miércoles, 5 de septiembre de 2018

"PONTE UN LAZO, PÓNSELO". Sobre Cataluña y otras naderías.


No es que no quiera ver la realidad, pero es que hay veces que jugaría con ella como si fuera un juguete de niñez. No es que quiera ignorar las razones, pero a veces esta razón parece el fruto nacido de una mutación, precisamente de ese mismo fruto. Y no es que no quiera profundizar en la importancia de los hechos y de los actos, pero hay veces que tal profundidad se difumina entre coloridas iniciativas que, por abuso e intolerancia, acaban provocando mofa.
            
Y digo todo esto por la campaña de lazos amarillos que, tanto unos como otros, tanto los que los colocan como los que los retiran, se han empeñado en popularizar hasta la comedia y la extenuación.
            
Y dicho lo dicho, tengo que decir a Ciudadanos que su política de retirada de lazos amarillos es un error de estrategia que deja en evidencia el enorme secarral de quien la creó y de quienes comulgan con ella. Es un error porque mutila cualquier otra iniciativa similar encaminada a defender unos derechos, a solidarizarse o incluso a contribuir a la belleza ornamental de la ciudad, pueblo o espacio público.
            
Señores políticos, establezcan campañas más simples como, por ejemplo, «Pon un lazo en tu vida. Pónselo», porque además de decorar las calles, convertimos espacios públicos en escenarios de solidaridad. Abran sus mentes y dejen rienda suelta a la creatividad. Promuevan, porque esa es su labor, la creación, la suma en definitiva y no la resta.
            
¿Por qué retirar los lazos amarillos? 
            
A quienes tanto les molesta ese lazo amarillo porque les disturba, porque no les gusta el amarillo o por las razones que sean, no deben sentirse desafortunados. En una sociedad democrática como la catalana, que además presume de democrática y de ejemplo democrático, entenderá a la perfección, sin resquicios ni ranuras, que cada ciudadano, sin importar su condición ni religión, tenga a bien, sin preguntar las razones que le motivan a ello, colocar, cerca o al lado del lazo amarillo, otro lazo, por ejemplo, de color verde como defensa del medio ambiente o como solidaridad con las personas que sufren trastorno bipolar. Y si es cuestión de demostrar la fe, póngase un lazo blanco porque se es un firme defensor de la paz y, además, habrá formado la bandera de Ciudad del Vaticano. Y si nos solidarizamos con los enfermos del Sida, se coloca un lazo rojo o si se quieren dos, por eso de ser más solidario, uno a cada lado y ya tienen otra bandera, y si no se quiere abusar, por eso de no acaparar y se quieren solidarizar con la violencia de género, coloquen el lazo morado y ya obtengo los colores de la República. Y quien dice un lazo habla también de sombrillas, que el espacio público es común y lo común es de todos como el sol y el viento.
            
Para terminar, señores y señoras de Ciudadanos y alérgicos al lazo amarillo, el conflicto quedaría resuelto pues nadie, en su sano juicio, se negaría a tan exultante expresión de solidaridad, y se agradecería tan cuidada y económica ornamentación de las calles donde primaría sobre todo la variedad, algo por otro lado, tan pedagógico en una sociedad global como la que padecemos.
            
No lo duden. Pongan un lazo, el que sea. ¿Se lo imaginan? Sería la ciudad de los lazos o la ciudad de la solidaridad. Un ejemplo para todo el mundo. Un ejemplo a imitar que se extendería por todo el planeta.

¿Y qué tal si lo patentamos?

© El embegido dezidor. 

viernes, 31 de agosto de 2018

La mala educación IX. ¡QUÉ BIEN VIVEN LOS MAESTROS!


¡QUÉ BIEN VIVEN LOS MAESTROS!

Si antes, y no hace tantos años, después de comer era costumbre la copa y el puro, en estos años actuales donde todo se ha dulcificado, sigo sin renunciar a la copa, pero el puro lo he sustituido en esta época estival por esa frase que lanzo como un exabrupto y que tanto ayuda a la digestión como reconforta el espíritu: ¡Qué bien viven los maestros!

Y lo digo cuando muchos vienen a llenar de nuevo el espacio vacío que dejaron con su marcha estival, cuando agosto anuncia su final en el calendario, y lo digo muy alto y en cualquier lugar que me encuentre y muy especialmente en terrazas veraniegas, restaurantes, así como en tertulias y reuniones familiares.

Tampoco voy a negar que, aunque ya jubilado, este tiempo de estío y ocio es un bien innegable para la salud en el que, además de lucir un moreno natural, justo en su punto de cocción, rejuvenece unos años y renueva las ilusiones. Por otro lado, son tantos y tantos los planes que se han llevado a cabo que todavía harían falta unos meses más para poder terminar los que se han quedado a medias o a punto de empezar.

Para nosotros, maestros y maestras, profesoras y profesores, son fechas en las que no hay horizontes, en las que el sol marca, como antiguamente, las horas. Los días de la semana, como me dijo un buen amigo profesor, pierden hasta su nombre. Nunca, como en estas fechas y por tanto tiempo, se consigue una igualdad de tal magnitud en el calendario. Durante unos meses, no hay distinción entre los días obreros de los días nobles. Sólo algunas fechas cobran importancia, especialmente la que marca el principio y el final de las vacaciones, el resto, vive en una soberana indiferencia de modo que, si las borrasen del calendario a nosotros, maestros y maestras, no nos importaría.

Y ahora, a las puertas de septiembre, cuando me preguntan con satisfacción en su rostro y ese aire de venganza y mala leche: «¿Ya os queda poco para empezar?» Yo, más me vanaglorio de mi profesión y les contesto: ―Aún me faltaría un mes. Y es que «¡Qué sana puede llegar a ser la envidia!»
¡Qué bien viven los maestros!

© El embegido dezidor.

domingo, 6 de mayo de 2018

LA PUESTA EN ESCENA DE “AUTORES DE NAVALCARNERO”.

El pasado viernes, 4 de mayo, sucedió unos de esos acontecimientos que, más allá de romper la monotonía o la rutina de un pueblo, surgió para generar ilusión, aspecto éste que no deja de ser anecdótico cuando la apatía emerge como modelo ejemplarizante y a la sociedad, en general, se la condena a sucumbir al grisáceo horizonte que se han empeñado en dibujar e incluso representar.

Hoy, cuando las titulaciones se compran o bien se regalan, cuando ni siquiera hay el mínimo rubor ante tal insolencia a una sociedad sacrificada, un grupo de escritores, y de Navalcarnero, pretende, y cito textualmente: «Sin ánimo de lucro», fortalecer los cimientos culturales de la villa es, sin lugar a dudas, de una valentía envidiable y contagiosa.

Además de presentar un libro, hecho notable y destacable, libro que ya está en mis manos y que espera paciente su turno de lectura, no era la presentación lo más importante desde mi punto de vista, sino el proyecto que quieren llevar a cabo, ambicioso desde luego, también esperanzador y muy ilusionante con el que pretenden involucrar a los institutos y colegios de la localidad para fomentar e impulsar la creación literaria de sus jóvenes alumnos.

Desde esta pluma, que también escribe, pero sin ambición de ser escritor, me siento en la obligación de aplaudir esta iniciativa y de desearles el mejor de los futuros. Tampoco quiero olvidarme de esos jóvenes a los que animo a participar en ese proyecto, y que la plataforma de Autores de Navalcarnero sea un lugar de encuentro y cobijo donde encontrar el apoyo y el respeto por sus trabajos.
Es una lucha contra la mediocridad, una más, y en esta lucha no hay que escatimar esfuerzos. Ojalá los ecos ayuden a hacer grande esta iniciativa.
Mi enhorabuena.

© El embegido dezidor.  

sábado, 28 de abril de 2018

LAS ÉLITES. NADA NUEVO EN EL CAMINO.


Querido amigo:

Me dejaste la cabeza como el caldo hirviendo en una olla a fuego lento. Son muchas las ocasiones en las que me provocas cierta zozobra y no he podido resistirme a dedicarte esta carta.

Olvidas que los egos en cualquier profesión fluyen como la mala hierba, y en esta carrera hacia el éxito en la que se han convertido nuestras vidas, lo importante, más allá de los méritos, que en muchas ocasiones se tienen, importa más conseguir un nombre y una reputación para, una vez conseguido, aún es más valioso y vital para la propia supervivencia mantenerla.

Nada nuevo en el camino.

Para alcanzar tamaño objetivo no se escatimará en estrategias. Has de saber, y no hay novedad en esta afirmación, que en cualquier carrera hacia el éxito no hay individuos, sino escalones y descansillos, y cuando un pie se sitúa para proporcionarte sombra, lo hace para cercenar y nunca para dar cobijo.

Nada nuevo en el camino.

Ese afán de elitismo los llevará a conglomerarse en un grupo que, en la mayoría de los casos, se autodenominará «la Élite», que no es más que esa pretensión de buscar la tan ansiada diferencia. Las élites, así lo creen ellos, son grupos selectos y minoritarios, pero que, de ser mayoritarios, no serían considerados élite y buscarían denodadamente cómo convertirse de nuevo en élite.

Nada nuevo en el camino.

No busques amigos en esta carrera hacia el elitismo ni complicidades, que primero viene la traición y luego la asociación. El fin primero de todo elitismo es la exclusión: «Allí donde llegue yo que no lleguen los demás». Un elitismo que, siendo fiel a su estrategia, adoptará primero una posición defensiva, pondrá barreras y trazará trincheras para asegurar su trozo de pastel. Es, muy disimuladamente, una guerra directa contra cualquier amenaza.

Nada nuevo en el camino.

El fin último del elitismo es controlar aquella actividad en la que se desenvuelve. El elitismo siempre quiere más elitismo y no cejará en su empeño de convertirse en élite o en más élite. Es, aunque lo nieguen, la sempiterna lucha de clases. Y esto no es más que continuar con el mismo proceder de la humanidad desde los tiempos prehistóricos, la misma finalidad de entonces: perpetuarse.

Nada nuevo en el camino.


© El embegido dezidor.

martes, 27 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VIII. Catálogo feminista.



Movido por la curiosidad, y no voy a negar que también alentado por los medios de comunicación, llegué, alimentado por el morbo y la lascivia del enojo en las redes sociales, al catálogo feminista realizado por la federación de enseñanza de CC.OO, basado en el «Breve decálogo de ideas para una escuela feminista» de Melani Penna y Yera Moreno.

Su lectura me produjo una correntía de sentimientos que enarboló la bandera de alerta de mis neuronas que, en pleno proceso de marchitamiento, se pusieron a hilvanar ideas como si el tiempo no hubiera pasado por ellas.

El catálogo empieza con una declaración de intenciones muy prometedora sobre las que nadie podrá estar en desacuerdo. Nadie, desde su responsabilidad, y mucho menos desde la escuela, puede estar en contra de una escuela integral, libre de sexismo, machismo, clasismo, xenofobia… Pero desde mi punto de vista, y a medida que avanzaba la lectura, el catálogo se va tiñendo con pinceladas de soberbia, algún que otro trazo de desconocimiento y su finalidad queda muy diluida por la confusión producida entre sugerencias, obligaciones e imposiciones. El resultado final es una argamasa de catálogo con dosis elevadas de panfleto.

A poco que hubieran investigado, la escuela, ese embrión en el que se generan todos los males de esta sociedad nuestra, lleva luchando contra estas actitudes durante mucho tiempo, en muchos casos con obstinación, con mayor o menor éxito; y lejos de su reconocimiento, aparece en uno de sus puntos —punto 1 del catálogo—, la obligación de impartir cursos a los maestros y maestras —maestres me suena horrible— en feminismo, lo que a primera vista resulta doloso y lacera la capacidad intelectual y la preparación de dichos profesionales, insisto, mayoritariamente mujeres y, por si se duda, con capacidad para decidir por sí mismas.

Una vez más, la búsqueda de culpables acaba en la lapidación del más incauto y menos sedicioso: la escuela, precisamente uno de los pocos lugares en los que la presencia de mujeres profesionales es abrumadoramente mayoritaria.

El documento carece de profundidad, tal vez elaborado y guiado por el indiscutible éxito de unas reivindicaciones que nunca deberían existir en un país que se considera civilizado y a la cabeza de Europa. Manifestaciones que fueron multitudinarias en las calles. Parece más bien, este catálogo, indicado para exaltar conciencias, calmar voluptuosidades, recoger aplausos y alejado de comprender y respetar las diferencias.

http://www.fe.ccoo.es/5ed16c80ae5f10320b9abe204b939482000063.pdf

© El embegido dezidor.

jueves, 22 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VII. Interés.


¿Qué está ocurriendo para que nuestros profesores estén perdiendo capacidad de convocatoria?

Estoy seguro que son muchas las dificultades para conciliar el horario laboral con el escolar y que facilidades, hoy en día, no se dan. Comentar la sola asistencia a una reunión escolar o a una tutoría en el puesto de trabajo puede ser un motivo para convertirse inmediatamente en sospechoso de escaqueo o granjearse, y tal vez de por vida, el apelativo de «rarito».

Pero estoy seguro que también hay otras razones por las que su «poder» de convocatoria está cediendo a otros intereses.

Es muy probable, me atrevería a decir que seguro, que asistir a alguna de esas reuniones está muy alejado de ser un programa de entretenimiento de monólogos, demostraciones de voz y habilidades, o entrevistas a gentes del «famoseo»; y es que muchos de estos profesores, no me cabe la menor duda, no están lo más mínimo capacitados para el espectáculo. Son extraordinariamente aburridos, sin chispa ni gracia para comunicar y sus dotes interpretativas están en las antípodas del mundillo de la farándula. Algo a todas luces comprensible pues su dedicación está en la enseñanza, alejados de fruslerías y zarandajas.

Urge por tanto, un cambio, y esto requiere el difícil ejercicio de adaptarse a los nuevos tiempos que vienen con aires de superferolítica revolución y de arrasar con todo aquello que huela a viejo —tal vez, porque la experiencia es mejor ignorarla para que las nuevas ideas, buenas o malas, no puedan ser discutidas ni valoradas con criterios de objetividad—, y puede ser, que para motivar a las familias a participar en un intercambio de información sobre sus hijos, por darles al menos un motivo para que esa hora de sus vidas frente a su tutor o tutora  pase a ser algo más que una experiencia de marchitamiento de su alegría, se planteen, me refiero a los profesores, ofrecer algún ágape acompañado de algún caldito y/o zumos de cebada, o lo que es lo mismo, convertir las tutorías en un intercambio informativo informal con tapeo incluido sobre la evolución de los alumnos o si se tercia, pero sólo si se tercia y la ocasión lo incita, poner verde al profesor y ejercer, al menos por un día, si no se lo coge gustillo, la profesión de alabancioso – encizañador.

Algo debe estar ocurriendo, y no es precisamente bueno, cuando esto sucede en las aulas. Algo debe estar ocurriendo cuando son mayoritarias las familias que acuden a su tutor cuyos resultados en sus hijos son buenos o excelentes —tomen nota de este dato, ¿no habrá por casualidad una relación? —. Algo debe estar ocurriendo cuando cualquier acto festivo, convocado desde el colegio, tiene mucha más participación e implicación que cualquier acto educativo organizado o no desde el propio centro escolar.

Con estos síntomas, cualquier sistema educativo, venga de Finlandia o de la República Utópica de la Soberana Educación, está condenado al fracaso. ¿Y cuál es el problema? Que sobran quejas y falta interés.

© El embegido dezidor.

martes, 6 de marzo de 2018

LA MALA EDUCACIÓN VI. Mesa - coloquio.


De vez en cuando, a uno, en sus paseos matutinos lejos de la tierra de residencia, le llegan voces, como venidas del más allá, que parecen surgir en un instante para avisar de algún peligro o sugerencia. Esta vez llegaron para comunicarme un acontecimiento que surgió, seguramente tras un chispazo de espontaneidad, en la urbe de Navalcarnero.

Y así fue como me enteré de la constitución de una mesa – coloquio en el CAE de Navalcarnero. Asunto extraño, sin duda, que captó mi atención, no por su naturaleza en sí, sino por el tema del que se iba a hablar: la educación. Y se iba a hacer en abierto, para todo el público, y en un local cedido generosamente por el Ayuntamiento que, afortunadamente apuesta por la cultura y en este caso por la educación.

Fue un viernes, ya pasado, concretamente un dos de marzo, y fue una apuesta singular y sencilla, pero también algo avinagrada, y no precisamente por la cantidad de agua que arreciaba sobre la urbe, que estoy seguro que para más de uno fue la excusa perfecta para no regalar con su presencia el favor y el esfuerzo de organizadores y tertulianos.  

Se habló de educación, de familia, de escritores, de libros… y la participación interesante, y con ganas; y la representación fabulosa; y las preguntas la consecuencia lógica de una preocupación y un interés por la educación de sus hijos. Fueron pocos, pero no sobraba nadie.

¡Y había niños!

Ejemplos como este, promovido o dirigido, que ya me enteraré, por el colegio público José Jalón, vienen a poner de manifiesto que hay voluntad, y que cuando ésta se pone en funcionamiento puede remover cimientos y componer grandes obras.

© El embegido dezidor.