lunes, 20 de mayo de 2019

EUROVISIÓN 2019.


Por primera vez desde la recuperación del festival de Eurovisión en este país con aquella comedia de los triunfitos, puedo asegurar, pues no es plan de verter mentiras sobre el papel ni de creerse que uno se ha convertido con los años en un experto festivalero, que el aburrimiento hizo buena presencia hasta conducirme, sin demasiada resistencia, al bochorno y al sueño imperioso.


No encontré canción novedosa que me sorprendiera, si acaso, como ya es habitual, buenas interpretaciones por excelentes intérpretes que, hasta en ese aspecto, resultan aburridos. Tan solo algunas canciones bien construidas y pocas pinceladas más que no sirvieron para sobrepasar los alicientes del vestuario y puesta en escena que son, sin duda, los que más atención causaron y los que me mantuvieron con una frescura intermitente.

También es verdad, que poca importancia tiene lo que escriba, pues mi crónica carece de rigor informativo al no prestar atención, o al menos, la misma atención a todas las interpretaciones como consecuencia de ese sopor que, con descaro, me invitaba a refugiarme en otros lugares menos musicales, pero a la vez armoniosos.

Y también, como es tradición, el ganador no se encontraba entre mis elegidos, una prueba más que suficiente e ilustrativa de mi escasa pericia musical.

© El embegido dezidor.

domingo, 19 de mayo de 2019

LA MALA EDUCACIÓN XI. ¡Qué malos son los maestros!



Y digo que siendo el maestro un ser indiferente, esquivo, despreocupado, que no muestra la menor condolencia ni compasión por sus pupilos a los que, poco más o menos que desprecia, ni comparte la alegría por sus éxitos y le asola la desgana…

Y digo que siendo el maestro, un ser perverso que la humanidad ha creado para ser el azote y la tortura de la infancia, de jóvenes y menos jóvenes, usurpando sus tiempos de ocio y de maduración para mancillar, aniquilar y borrar la ingenuidad de sus mentes…

Y digo que siendo el maestro el máximo responsable de corromper las mentes de los nuevos y crecientes pensantes con ideas trasnochadas, fuera de lugar, alejadas de los tiempos de este nuevo siglo como la igualdad, el valor del conocimiento, la necesidad del esfuerzo, la sabiduría del fracaso, la satisfacción del trabajo bien hecho…

Y digo que siendo el maestro el responsable de fracturar, despedazar y derrotar los nuevos e innovadores aprendizajes del «Porque soy así», o del «Yo lo quiero, ahora lo tengo», o para los más ilustrados tras un laborioso y dificultoso máster en el «Yo lo quiero, tú lo pagas y ya lo tengo» …

Y digo que siendo el maestro ese ser decrépito, muchas de las veces tristón y amargado, con una tendencia exacerbada para el enfado, muchas de las veces solitario que se cree el poseedor de la máxima autoridad y que la utiliza para enfrentar a padres e hijos con tretas para que moldear comportamientos, actitudes y ejemplos con castigos que a él le hubiese gustado ejecutar y que debe reprimir…

Y digo que siendo el maestro ese ser que está en el aula porque no sabe hacer otra cosa, porque no pudo ser médico, ni político, ni youtuber, ni futbolista, ni siquiera famoso, como tampoco pudo ser dependiente, ni peón de albañil, ni pastor, ni lavandero, ni obrero, ni simplemente empleado, que decidió ser maestro atendiendo únicamente a la satisfacción que le producían los largos periodos de asueto y además pagados…

Y digo que si el maestro es así, como dicen que es muchos de estos mancebos cicateros, licenciosos e incluso azotacalles, en muchos casos también cagatrébedes, desaplicados, ensoberbecidos, indeliberados y en alguna ocasión, como despiadado añadido, también algo bobalicones, que culpan al maestro de sus fracasos y de su impericia, así de cuantas vanidades refugiadas en la estulticia de sus neuronas, sería bueno y, hasta necesario, que estos efebos, sometidos a la liturgia más despótica conectada hoy en la nube, mirasen a quien les acerca a la escuela y por qué lo hacen. Tal vez entonces comprendiesen dónde se encuentra la raíz de la mayoría de los males que les asolan.

© José Carlos Atienza. 

lunes, 22 de abril de 2019

LA MALA EDUCACIÓN X. ¿La ingratitud de lo antiguo?

La gratitud y la ingratitud convergen en un mismo escenario y en continua tensión en donde no faltan ocasiones en las que la balanza se inclina ostentosamente hacia uno u otro lado no siempre haciendo justicia.

Y digo esto por las palabras de una niña, no mayor de nueve años que me preguntó, muy convencida ella de sus palabras, si no era demasiado mayor para hacer esto. «¿Para hacer qué?» le pregunté. «Pues esto» fue su respuesta que no fue muy clarificadora. Indagué un poco más y finalmente me confesó, con cierta timidez y prudencia, que se refería a enseñar, que si no era demasiado mayor para enseñar.

Y fue entonces cuando llegaron a mí aquellas imágenes, ya antiguas, de aquellos profesores, rondando los cincuenta, que consideraba mayores, y la celebración posterior cuando en el aula aparecía un profesor al que consideraba joven. Por aquellos entonces mi edad rondaba los catorce o quince años, pero no me imaginaba que una apreciación así, naciera a tan temprana edad.

En un primer momento, y no descarto que pueda estar convirtiéndome en un viejo prematuro o que sea realmente esta edad en que uno entra, sin pretenderlo, en la consideración de viejo, y tal vez como autodefensa, me pregunté si este mundo que premia más la juventud que la experiencia, y más la mediocridad que la ilustración, no estará ejerciendo su influencia en edades tan tempranas en las que la imagen, y si se quiere, también lo superfluo, están alcanzando cotas que paren, como conejos, mesías efímeros cuya muerte es eclipsada e ignorada por el devenir de lo nuevo. Es, en definitiva, una espiral diabólica que castiga sin piedad al pasado y aniquila sin compasión lo antiguo.

Pero también nació en mí una incómoda reflexión, o más bien dos, que muy probablemente debieron fluir hace tiempo y a las que no me he querido enfrentar. Es posible que sus palabras fueran una crítica hacia mi errónea labor o fuera simplemente la consecuencia de que no compartía mi manera de trabajo o mi manera de ser alejada, y cada vez más, de las inquietudes infantiles. Tampoco sé si a estas alturas empiezo o soy ya un ser acomodado y son necesarios nuevos aires. Si es así, pido entonces clemencia y amparo, y clamo, porque es la enseñanza a lo que me he dedicado durante veintiséis años, que se encarguen de mi retiro, que no pido mucho, el cariño de los míos y un lugar apartado de la vorágine urbana donde disfrutar de la tranquilidad con mayúscula y un poquito de soledad y, también, un pequeño fondo monetario para vivir con dignidad. Eso es todo.

© José Carlos Atienza. 

LA PRINGOSA INFECCIÓN DE LA POLÍTICA.


Desperté con un deseo imperioso de pasear por la plaza de Navalcarnero bajo sus soportales. Es una costumbre que asciendo a la condición de fijación achacable únicamente a una edad que implora rutinas activas.

Como se puede intuir, el sueño se despejó aceleradamente y mis quehaceres, que nunca son urgentes, no fueron ningún impedimento, y mucho menos un retraso, en mis aspiraciones por ocupar una mañana. En este tránsito obligado, el tiempo place con una tranquilidad que nunca quebranta la armonía familiar, máxime cuando el tiempo es una valiosa moneda que no sé sabe dónde emplear.

Al llegar a la plaza, cuando el pálpito de un pueblo empieza a sacudir sus calles, embalado en una acogedora mañana de abril, un mes todavía preadolescente, y con los días festivos reverberando en las vetustas paredes de aldeas semiabandonadas esperando llenar de nuevo de algarabía sus calles y hogares, quise, ante la bienvenida de una plaza que se asomaba tras la embocadura de una de sus calles, sentir la recreación con la que cada día me gusta alimentar mi alma.

Su esplendor arquitectónico, bañado por el sol y marinado por unas columnas plateadas por la caricia de éste, se derrumbó ante mi mirada, ahora propiedad de un ser petrificado. Todo mi alborozo quedó truncado por una anormalidad imperante en toda ella como una infección taponada con urgencia para disimular falsas heridas.

Pero no, no se trataba de quebrantaduras en su osamenta ni de graves desperfectos ocasionados por la indolente mediocridad, de asalvajada ignorancia, de individuos todavía creyéndose pertenecientes a la especie humana; que esa honda preocupación hasta hubiera supuesto un consuelo viendo, como se ve, la deriva de la especie humana hacia cotas inimaginables de estulticia, o para que se me entienda, de gilipollez, porque siempre, aunque cada vez más vaga, queda la esperanza de recuperación y reparación.

Lo que acontecía en la plaza era de una gravedad liviana para muchos, y lo entiendo, y extrema para otros, pues es de nuevo la especie humana, pero de otra clase, y para más concretar la especie política, siempre tan proclive en llamar la atención y en vanagloriarse a sí misma, que no han tenido mejor idea que invadir la plaza a su gusto y semejanza.

La plaza estaba maquillada como una vulgar esquinera entrada en años que desea, porque no tiene otra manera de disimular su decadencia, despertar la atención de algún longevo individuo que ante una repentina juventud en su entrepierna no quiere sentirse disminuido.

En eso había quedado la plaza, y lejos de despertar en mi vetusto sexo ninguna ilusión ni adolescente ni reflexiva, convertido en un visitante indeseado y ahora en un cronista molesto e ingrato ante el apabullante espectáculo de hediondo envilecimiento, puse mis pies en retirada esperando encontrar en los páramos limitados de hierba y arboleda controlada y diseñada, dónde protegerse de la vanidad, la soberbia, pero también de la ambición y el egoísmo y demás epítetos innumerables hasta que los tiempos electorales queden como ese telegrama arrugado, polvoriento y amarillento, abandonado en algún rincón desmemoriado del hogar.  

La política había infectado la plaza con su pringosa maquinaria de propaganda.


 © El embegido dezidor.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

TORRA Y VOX: TANTO MONTA, MONTA TANTO, ISABEL COMO FERNANDO. Sobre Cataluña y otras naderías.




Es en este momento, después de las elecciones andaluzas, cuando Vox, ese partido de derechas, fascista, nacionalista, anti independentista y cuántos más epítetos se le quieran añadir, se ha convertido en el mejor aliado del independentismo.

Por Vox se justificará el independentismo salvaje, rancio y reaccionario, muy al estilo de ese otro nacionalismo rancio y casposo español, con altercados que impidan la normal convivencia de los ciudadanos y con discursos belicistas apelando a la defensa nacional tan similares a tiempos ya pasados y casi olvidados. Es curioso cómo los extremos, conducidos y abducidos por sus intereses, se van pareciendo hasta confundirse.

Me pregunto si no son los propios independentistas que se han puesto el uniforme de Vox, comandados quizá por Torra, que imitando comportamientos de hace décadas que hasta hace unos días los mismos independentistas calificaban de fascistas, tengan como última finalidad inflar de votos a Vox en las generales para jijear de nuevo por las calles de Cataluña «contra el fascismo» y aglutinar, con una voz unísona y monocorde, un grito contra la España fascista que encienda más al independentismo; o si son los propios de Vox que, disfrazados con banderas esteladas, incendian las calles colaborando así en el aumento de la confrontación y por tanto, también en el aumento de los votos independentistas para obtener después réditos electorales en el resto de España.

Estrategia o no, lo que resulta evidente es que ambos nacionalismos se complementan y se compenetran.

© El embegido dezidor.


domingo, 16 de diciembre de 2018

GESTEAR. Sobre Cataluña y otras naderías.



Es difícil creer que los líderes independentistas hayan hilado tan fino en su estrategia, tras su impericia y descalabro, para pergeñar una situación tan favorable a sus intereses como la que ahora se les presenta.

Por hacer un breve repaso, comenzaron por propiciar, a la mínima oportunidad que se les presentó, un cambio de gobierno. Sin lugar a dudas, y con buen criterio, pensaron que un gobierno socialista, un gobierno de izquierda, se plegaría más a sus intereses y admitiría el diálogo como la mejor fórmula para la resolución del problema.

Ahora se han dado cuenta, y me refiero a los políticos independentistas, que la vía del diálogo que tantos beneficios les dio cuando el PP gobernaba y les negaba sistemáticamente, no sirve cuando son los otros los que apelan a ese diálogo y sobre la mesa se expone un simple «esto o esto= esto».

Llega, por tanto, el momento de renovarse porque el morir empieza a condensarse en sus pieles y más concretamente en sus discursos. Toca de nuevo la movilización a cualquier precio y con cualquier excusa porque es en ese andurrial, acompañado de las algaradas lingüísticas aprendidas en los abrevaderos de ese independentismo rancio y reacio, donde se encuentra su fuente de alimentación.

Y comienza su estrategia. En primer lugar, la negación de unos presupuestos generales porque la no aprobación conllevaría la realización de nuevas elecciones que ganaría la derecha, y ahí radica su interés, con una derecha como la del PP, o incluso más radical, favorecería sus intereses, porque aumentaría la confrontación y porque los viejos y caducos discursos, especialmente el del victimismo, volverían a tener utilidad.

En segundo lugar, cuando el gobierno amenaza con perpetuarse sin presupuestos, llega la hora de los gestos y la necesidad de negar cualquier reunión. Adquiere más valor cualquier gesto que relegue a un segundo lugar la esencia del problema. Ha llegado la hora de lanzar y de enervar a esa derecha, reaccionaria y rancia, para que sus argumentos, así como sus respuestas, sean tan absurdas como las razones esgrimidas por ese independentismo, igualmente rancio y reaccionario, para que cualquier diálogo sea imposible; y en éstas, como agua para el campo sediento, llega Vox y con ellos el premio gordo de la lotería para un independentismo que tiene muchos motivos para celebrarlo.

© El embegido dezidor.

jueves, 22 de noviembre de 2018

SOBRE CATALUÑA Y OTRAS NADERÍAS. La cínica prédica del "procés".




Mucha es la hartura que provoca el independentismo al igual que la cínica prédica que practican como base del artificioso discurso de los ecos del “procés” que todavía coletean como pavesas tras el incendio.

Si en aquel día 1 de octubre y aún más el 2, aquel referéndum, y por boca de muchos de sus principales protagonistas, tuvo una inequívoca legitimidad y cuyo resultado no solo era indeformable, sino que era la máxima expresión de la voluntad democrática de un pueblo, pasado un año, se confiesa, por los mismos protagonistas, la escenificación teatral que supuso todo el “procés”.

La tomadura de pelo alcanzó y alcanza cotas que superan y mucho la ciencia ficción política, y no lo digo por la posible independencia, sino por la gestión de un proceso que, además, causó vergüenza. Aquella votación venía a equivaler a una de esas consultas o pseudo referéndum sin más validez que la de insuflar la soflama, en muchos casos, y la autoestima para un independentismo que necesitaba encontrar la mecha que lo explosionara y, muy probablemente, que justificara tanta premeditación y disimulara tanta ineptitud.

Nada más placentero para estos políticos de acentuada mediocridad, que placer sus cuerpos cada noche en una orgiástica alevosía acariciando el cielo entre nubes cada vez más arreboladas, sintiéndose con el poder de un Dios que le pueblo les ha dado para perpetuarse y justificarse en sus asientos.

Actualmente parece que la ceguera todavía perdura. Resulta casi incomprensible que, tras aquel descalabro y tomadura de pelo, como el propio señor Torra ha dicho y reconocido recientemente en una sesión de plenos en el parlamento catalán, se le exija al gobierno del Estado, curiosamente al mismo al que se incita a desobedecer, que negocie un referéndum legal con todas las garantías democráticas para que sea reconocido en Europa.

No cabe duda, por cómo se están sucediendo los acontecimientos, que el cinismo sigue siendo rentabilizado en votos, y si muchos nos preguntamos cómo puede ser que partidos políticos corruptos sigan obteniendo un ingente número de votos, me pregunto también cómo es posible, que tras el cinismo político de unos políticos que se han arrogado de «salvapatrias» y jugado en el “Monopoly” con las ilusiones de los ciudadanos sobre el colchón de las mentiras y falacias, sigan obteniendo votos y seguidores a pies juntillas.

¿Es que en nuestra meliflua actitud preferimos que nos cuenten y formar parte de esos cuentos?

© El embegido dezidor.