martes, 10 de octubre de 2017

¿Una gran manifestación? Sobre Cataluña y otras naderías.


Aunque fue multitudinaria, no fue la manifestación del domingo en Barcelona una manifestación tan multitudinaria si la comparamos con otras sucedidas en ese mismo lugar en diferentes momentos, pero sí tuvo y tiene una trascendental importancia. No hay dudas. Y fue importante no tanto por la mayor o menor afluencia de público, sino por su notoriedad, por su significado político y por traspasar una línea, hasta ese día infranqueable, como es ver a los no independentistas manifestar su postura por las calles de Barcelona. Por fin el debate político también estaba en las calles.

Negar esta importancia, la de esta manifestación y la de las anteriores de signo muy diferente, es padecer una ceguera política o una demencia obsesiva por demostrar la ficción. Y se están dando ambos casos. La guerra de propaganda está en su punto álgido y los más enfervorizados acólitos de uno y otro bando buscan posiciones en sus trincheras para acoger el aplauso de los suyos.

El desprestigiar una manifestación basándose en la presencia o no de personas de fuera, ajenas a Cataluña o por sus filiaciones o simpatías políticas, es demostrar que dicha manifestación ha escocido y mucho; es declarar, sin afirmarlo, que ha sido un éxito. No se debe desacreditar una manifestación por la presencia de partidos o asociaciones o particulares de extrema derecha cuando su presencia fue minoritaria y su protagonismo prácticamente imperceptible. Si utilizamos la misma retórica, ¿Debería entonces el presidente de la Generalitat o alguno de su corte anunciar públicamente el desmantelamiento del proceso independentista por tener una apoyo de la ultraderecha europea?

Si algo ha demostrado esta manifestación es que ambos bandos: nacionalistas y no nacionalistas, empiezan a jugar en el mismo terreno de juego. Utilizando una terminología futbolística, «de tú a tú». Es el momento de dejar a un lado actitudes que rozan el infantilismo con discursos tan manidos como el «Y tú más»; en el caso que nos ocupa, el «yo más» por dar más o menos importancia a una u otra manifestación. Es el momento de abandonar la vergonzante confrontación. No por estar en contra del independentismo se es un fascista. No porque se esté en contra del independentismo no debe gustar la butifarra, por ejemplo, o no por ser independentista se deben odiar las sevillanas.

Si apelamos al derecho a decidir, es necesario el respeto al contrario, porque éste, le pese quien le pese es necesario para reafirmar ideas y necesario para que éstas existan. Es parte esencial de la democracia y de la libertad de expresión.



© El embegido dezidor.

sábado, 7 de octubre de 2017

Sobre Cataluña y otras naderías. ALIMENTANDO PERROS CON LONGANIZA.

Hablar de Cataluña es adentrarse en un campo de batalla en el que el solar ya está arrasado y sobre el que coletean aguerridos forjadores de la propaganda y del sentimentalismo en una vana disputa por imponer el dominio de su verdad.

Escuché atentamente los discursos. No estaba jugando al cinquillo aunque bien podría haberlo hecho, pero la actualidad mandaba, y aunque me separan unos cientos de kilómetros del foco del problema, me gusta estar al día a pesar de que una y otra vez se desautoricen mis palabras bajo el epígrafe de estar manipulado.

Pírrico esfuerzo de quienes ahítos en su propio desierto neuronal no encuentran forma alguna de mantener un diálogo educado y respetuoso. Campan por las redes a sus anchas, con su lúbrico sayal de la impunidad, poroso de fragmentos escogidos de historia tejidos en los lupanares de la instrucción y el adoctrinamiento, dominados y ciegos por el poder que emana de las banderas, los nuevos pastores en busca de nuevos rebaños para su propia perpetuación en el tiempo incluso en la eternidad.

Poco o nada podemos esperar, aquellos que formamos parte del pueblo, los que realmente somos pueblo, ahora tan queridos e importantes y siempre los más vilipendiados cuando de mantener a la élites en sus caudalosos ingresos se trata, de quienes practicaron recortes sangrantes que de forma tan dolosa han fustigado a una población; los mismos que recortaron derechos; los mismos que lanzaron sus policías contra la misma población sobre la que ahora buscan respaldo cuando ejercieron su derecho democrático a manifestarse contra aquellas injusticias, descarada injuria labrada en sus despachos; los mismos que nos mermaron la asistencia sanitaria; los mismos que contribuyeron a rebajarnos nuestro poder adquisitivo; los mismos que nos redujeron a meros y simples esclavos de la mano que nos da de comer; los mismos que se han esforzado por mantener la perpetuación de las élites, (el siguiente paso será hacerlo hereditario por decreto); ellos, los que ya han quedado nombrados y señalados en estas líneas, son esos mismos los que ahora apelan a un pueblo, que una vez más ha demostrado ser muy generoso y muy olvidadizo que se pliega a los designios de un dedo inquisidor. Son esas mismas élites las que no titubearon y no dudarán en arrimarse a la mano e incluso al servicio de quien les dé más poder. Y son esas mismas élites las que se alimentan de la confrontación y el odio de la ya por siempre sufridora población sabedoras que ahí reside su poder.

Me preocupa la brecha que se está fraguando entre esa misma población que sufre los desmanes de una clase política carente de escrúpulos, que hará de nuestra convivencia, la de los pueblos de este Estado, mucho más difícil, si no imposible. Lástima de esta ceguera que les servimos tan amablemente en sus bandejas de plata.

Y es que seguimos alimentando perros con longaniza.


© El embegido dezidor.  

viernes, 6 de octubre de 2017

Sobre Cataluña y otras naderías. ¿Tenemos puntos en común?

 No parece, en este mal llamado conflicto catalán-español, que exista un punto desde el que sugerir un nuevo origen y desde el que comenzar a andar un nuevo camino. No lo parece, no, pero ese punto existe.

Y es que resulta que catalanes y el resto de los pueblos con identidades propias y bien definidas, también históricas, que conforman este Estado español, no somos tan diferentes como quieren demostrar empecinadas mentes de egregios simulacros, que tras una algarada verbal, parecen estar en la posesión de la verdad absoluta. La incisiva y venenosa obsesión por demostrar diferencias en contraposición a otras para definir las primeras, no es algo nuevo, ni propio de Cataluña. La historia nos ha demostrado una y otra vez que estas diferencias entre todas las identidades del Estado, han existido y aún existen. Es este un rasgo muy español, de la península, me refiero, muy propio de nuestro carácter, pero no el único.

Cataluña y los demás pueblos del Estado, naciones de hecho todavía no reconocidas, sufrimos en la actualidad gobiernos que están muy por debajo del nivel de sentido común, ética y moral de la población de la península que no los merece.

Ambos, gobierno de Cataluña y gobierno de España, hacen glorias de una ceguera que no raya lo insano, lo insalubre, sino lo putrefacto. En el territorio penínsular impera el reino de la mediocridad, y la chapuza se convierte en objeto de adoración y del culto más delirante. Ejemplos: actuación policial y un referéndum más propio de una película de Paco Martínez Soria que de un territorio que aspira a la independencia.

A todos los ciudadanos de este Estado se nos exige, por parte de sus gobiernos sumisión. Un acto de fe que supera cualquier religión e incluso superior a cualquiera de las nuevas religiones que emergen bajo el sayo de la electrónica. La inquisición y la dictadura ejercida por los terratenientes del medievo, han regresado a nuestros días e imperan por las calles de nuestras ciudades, todas. Resulta ingenuo creer que uno u otro es poseedor de esa certeza inmutable e inamovible como se demuestra en los discursos aprendidos por jóvenes y mayores de uno u otro lado de «la frontera».

En ambos lados, Cataluña y resto del Estado, predomina la argumentación pobre, poco condimentada, repetitiva e incluso culturalmente insultante «¿prensa española manipuladora?» ¿Se trata de algo nuevo? Pero ¿alguien puede pensar que la prensa catalana es la pulcritud y pureza informativa de gran rigor y objetividad? ¿Desde cuándo los medios no se han plegado a los intereses de quién les paga? Como decíamos de pequeños: «tonto el que se lo crea».

Ambos lados hacemos gala de algo muy de nuestro terruño que ha marcado nuestra historia y es la apelación a los sentimientos. Manera rápida y eficaz para acabar con cualquier razonamiento. No hemos descubierto, y ya han pasado siglos, que los sentimientos son lo menos democrático de las personas. Ahora, desgraciadamente es el nuevo sentido común. Todos apelan a él, sin duda la peor de las razones, pero como marca nuestro devenir, y este rasgo es muy español: «lo hago así por huevos».

Compartimos el gusto por la confrontación que sigue siendo el motor de nuestra identidad. Incapaces de enriquecer nuestro patrimonio y compartirlo. Para muchos, aguerridos defensores de una idea, le bastan dos frases, una lengua, en muchos casos mal hablada y pobre de vocabulario y unos colores para convertirse en adalides de una idea u obsesión sin importar los medios para llegar a un fin. Es el freno que nos ha situado en el actual papel que España, o cualquier estado desmembrado de esta atribulada península, desempeñará en esta Europa empecinada en acabar con las diferencias.

Es muy nuestro despertar los odios para eliminar precisamente lo que nos hizo evolucionar desde los tiempos del Paleolítico: la racionalidad. El odio se ha convertido en el opio de los idealizados y en el gran alimento y tormento de las ideologías, en la mejor herramienta que abre las puertas del paraíso a manipuladores, corruptos e interesados.

No debemos olvidar nuestra falta de memoria y la facilidad para olvidar, así como el desenfreno del que hacemos gala para mostrar una pasión que nos eleva al Olimpo de la fruslería. No me queda más que preguntarme, llegados a este punto y sin querer profundizar más, si habrá una generación de políticos que con rigor, inteligencia, honestidad y coherencia, sean capaces de llevar a buen término las aspiraciones ideológicas que nunca deben ser suyas, sino las de una mayoría y que sepan demostrar de forma fehaciente que así es.


Por compartir hasta compartimos gobiernos corruptos. ¿No es suficiente para sentarse a hablar y llegar a una votación legal que permita la verdadera libertad de expresión recogida en nuestra Constitución?  

(c) El embegido dezidor.

jueves, 5 de octubre de 2017

Palabra de Rey.

Habló el rey.

Su mensaje fue escueto, directo e incisivo y también incendiario y provocador. Para muchos ya se echaba en falta en este escenario que parecía ser propiedad solo de unos, que hubiese quien fuera capaz, alejado de la pusilanimidad de un gobierno incapaz e incapacitado para encarrilar los acontecimientos relacionados con Cataluña, que haciendo uso del castellano, «pusiese los puntos sobre las íes».

Para unos llevará toda la razón, para otros se habrá excedido, pero no cabe duda alguna que ha puesto sobre la mesa adjetivos y sustantivos que la realidad ha hecho evidentes a los ojos de las miradas objetivas y alejadas de sentimentalismos, si esto es todavía posible.
No le ha faltado valor, y su aparición en televisión flaco favor le ha hecho a un gobierno cuyo presidente permanece escondido y cuyas decisiones, si las ha tomado, no han servido más que para empeorar este conflicto de Cataluña con el resto del Estado. Mucho deberá reflexionar el presidente del gobierno y sus secuaces y valorar si su perpetuidad en el cargo es lo mejor para el conjunto de España.

En sus palabras, más que una apropiación de las actuaciones de un gobierno, predomina una realidad generalizada en una población, incluso para aquellos que anhelamos, cuando menos, un reconocimiento histórico de nuestra tierra o nuestro país, que es el padecimiento que hemos soportado durante décadas, para mí que ya estoy entrado en años, de un nacionalismo que ha hecho de la autoflagelación y el victimismo una biblia de comportamientos y actitudes que se han ido repitiendo como un automatismo. Lo seguimos viendo en la información española, sin desmerecer a la catalana que le sigue a la zaga, cuyos mensajes, que por arte de birlibirloque, perduran anclados más allá de los tiempos sin un atisbo de variación.

Y no discuto razones, que las hay, pero esta biblia, tristemente, no es sólo exclusiva de una parte del nacionalismo catalán, véanse también otros movimientos nacionalistas, incluido el nacionalismo español, erróneos cuando se ocupan más de la confrontación que de la expansión y construcción cultural. Un nacionalismo excluyente es la destrucción social de la población a la que se quiere someter y por contagio al propio Estado.

Quedó bien reflejado en el mensaje del rey el pensamiento que muchos ciudadanos tienen y tenemos sobre lo acontecido, pero también es verdad que su mensaje no ayudará a resolver el conflicto, y una vez más, tristemente una vez más, se recurre, como tantas veces, al sentimiento del orgullo de ser español. Me pregunto dónde puedo encontrar ese orgullo cuando, hoy por hoy, es algo arduamente difícil al ver cómo los derechos obtenidos durante décadas se les han negado a las clases trabajadoras y menos favorecidas, clases que se han visto vilipendiadas, condenadas a vivir y padecer la desigualdad entre los ciudadanos donde ellos son el extremo más perjudicado. A esto hay que añadir la insultante soberbia de una clase política dispuesta a enriquecerse a costa de pueblo del que se pretende que se sienta ciegamente español.

Si sólo nos queda el orgullo de ser español en los términos que la clase política propone, va a ser que realmente no queda nada.


© El embegido dezidor.

viernes, 24 de julio de 2015

Poemario. ANTIFONARIO DE LA LIÉBANA de Luis Julio González Platón.



Un sueño de caballos salvajes
galopaba por la garganta del valle,
mientras sonaba en sordina la voz del arroyo
y a los robles, lentamente,
regresaba la savia con su voz nueva.



Son pocos los poemarios que vuelvo a releer una segunda vez y aún es más extraño que haga comentario alguno sobre ellos. No poseo esa habilidad. Pero permítanme este atrevimiento, esta osadía si lo prefieren, esta licencia para comunicar, informar e incluso sugerir la lectura de este poemario, Antifonario de la Liébana de Luis Julio González Platón.
             
Un poemario escrito con los cinco sentidos para que el lector los desmenuce y los viva con los cinco sentidos.





Son versos también para viajar, para viajar entre los poemas, entre las páginas del libro al interior de la Liébana, sin tiempo medido ni definido, dejándose llevar por la sutileza de su creador capaz de conducirle a aquellos mundos de aldea, de abuelos y abuelas al abrigo de la lumbre que tan lejos han quedado en nuestra memoria, desconocidos para muchos otros que nunca vivirán aquellos placeres llenos de sufrimiento de un mundo, el de los pueblos, el de las montañas y valles, carentes de tantas cosas y sin embargo tan llenos de vida.



Estalló, de pronto, un gemido de gozo en el valle
cuando el primer hombre llegó hasta el otero
y su morada hizo de burda piedra.



Antifonario de la Liébana es pues, un viaje a esos lugares, a esas aldeas, a esas casas de burda piedra y recia madera, a esa vida tan llena de vida. Es poesía que se vive, que se saborea, que se escucha, que se ve, se toca e incluso se huele. 



En la casa, eran tus ojos
y las mariposas del fuego,
el amor conviviendo en las habitaciones
que albergan viejos armarios
con olor a manzanas en sus entrañas.


Disfrútenlo con los cinco sentidos. No hay contraindicaciones, ni riesgo alguno de infringir la dieta, a lo sumo, un incipiente, quién sabe si descontrolado, deseo de viajar de nuevo y no sólo en el espacio, también en el tiempo. 



Ahora que la tarde con luz se abrevia
y la noche ocupa los territorios de la vida,
se nos va borrando el temor de la nieve,
llegamos a entender su blancura en las cumbres.

            
J.C. Atienza.