Restallan en mis ojos las
imágenes, ya anodinas, de las protestas por el juicio del «procés», y resulta
inverosímil que todavía haya gente, y no poca ―véanse las manifestaciones― que
esté sorprendida por dicho fallo y muestre ―con todo su derecho― su indignación
por unos políticos que les condujeron, después de todo, a ser actores
secundarios de un acto simbólico.

Son
días en los que al señor Puigdemont, le toca ganarse un poquito de dignidad
política y personal, y mirarse en el ejemplo de aquellos a los que dejó en la
cuneta y que hoy están en la cárcel con la dignidad de su coherencia y la
impericia de sus actos. Es el momento, y ya está tardando, de presentarse
voluntariamente a la justicia para ser solidario con sus compañeros. Es hora,
porque el plasma no puede ser la voz de un político, del relevo. Es hora de
dejar paso a nuevas figuras que, aprendidas de los errores anteriores, sean
capaces de llevar por mejores y más efectivos cauces aquel proceso de
independencia. Para el señor Puigdemont, la historia ya le ha cerrado las
puertas. «Váyase, señor Puigdemont», como diría otro famoso político de
dignidad difusa y confusa”. Y añadiría: «Ya está tardando». Porque sus actos, dentro y fuera de Cataluña, tienen un nombre que todos conocemos.
©
El embegido dezidor. Octubre 2019.
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