martes, 21 de febrero de 2012

Navalcarnero y su carnaval. ¿Fiesta o denuesto?

¿Hay crisis en Navalcarnero? A la vista de los acontecimientos sí, puesto que se ha suprimido el carnaval o carnavalito dirigido a los más pequeños. Pero el equipo de gobierno municipal sigue esforzándose más por simularla que para solucionarla. No ha sido capaz de tomar la determinación, la valentía, de suspender el carnaval, el importante, el más costoso. Toda su receta para contribuir al ahorro ha sido un apaño con más contenido de propaganda que de efectividad. ¿Esto ha sido todo lo que saben hacer? Una receta – dejar de lado a los más pequeños – que disimulan suprimiendo la paja, pero disfrazando la viga con invitaciones al jolgorio emperejilada de apariencias para que esta crisis no les afecte o como mucho, les pille con el flequillo descompuesto, pero nunca sin peluca.

Al final del espectáculo, ¿cuánto es lo que nos hemos ahorrado? Y lo más importante ¿cuánto más podríamos haber ahorrado? ¿Por qué seguir “ayudando económicamente” para incentivar la participación en el carnaval?

Todo es posible, hasta lo más disparatado, hasta lo más increíble, hasta lo más utópico.

Nuestro Sr. alcalde, alejado de aquellas consignas de “no subir los impuestos”, ha encontrado remedio a tanta crisis y sobre todo ha hecho innecesario tanto inútil debate de expertos que a base de palabras y palabras marean el sentido. Su solución estriba en dar una imagen de normalidad al tiempo que suprime todo salario. En este desventurado camino hacia la sombra del ciprés se encuentran escuelas infantiles, residencias de tercera edad, empleados municipales, mantenimiento de jardines... etc... pero, para calmar sus ansiedades, para proporcionarles una evasión a sus tristezas, a ellos y a todos nosotros, seamos víctimas de la crisis o simplemente un daño colateral, nos “ha regalado” este carnaval, también con la participación de vehículos con el logotipo del ayuntamiento – uno – disfrazado o camuflado para la ocasión.

Hiere, duele y humilla, estar despedido por un despotismo innecesario al tiempo que quien no supo administrar, aprueba despidos como consecuencia de una penuria de fondos, pero sigue haciendo de su cueva un pasaje infinito, una necrópolis.

El carnaval añade un descosido más en los ahorros de este pueblo. Resuena como un malvado eco que entra en los hogares, más silenciosos que nunca aquejados de un futuro incierto, para mancillar su desesperación y su angustiosa espera mientras llegan mejores días, que ahora sí, traigan una alegría natural y no forzada ni disimulada con festivales de denuestos.

viernes, 17 de febrero de 2012

Voluntarios o servicio social obligatorio.

No cabe duda que el PP quiere finiquitar, vadear o evitar esta crisis que de seguir por los actuales derroteros, si nadie lo remedia, provocará una mano de obra exangüe, una clase social exprimida sin jugo sanguíneo para siquiera levantar la cabeza. El lenitivo para esta clase social exprimida y deprimida será, como está sucediendo, poner en su futuro centenares de kilómetros siempre al norte.

Su interés no está centrado en ahorrar costes en desplazamientos a quienes huyen buscando la solución a su crisis. Su imaginación se les ha disparado, de esto no hay duda, y mucho me temo que tanto derroche – en la misma línea que muchos de sus ayuntamientos – les pueda pasar factura en breve tiempo como parece ser que está ocurriendo en sus cabezas poco fecundas de grandes ideas.

Algunos de estos políticos, obnubilados por la búsqueda de un trono dentro de su partido político, que los conduzca al pabellón de la soberana deidad por haber encontrado la solución a la crisis mucho antes que sus compañeros de partido, o por hacer historia, no han encontrado mejor ocupación que jugar a enredarse en una espiral de procaz exaltación del disparate para conseguir su entronización. Esta es la meta: el dislate como una solución real y lo peor, virtualmente efectiva.

En estos eslabones nos encontramos entre otros a la actual alcaldesa de Madrid con su reciente discurso patético-político apelando a todos los ciudadanos de Madrid, que por esta ciudad y por España se ofrezcan voluntarios para cubrir todos aquellos puestos de los que la administración no pueda hacerse cargo. Con esta exaltación de sentimientos patrios intenta florecer el orgullo en jóvenes y mayores, principalmente del pijerío del lagarto y de algún que otro acólito cuyo voto popular fue más una venganza por una mala noche que el abuso de vodka le robó al descanso que de un convencimiento ideológico. Precisamente estos serán los primeros en negar su voluntariedad por ser de los pocos que mantienen su trabajo.

Pero no vamos a ser siempre pesimistas, al mal tiempo buena cara. Nuestra ilustre alcaldesa nos abre un camino cuya luz es nuestra esperanza – siempre con minúsculas –. Su plan de voluntariado habrá puesto la primera piedra para que todos los puestos de las administraciones públicas, hoy propiedad de funcionarios y de algún que otro despistado designado a dedo, sean cubiertos por un cuerpo de voluntarios. De este modo, habremos creado, a imagen y semejanza del servicio militar obligatorio, hoy felizmente superado, un servicio social obligatorio. Llegados a este extremo, será entonces cuando estaremos más cerca de exigir que el cargo de alcalde/sa, concejales, consejeros y demás prole política, sean cubiertos también por voluntarios.

Y aquí mi duda: ¿Serán capaces de ser consecuentes con sus propias ideas y actuar en consecuencia haciendo pedagogía con el ejemplo? ¿Será doña Ana Botella, posiblemente las más patriota entre las patriotas españolas en ejercitar su cargo voluntariamente?




viernes, 3 de febrero de 2012

Barco de papel: ¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

Es la incómoda pregunta que nace bien regada por la preocupación y bien alimentada por la experiencia. Una dramática experiencia que en algunos casos ha puesto al borde del bochorno el funcionamiento de las escuelas, concretamente de Trébole. Una experiencia adquirida a base de confrontación entre dirección, educadoras y familias, de incontinencia verbal, del demérito e incluso del abyecto sentimiento de venganza que ha mutado en más de una ocasión el carácter humano de quienes llevan a sus espaldas responsabilidades en estas escuelas.

En cualquier caso, la pregunta me conduce a desplegar cuántas posibilidades se me ocurran por encontrar una o varias respuestas a esta fastidiosa cuestión.

Para empezar, tarde o temprano la dirección de Barco deberá poner sobre la mesa las nuevas propuestas para conocimiento de las educadoras, que no serán muy diferentes a las anunciadas en Trébole, ya sobradamente conocidas por todos y que tanto revuelo han causado.

Si el sentido común impera, la dirección de Barco debería de esperar hasta que finalice el año escolar para introducir las modificaciones pertinentes en los nuevos contratos y en los nuevos proyectos de la escuela incluyendo, ahora sí, el conocimiento y consentimiento de aquellas educadoras que voluntariamente, sin presiones ni coacciones, quieran sumarse a esta nueva andadura que comienza tras el concurso.
Pero tal decisión no estará exenta de dificultades.

Si se decantan por introducir los cambios con la llegada del nuevo curso, será una decisión que contradice las ya efectuadas en Trébole, por lo que una vez más, ambas direcciones quedarán enfrentadas. A su vez, toda demora en la “imposición de las nuevas condiciones” supone la creación entre las trabajadoras de la misma empresa, con la misma titulación y mismos méritos, de dos grupos laborales con diferencia de trato y salario: educadoras de primera clase las de Barco, y de segunda clase las de Trébole. Mientras en Trébole, el salario se ha visto ostensiblemente reducido, en Barco seguirían con las condiciones antiguas, mucho más favorables en cuanto a cuantía se refiere. Esta discriminación, a corto plazo generaría un nuevo foco de desestabilización en las escuelas y muy especialmente de nuevo, por sentido común en Trébole.

Si por el contrario Barco decide hacer efectivos los recortes como así iban estipulados en su propuesta para la adjudicación del concurso, y que no hay que olvidar que fue la cuestión económica un punto principal para ser adjudicataria, supondrá en el mejor de los casos, tal y como ha ocurrido en Campanilla y en Trébole un trasvase de educadoras. Y en el peor, denuncias y despidos y no precisamente en este orden. Despidos que ya han causado una derrama de dinero innecesario y evitable, siendo imposible, en algunos casos, hacer frente a las obligadas indemnizaciones increíblemente ignoradas o soberbiamente soslayadas que han supuesto un socavón mayor en la descalabrada economía de las escuelas.

Esperemos eso sí, buen ejemplo tienen, que no empleen los mismos métodos ni “sugestivas sugerencias” para moldear un cerrojo que no supondría más que nuevas incidencias. Espero que este silencio, del que está Barco haciendo gala, no sea el mismo silencio coactivo de antaño, ese silencio de laboratorio, artificial en su esencia y artificioso en su contenido que se desliza por los pasillos de la escuela dejando un rastro sombrío para esconder de nuevo intenciones que no pueden ser buenas si nacen desde el oscurantismo.

Pavor me causa esperar una solución de esa prosaica imaginación fecunda de alguna mente pensante desconocida proveniente de alguna de las direcciones, cuya experiencia ha demostrado cuánta futilidad lleva en su equipaje ,cuando intenten convencer de unas condiciones prácticamente inaceptables a muchas tragaderas que se tengan.

No hay que olvidar que estas escuelas deben agradecer cuánto han hecho por ella sus educadoras y las familias que las habitan y es ahora, buen momento para devolver favores.

martes, 31 de enero de 2012

La escuela infantil Barco de papel se queda en Navagroup s.l.

A estas alturas no es ningún descubrimiento y mucho menos noticia, que la escuela municipal Barco de papel ha encontrado quien la dirija para los próximos años. No hay cambios, al menos sustanciales en lo que a la dirección se refiere. Finalmente las tres escuelas han quedado a cargo de la misma empresa que las regentaba: Navagroup. s.l.

Esto que en principio debiera ser una noticia que a todos debería llenar de alegría y jolgorio, sin embargo, no sé si será por los tristes antecedentes o por el futuro no muy alentador en materia educativa que espera vigilante a estas escuelas, pero tras las primeras algazaras, con la sementera más apaciguada y predispuesta al reposo y a la reflexión, se genera, a poco que la testa empiece a funcionar, una honda preocupación.

Inmediatamente, como si participase en un juego infantil, en un juego de palabras encadenadas, se van construyendo binomios cuya estructura hace tambalear en el pensamiento un buen futuro para dicha escuela:

–Concurso/¿progreso?* Proyecto económico/¿degradación?* Proyecto educativo/¿recortes?* Recortes/¿negociación?* Negociación/¿imposición?* Imposición/rebeldía.* Rebeldía/represión.* Represión/enfrentamiento.* Enfrentamientos/mala educación.* Y así podría continuar en una larga retahíla que agotaría al lector más paciente.

Todos sabemos, porque lo hemos aprendido, porque Trébole nos lo ha enseñado, que no es necesario un gran esfuerzo para desdorar la brillantez alcanzada durante años. Lo ha demostrado con tesón, convirtiendo todo el proceso de adjudicación de la escuela en uno de los mejores seriales folletinescos infantiles que hasta ahora, al menos que yo recuerde en mi longeva vida, había tenido ocasión de vivir como espectador. Es justo por tanto mi temor, tal vez pánico, pero me es imposible disociar el trotar de estas escuelas de un vergonzoso paralelismo o tendencia a la imitación con la ambición degradante y denigrante que la Comunidad de Madrid viene impartiendo déspotamente a una enseñanza pública cada vez más debilitada. ¿Lo harán por convicción, será por conveniencia política o simplemente servidumbre?

El resultado del concurso no puede más que ser calificado, especialmente por la dirección de la escuela de éxito, de un éxito rotundo. Los esfuerzos que la dirección de Barco ha realizado durante estos meses de duras, largas y continuas reuniones con representantes del ayuntamiento han dado por fin el fruto deseado y esperado. El uso de recursos, del que han hecho gala, incluyendo la “implicación” – término del que habría mucho que hablar – de familias y educadoras viene a corroborar aquello de que el fin justifica los medios.
¿Es por tanto la adjudicación de Barco a Navagroup s.l una buena noticia? Buena culpa de ello tendrán si quienes dirigen esta escuela no cometen los mismos desaliños de sus otras escuelas hermanas, porque aunque estén dirigidas bajo el mismo paraguas parece, y esto alimenta la esperanza, que quienes son las encargadas de regentar estas escuelas las dirigen bajo sombrillas muy diferentes en playas muy apartadas de lugares muy remotos entre sí. Por tanto, es en esta disparidad donde puede germinar un futuro más prometedor.

domingo, 15 de enero de 2012

EL CENIZO DESVELO.

No sé por qué vino a mí este desvelo,
pero siempre hay alguien o algo que llega
y no se le espera,
y hace del sueño una plaza desapacible,
hace de la noche un terreno de duelo.
El cielo volvía a ser cenizo,
la última campanada anunciaba
una suerte ignominiosa,
arremolinado,
con gesto amenazador se posaba
sobre la escuela infantil,
y sobre ella arrojaba
sus espinas luminosas.
La pulla a la escuela
son estas espinas,
su puntería: asombrosa.
Vida, agonía y suicidio
es quien maneja los hilos,
quien dirige las nubes,
quienes hacen del billete la tirita
para ocultar la herida
conscientemente infringida,
y sus destellos,
la esperanza de un alma,
de una escuela dolida.

De la tierra, de la penumbra del infierno,
los poros del suelo escupían su negro aliento
que hacían de alfombra al cielo,
y todo bajo él, inocuo e invisible,
absorbido por esa tonalidad fúnebre y temible,
esculpían el velo
que a educadoras y escuela
han escrito en su particular libelo.
Educadoras con rodilla en tierra
suplicando su salario,
y a escondidas
huyendo del despido.
Vociferan lisonjas a quienes creen
que Dios está en su persona
y susurran rezos para no ser reconocidas.
¡Milagro, milagro! ¡Pedimos un milagro!
Musitan.
Sus palabras recorren las paredes
como las orugas trepan el árbol.
Y de aquellos silencios,
encuentran en el arrepentimiento su consuelo.
Las escuelas piden ayuda.
Aquel antiguo y siempre amigo
de las sombras que habitan tras la negra cristalera
y de los rincones, donde el sol se oculta
temeroso de la palabra amarga,
renueva de nuevo, su intención culpable
de guardarse para sí los dineros de la escuela.

Y las gacelas pasean sus veleidades,
rugiendo como leones, mordiendo como serpientes,
sembrando en el río de la ira
su vehemente pasión acaudilladora..
Familias de nuevo en marcha,
papeles por aquí y escritos por allá,
concentraciones, manifestaciones
para sacar, otra vez,
a las gacelas del atolladero.

Una mutación,
soberano ingenio
para vivir siempre en carnaval,
muta a las gacelas,
en serpientes o en cigarras
que escupen asertos y luego esperan,
sin dar la cara claro,
no fueran a perder,
del ayuntamiento su prebenda.
Maldito el terror,
fecundo ya en la inconsciencia,
que recorre ávido de insolencia
el porvenir del que trabaja.
Esclavo será,
aunque su rodilla se hunda en tierra,
que ahora es donación lo que otros,
rebeldes y traidores, llaman robo, sustracción o ausencia.
¿Qué dirán,
aquellas mismas almas que primero,
con más fe que esperanza,
creyeron cuánto les contaron,
seducidas o sedadas
por el verbo o el veneno?

No sé por qué este desvelo,
será por qué no hay dinero,
por qué no hay salario sino hielo,
o ¿por qué fue pesadilla, o fue sueño?

A la escuela infantil Trébole, con todo mi cariño. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

TRÉBOLE: El fin de una rebelión.

De todos es sabido que las pequeñas revoluciones y especialmente estas, que se desarrollan en la más frugal intimidad, mueren ahogadas por el discurrir del tiempo que las mitiga y las edulcora, sin olvidarnos del dinero que todo lo compra o lo vende y la fe, que todo lo puede.

La rebelión de Trébole se difumina. Hoy apenas quedan los ecos de una pequeña algazara, que sin embargo ha hecho y hace temblar a una escuela que lo tuvo todo y ahora no acaba de encontrarse a sí misma.

Las educadoras, y con más exactitud, una buena ración de quienes dijeron “no” a las condiciones impuestas por la empresa tras el concurso, hoy dicen “tal vez” o simplemente su voz ha acabado en el pozo de sus desabridas intimidades más vergonzosas y silenciosas. De repente no dicen nada, más taciturnas ellas que nunca, sus silencios repican la homilía institucional que otrora fuera su azote y despertase su rabia y hoy, incomprensiblemente, es su consuelo. Desconozco que clase de querencias las han conducido a un cambio en su determinación, pero esta falta de unión, una vez más, de respeto hacia ellas mismas, provoca el desaliento y la vergüenza en las familias que han dado la cara por ellas, que se han esforzado sacrificando su tiempo y el de sus pequeños porque se satisficieran los derechos – sus salarios – de todas las educadoras: sumisas, insustanciales y rebeldes, sin importarles credo o condición.

De estas educadoras “rebeldes” hoy no quedan más que los rescoldos de una llama que prendieron y que se apaga con su aquiescencia y sumisión ante lo que les ha sido impuesto: o lo tomas o lo dejas y que ahora convierten en justo y razonable lo que desde el sentido común nunca lo fue ni lo será.

De aquel fuego, de aquella llama de esperanza, a la que once educadoras se adhirieron, cuya luminosidad era la fuerza que mantenía vivas sus perspectivas y expectativas, apenas resiste una endeble luz de una no menos mohína vela que algunas educadoras todavía sostienen con la dignidad intacta a la espera que se cumpla el ignominioso destino – el despido – dictaminado por una dirección que juega a ser Dios. Ahora, cuando aquella llama ha sido desposeída de toda esperanza, quién sabe si su quebradiza figura podrá ser el fuego purificador de los delirios pretenciosos de las responsables de la escuela o se quedará en el humo del olvido o en el lamentable recuerdo de lo que pudo ser y no fue, de lo que se pudo hacer y no se hizo, de lo que se pudo luchar y todo fue cobardía.

No puedo dejar de pensar cuánta inutilidad escenificada e interpretada. Cuánta apoplejía espoleada, cuánta inconsciencia e inmadurez, cuánta incapacidad para sostener una decisión, y es aún más doloroso, cuando el repertorio descrito proviene de quienes deben ser ejemplo e inculcar valores. Uno siente que una escuela más se desvanece, que Trébole languidece hasta convertirse en un entretenimiento para los buscadores de lo paranormal.

Y mientras escribo estas deliberaciones o delirios, una llamada a mi correo me anuncia que otra educadora más abandona su puesto de trabajo obligada por las circunstancias. Es el apartheid practicado para expulsar todo cuanto no comulgue con los “principios” de una dirección que se siente todavía más poderosa, más feudal que antes del concurso. Lejos de avanzar retrocedemos y retrocedemos en el tiempo. Me cuestiono, visto lo visto, si sigue entre sus principios educativos la igualdad y la integración o tras el beneficio del concurso, una vez postergado o castigado lo educativo al cuarto trastero, se han “obligado” a impartir la segregación.

Sólo tres velas ponen dignidad a este entierro, tan sólo tres velas aún reposan con su resplandor sobre un ataúd todavía vacío del que esperan que nunca se abra su tapa. Esperan, como el maná, que lleguen vientos de una nueva esperanza, pero esta vez sin Aguirre.

Para finalizar, de nuevo, gracias por vuestra aguerrida defensa por una educación digna para todo el mundo, por hacer que los más pequeños puedan tener lo mejor, por resistiros a dejar morir los progresos conseguidos, por cumplir, a pesar de los tiempos poco favorables, y ser lo que sois: maestras y educadoras. Recordar que los genios primero fueron locos, y los héroes primero fueron rebeldes.



jueves, 1 de diciembre de 2011

TRÉBOLE: La rebelión de las minorías.

A la hora de enfrentarme a esta exposición, no sé si el resultado será una elegía o un elogio; un canto de esperanza o el epílogo a la desesperanza; una marcha fúnebre o una alborada que invite al optimismo. Y dado que la edad resta brillantez al optimismo, mejor sería afirmar que es la espada que lo aniquila, dudo que el resultado final de este artículo no sea más que la parte amputada a ese optimismo.

Ojalá sirvan estas palabras para insuflar ánimo y apoyo a todas aquellas educadoras, fieles a sus principios, que por encima de estrategias de empresa, que no persiguen beneficio educativo alguno, han dado ejemplo de honestidad y fidelidad a sabiendas, que hoy, en su lugar de trabajo, al igual que se premia la mezquindad y la mediocridad, se castiga la vocación, la dedicación, el entusiasmo, también los buenos principios, la coherencia y más tristemente la eficacia en el trabajo. Siendo esta relegada a un segundo plano, siempre supeditada a los caprichosos límites de beneficios económicos impuestos por la propia empresa. Mal comienzo es este para la nueva andadura post-concurso. No habrá progreso en esta escuela si prevalece por encima de las demás, una mentalidad empresarial tan precaria, tan primaria y ausente como la que se está demostrando en esta escuela infantil y empresa que la regenta.

Pero el asunto que me ocupa es para con las educadoras de la escuela infantil Trébole, concretamente once, que han dicho “basta” “no en mi nombre, antes mi conciencia”. Su capacidad para sufrir y aguantar más agravios y desacreditaciones por parte de la dirección de esta escuela ha llegado a su máxima. Se han plantado ante una dirección que, con su continua arrogancia y su tristemente corrosiva forma de actuar, su falta de tacto y seriedad para llevar semejante oficio, ha desafiado continuamente los límites de las educadoras y se ha creído que, bajo su jurisdicción, voluntad sólo existe la suya.

El viernes 18 de noviembre cada educadora debía plasmar su rubrica consintiendo, sin ser consultadas cuando se elaboró el proyecto para el concurso, una degradación más a su labor educativa, que incluía, como principal punto, una rebaja importante de sus salarios, así como una gran incertidumbre: la ausencia operativa y eficaz de apoyos. Apelando a su honestidad, dejaron el lugar dedicado a tal efecto en un desafiante espacio en blanco que encendió los ánimos de una dirección que ha empezado a actuar, por si alguien pensaba que ya había alcanzado el límite, aún más a la desesperada.

Trébole ha explotado, podría ser un titular de la noticia. Se ha producido la que podríamos denominar la rebelión de las minorías.

Ante esta nueva situación, imprevisible en principio, la dirección de Trébole se ha visto, una vez más, superada por la obstinación de sus educadoras en defensa de sus convicciones, y haciendo uso del poder que le da la fuerza, porque no puede ofrecer nada más, se enfundan en una ruin mezquindad acusando a las educadoras de traición a los intereses de la empresa, y las castiga con el despido. Por una vez, en estos meses de incongruencias, debo dar la razón a la empresa, pues es bien cierto que las educadoras “rebeldes” han rehusado aceptar sus intereses. Pero nunca han renunciado al interés por hacer de la escuela una escuela mejor, por mejorar la educación de los más pequeños, por hacer de la escuela, en definitiva, una escuela de calidad. Es inverosímil que su defensa por una calidad en la educación se haya convertido en el acicate de la empresa para atacar toda coherencia educativa. Principios de calidad que pocos meses atrás, la empresa defendía para distinguirse de las otras escuelas infantiles privadas del pueblo.

Es difícil de creer que exista una escuela infantil que se esfuerce, que se afane en pelear y pelearse contra todo lo que sea o quiera mejorar sus servicios. ¿Puede existir tal empresa en algún lugar del mundo? Pues sí, la hay, en Navalcarnero y se llama Trébole, o para mayor exactitud Navagroup s.l.

El futuro más cercano es el gradual despido de las educadoras disidentes, si estas, por una vez, alejadas de felonías y asechanzas, no se dejan amartelar y/o amedrentar con imprecaciones que no benefician a nadie. Pero creo que de esto, la conspicua dirección sabe mucho, posiblemente demasidado, y no ve más luz que la miserable igualdad en la mísera miseria de una ruin educación. Dejan para otros tiempos, para otras épocas, el derecho que todo ciudadano tiene de recibir la mejor educación posible. No pueden ni deben olvidar que esos pequeños seres, traviesos, obstinados, vivaces y a veces desquiciantes, son ciudadanos de pleno derecho desde que nacen, aunque no alcancen el metro de altitud y sin lugar a dudas, se merecen lo mejor y no sufrir la perturbada banalidad de una atroz e irrisoria dirección.