lo hacen. Tal vez entonces comprendiesen dónde se encuentra la raíz de la mayoría de los males que les asolan.

© José Carlos Atienza. 

lunes, 22 de abril de 2019

LA MALA EDUCACIÓN X. ¿La ingratitud de lo antiguo?

La gratitud y la ingratitud convergen en un mismo escenario y en continua tensión en donde no faltan ocasiones en las que la balanza se inclina ostentosamente hacia uno u otro lado no siempre haciendo justicia.

Y digo esto por las palabras de una niña, no mayor de nueve años que me preguntó, muy convencida ella de sus palabras, si no era demasiado mayor para hacer esto. «¿Para hacer qué?» le pregunté. «Pues esto» fue su respuesta que no fue muy clarificadora. Indagué un poco más y finalmente me confesó, con cierta timidez y prudencia, que se refería a enseñar, que si no era demasiado mayor para enseñar.

Y fue entonces cuando llegaron a mí aquellas imágenes, ya antiguas, de aquellos profesores, rondando los cincuenta, que consideraba mayores, y la celebración posterior cuando en el aula aparecía un profesor al que consideraba joven. Por aquellos entonces mi edad rondaba los catorce o quince años, pero no me imaginaba que una apreciación así, naciera a tan temprana edad.

En un primer momento, y no descarto que pueda estar convirtiéndome en un viejo prematuro o que sea realmente esta edad en que uno entra, sin pretenderlo, en la consideración de viejo, y tal vez como autodefensa, me pregunté si este mundo que premia más la juventud que la experiencia, y más la mediocridad que la ilustración, no estará ejerciendo su influencia en edades tan tempranas en las que la imagen, y si se quiere, también lo superfluo, están alcanzando cotas que paren, como conejos, mesías efímeros cuya muerte es eclipsada e ignorada por el devenir de lo nuevo. Es, en definitiva, una espiral diabólica que castiga sin piedad al pasado y aniquila sin compasión lo antiguo.

Pero también nació en mí una incómoda reflexión, o más bien dos, que muy probablemente debieron fluir hace tiempo y a las que no me he querido enfrentar. Es posible que sus palabras fueran una crítica hacia mi errónea labor o fuera simplemente la consecuencia de que no compartía mi manera de trabajo o mi manera de ser alejada, y cada vez más, de las inquietudes infantiles. Tampoco sé si a estas alturas empiezo o soy ya un ser acomodado y son necesarios nuevos aires. Si es así, pido entonces clemencia y amparo, y clamo, porque es la enseñanza a lo que me he dedicado durante veintiséis años, que se encarguen de mi retiro, que no pido mucho, el cariño de los míos y un lugar apartado de la vorágine urbana donde disfrutar de la tranquilidad con mayúscula y un poquito de soledad y, también, un pequeño fondo monetario para vivir con dignidad. Eso es todo.

© José Carlos Atienza. 

LA PRINGOSA INFECCIÓN DE LA POLÍTICA.


Desperté con un deseo imperioso de pasear por la plaza de Navalcarnero bajo sus soportales. Es una costumbre que asciendo a la condición de fijación achacable únicamente a una edad que implora rutinas activas.

Como se puede intuir, el sueño se despejó aceleradamente y mis quehaceres, que nunca son urgentes, no fueron ningún impedimento, y mucho menos un retraso, en mis aspiraciones por ocupar una mañana. En este tránsito obligado, el tiempo place con una tranquilidad que nunca quebranta la armonía familiar, máxime cuando el tiempo es una valiosa moneda que no sé sabe dónde emplear.

Al llegar a la plaza, cuando el pálpito de un pueblo empieza a sacudir sus calles, embalado en una acogedora mañana de abril, un mes todavía preadolescente, y con los días festivos reverberando en las vetustas paredes de aldeas semiabandonadas esperando llenar de nuevo de algarabía sus calles y hogares, quise, ante la bienvenida de una plaza que se asomaba tras la embocadura de una de sus calles, sentir la recreación con la que cada día me gusta alimentar mi alma.

Su esplendor arquitectónico, bañado por el sol y marinado por unas columnas plateadas por la caricia de éste, se derrumbó ante mi mirada, ahora propiedad de un ser petrificado. Todo mi alborozo quedó truncado por una anormalidad imperante en toda ella como una infección taponada con urgencia para disimular falsas heridas.

Pero no, no se trataba de quebrantaduras en su osamenta ni de graves desperfectos ocasionados por la indolente mediocridad, de asalvajada ignorancia, de individuos todavía creyéndose pertenecientes a la especie humana; que esa honda preocupación hasta hubiera supuesto un consuelo viendo, como se ve, la deriva de la especie humana hacia cotas inimaginables de estulticia, o para que se me entienda, de gilipollez, porque siempre, aunque cada vez más vaga, queda la esperanza de recuperación y reparación.

Lo que acontecía en la plaza era de una gravedad liviana para muchos, y lo entiendo, y extrema para otros, pues es de nuevo la especie humana, pero de otra clase, y para más concretar la especie política, siempre tan proclive en llamar la atención y en vanagloriarse a sí misma, que no han tenido mejor idea que invadir la plaza a su gusto y semejanza.

La plaza estaba maquillada como una vulgar esquinera entrada en años que desea, porque no tiene otra manera de disimular su decadencia, despertar la atención de algún longevo individuo que ante una repentina juventud en su entrepierna no quiere sentirse disminuido.

En eso había quedado la plaza, y lejos de despertar en mi vetusto sexo ninguna ilusión ni adolescente ni reflexiva, convertido en un visitante indeseado y ahora en un cronista molesto e ingrato ante el apabullante espectáculo de hediondo envilecimiento, puse mis pies en retirada esperando encontrar en los páramos limitados de hierba y arboleda controlada y diseñada, dónde protegerse de la vanidad, la soberbia, pero también de la ambición y el egoísmo y demás epítetos innumerables hasta que los tiempos electorales queden como ese telegrama arrugado, polvoriento y amarillento, abandonado en algún rincón desmemoriado del hogar.  

La política había infectado la plaza con su pringosa maquinaria de propaganda.


 © El embegido dezidor.